My mask of sanity is about to slip

Posted in Movies with tags , , on 26/03/2017 by insermini

AMERICAN PSYCHOTHE PLAYER

El cine te habla y tú no quieres escucharlo. ¿Por qué si no he visto con pocos días de diferencia American Psycho (2000) y The Player (1992)? Dos películas tan diferentes en apariencia, pero que terminan hablando de lo mismo, de como la cultura del éxito entre los yuppies de finales de los 80 generó personajes como los de Patrick Bateman y Griffin Mill. Una es Los Angeles y la otra Nueva York, una es La matanza de Texas y la otra una improvisación jazzística. Dos tonos  muy diferentes para hablar de lo mismo. Hollywood y Wall Street, los dos polos del dólar en la América del momento. En el centro un psicópata a punto de nacer, que debe manejarse como pueda a partir de la primera muerte. Los dos son acosados por un inspector de policía, Willem Dafoe en American Psycho y Whoopi Goldberg en The Player. Visten trajers caros, acuden a reuniones con otros ejecutivos, piden un agua mineral al llegar a su despacho, atienden con esmero su cuidado personal, cambian de amantes, están a un paso de renunciar a su humanidad y de ser del todo asimilados por el artificio que les rodea. Hay entre las dos películas ecos constantes. Y esto es algo que me divierte porque nunca antes lo había visto así. Las vi en su momento y me gustan mucho, pero es ahora en 2017, cuando de forma caprichosa, las dos se alinean y se me aparecen como manifestaciones de una misma visión. Sí, hay 8 años de diferencia, pero todos sabéis que American Psycho adapta la novela de Brett Easton Ellis, publicada en 1991, que desde el principio tentó al cine, pero que por su contenido tuvo que sortear todo tipo de obstáculos. Me encanta ver conectados a Pat Bateman y a Griffin Mill, que Altman y Brett dialoguen, cada uno en su estilo, y que el azar, este mundo extraño, me lleve a descubrirlo de esta manera. El cine te habla y tú no quieres escucharlo.

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Querido Orson

Posted in Movies with tags on 12/03/2017 by insermini

Orson Chimes at MidnightY, bueno, yo, cuando estoy en compañía de un homosexual, me vuelvo un poco homosexual.

Orson Welles en Mis almuerzos con Orson Welles.

Permitidme que antes de empezar aclare un par de cosas. La primera: soy muy fan de Orson Welles, seguramente, hablando de cine, es la personalidad más fascinante que nos dio el siglo XX. Como el mismo Kane, Orson fue un hombre de muchas caras, cuya imagen pública -la del genio incomprendido por la industria del cine y más tarde el trotamundos amante de la buena vida- reflejaba una parte muy-muy pequeña de lo que fue realmente. Él mismo disfrutó toda su vida alimentando ese misterio que le rodeaba, dando por ciertas las historias falsas que se contaban sobre él y observando divertido cómo progresivamente el mundo, los plumillas en las revistas, sus viejos colegas, parloteaban y distorsionaban aún más su imagen, de la misma forma en que lo haría un espejo deformante de los que había en las ferias de atracciones. ¿Pero quién era Orson realmente? ¿No tenemos cada uno nuestro Orson particular? ¿Es verdadera la imagen que nos ha llegado de él o es todo una gran mentira? (Oigo las risas de Orson, ruidosas, que me llegan desde arriba). Y con esto llego a la segunda aclaración. No quiero que este artículo se interprete como un razonamiento que busca defender la tesis -que no es nueva- de que Orson Welles era homosexual, latente o no. Eso sería una catetada por mi parte. Algo que me haría sentir muy pequeño. Más pequeño aún teniendo en cuenta que de quien estoy hablando es de O.W. Lo que quiero –y esto te lo digo especialmente a ti, querido Orson– es poner orden a una serie de datos que he ido recabando como forma de rastrear al Orson marica que convivió contigo a lo largo de toda tu vida. – No te enfades, querido Orson, porque pienso que, muy humildemente, lo que voy hacer es contribuir a engrandecer un poco más tu leyenda. A darle unas cuantas capas más a tu majestuosa imagen. Y además, créeme, no es lo mismo ser marica en estos tiempos que en tu época. Ahora es cool.

Por otro lado todas las etiquetas son engañosas, reduccionistas. Nombrar las cosas es acabar con su misterio. ¿Es gay un hombre que se da cuenta de que disfruta más de las relaciones sexuales que tiene con su mujer si introduce a otro hombre en la cama? Los gays puros, los heteros puros son muchos menos de lo que creemos. Hay toda una zona de grises que apenas comprendemos. Una zona de grises en la que estabas tú, querido Orson. Te gustaban las mujeres, de eso no hay ninguna duda. En tus mejores años, cuando eras el joven genio del teatro que creó el Mercury Theatre, que revolucionó la radio con aquella emisión de La guerra de los mundos y que poco después se dejó querer por Hollywood, ibas de flor en flor. Según las biografías estabas loco por tirarte a toda starlette que se te pusiera a tiro. Lo hacías en los camerinos, en los coches, debajo de las mesas. Entonces aún no tenías la figura oronda que luego te ha hecho reconocible a los ojos del mundo. Lo tuyo te costaba mantenerte delgado. Muchas privaciones y continuos baños de vapor que te hicieran sudar hasta el último gramo de grasa. Pero lo cierto es que estabas cerca de ser un galán. ¡Y ese encanto! ¿Hay algo más sexy que la buena salud, el rebosar de vitalidad y energía? ¿Que te hagan reír? No te tomabas nada en serio, ni siquiera a ti mismo. ¿Cómo no caer en tus brazos? Por si alguien no lo recuerda tuviste romances importantes con grandes bellezas. Con la bellísima actriz mexicana Dolores del Río, a la que dejaste por Rita Hayworth, con la que te casaste. También está ese divertido episodio en el que durante una larga estancia en Italia te encaprichaste de una italiana bigotuda y poco agraciada que no hablaba ni una palabra de inglés. Ella te daba calabazas, pero tu obsesión era muy fuerte. La perseguiste, te arrastraste, rechazaste a Rita en un acercamiento con visos de reconciliación. Tenías que poseer a la italiana fea. Era algo más fuerte que tu vida. Es una de las historias que más me gustan de ti. Pero junto a todas estas historias de faldas hay una parte homo en tu vida que no puedes negar. No sé si alguna vez te apeteció comerte una polla. No estoy seguro. Tu colega John Huston -otro hetero, con menos sombras aún que tú- dejaba que Truman Capote se la mamara de vez en cuando. Esto lo cuenta Andy Warhol en sus diarios. Se lo contó el propio Capote, y yo me lo creo.

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Por lo que he leído me doy cuenta de que eras por encima de todo un seductor. Lo fuiste casi desde que naciste. El pequeño wunderkind (niño prodigio) que maravillaba a todos desde su primera infancia. Con 8 años ya estabas acostumbrado a que los amigos de papá y mamá se te insinuaran.

Ya ve, toda esta experiencia la tenía ya entonces. Desde mi más tierna infancia fui la Lillie Langstry de la peña homosexual adulta. Todos me buscaban. Yo no sabía cómo quitármelos de encima. Pensaba que les sentaría mal si les decía que yo no era homosexual, que sería un reproche, así que siempre tenía dolor de cabeza. ¿Sabe? Yo era una especie de virgen perpetua”.

Orson Welles a Barbara Leaming, en la biografía Orson Welles (Tusquets editores).

Creo que todo este background te hizo ser consciente de tu poder seducción desde muy pronto, del efecto que tu precocidad, tu genio, provocaba en los adultos, y que con los años te acostumbraste a utilizarlo en tu provecho. Sin ninguna maldad, antes bien con mucho cachondeo.

Me encanta la historia que tuviste con John Houseman, que tú mismo definiste como una novela rusa. Él era un empresario algo mayor que tú, que entonces apenas habías cumplido los 20 y estabas en plena efervescencia creativa. Cada obra que representabas en Nueva York era un gran acontecimiento. Houseman quería introducirse en el mundo del espectáculo y fue en una representación de Romeo y Julieta cuando se produjo vuestro primer encuentro. Él quedó prendado de ti. En su autobiografía evoca ese momento describiéndote como un “joven monstruoso”, que despertó en él “algo obsceno y terrible, una irresistible violencia interior”. Así nació una historia que duró varios años. Tú, indiferente, te dejabas cortejar y te divertías con el efecto perturbador que provocabas. En una ocasión Houseman fue a visitarte a la casa que compartías con Virginia, tu primera mujer. Tú estabas en la bañera, tomando un baño. Divertido, le hiciste pasar. Houseman sufrió un shock ante lo que vio. “Allí estaba Orson echado, inmóvil y cubierto por el agua, a través de la cual su cuerpo grande y de una palidez cadavérica parecía desproporcionadamente hinchado. Cuando salió entre excusas, chorreando y salpicando agua por todas partes, me di cuenta de que su tamaño no debía nada a la refracción de la luz: de que era tan enorme dentro como fuera de la bañera”. Esto lo cuenta Houseman en su libro, y Barbara Leaming, tu biógrafa lo describe como un calculado esfuerzo más por tu parte para impresionarle y desconcertarle.

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Un joven Orson en compañía de John Houseman

Una vida, la tuya, por la que fueron desfilando diferentes hombres que asumían el rol de padre. El tuyo verdadero quedó pronto relegado a un segundo plano. Era un inventor algo borrachín poco capaz de asumir responsabilidades. Seguramente, tú, que con 10 años ya habías montado una representación teatral de El doctor Jeckyll y Mr. Hyde entendías perfectamente la situación, aunque como Kane en la película nunca acabaste de aceptar del todo que se te privara de una infancia normal. Todo este desfile de padres, tutores, al que se unió también Houseman queda reflejado en tus películas, donde es fácil encontrar paralelismos con tu propia vida.

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Joseph Cotten entre los pechos (Fotograma de Too Much, Johnson– 1938)

En Ciudadano Kane, tu gran amigo Joseph Cotten interpreta al gran amigo de Kane. Me he topado con lecturas de Kane que hablan del trasfondo homosexual de esa relación y no me resultan nada descabelladas. Yo mismo he pensado siempre que de alguna manera estabas enamorado de él. Mirando por la red he visto que algunos van más allá y perciben una mirada gay bastante clara en tu cine y señalan la repetición de ciertas dinámicas de dependencia masculina en los personajes de tus películas. ¡Oh, sí! Yo también creo que en Touch of Evil (1958) entre Quinlan y Menzies había AMOR. Pero la cosa no termina ahí. Me ha encantado descubrir que en tu obra no terminada The Other Side of the Wind, rodada durante varios años (1970-76) John Huston da vida a un director de cine esculpido a imagen y semejanza de Ernest Hemingway. Como él, Hannaford es un hombre que se esfuerza por proyectar una imagen de macho que disipe todas las dudas sobre su sexualidad. ¿Es usted homosexual? Le preguntan los periodistas. Finalmente se despeja esta duda y se descubre que Hannaford está loco por la estrella masculina de su última película, John Dale, un joven con aspecto de estrella de rock. Es este amor secreto y no correspondido lo que terminará destruyéndole.

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Esta representación del macho es verdaderamente interesante, querido Orson. ¿Es una vendetta personal contra Hemingway, con el que tuviste una amistad en el pasado? ¿O es simplemente una desmitificación de la figura del macho-man? Lo cierto es que la película se rodó en un momento en el que la idea del macho de toda la vida llevaba años siendo ridiculizada por los hippies y demás tribus contraculturales. ¿No habrá también algo de ti en el personaje de Hannaford? Y en todo caso ¿Por qué hacer de él un homosexual armarizado? Es una pena que no pudieras terminar la película. Y aunque se habla todo el rato de que pronto llegará a las salas un montaje fiel a tu idea de la película, estas cosas no suelen salir bien. Quizá sea mejor quedarnos con el misterio y la leyenda de lo que hubiera sido.

En el libro What Ever Happened to Orson Welles? A Portrait of an Independent Career, de Joseph McBride se repasan todas estas complejas relaciones entre hombres que aparecen en tus películas, desde Kane hasta The Other Side, asegurando que están en el mismo corazón de tu obra, donde las relaciones heterosexuales que aparecen tienen por el contrario un interés bastante limitado.

En otro libro, Mis almuerzos con Orson Welles, hay una parte reveladora sobre lo que estamos hablando.

Orson:  Este año tengo un juicio en Francia, quiero impedir la publicación de un libro de un viejo colega… ha escrito que soy impotente y un homosexual latente.

Henry Jaglom:  ¿Y cómo lo va a saber él?

Orson: Lo que probablemente haya ocurrido es que cuando pasé seis semanas en París antes del rodaje de Otelo, para ensayar con Micheál MacLiammóir, él se unía a nosotros en las comidas. Y, bueno, yo, cuando estoy en compañía de un homosexual, me vuelvo un poco homosexual. Para que se sienta cómodo, ¿comprendes? Y para que Micheál se sintiera cómodo, yo me amaneraba un poco.

Mis almuerzos con Orson Welles. Conversaciones entre Henry Jaglom y Orson Welles. Editorial Anagrama.

Aquí no puedo evitar sonreír, porque me encantaría verte soltando la pluma y hacer un poco el mariquita. Creo que te hubiera comido a besos. Pero me sonrío también -querido Orson- porque creo sinceramente que no estás siendo del todo sincero. Te soltabas la pluma porque eras caprichoso y lo querías todo. A veces, estando entre homosexuales brillantes, como Micheál MacLiammóir, te apeteció ser como ellos y participar de la chispa que ellos tenían. Envidiabas su despreocupación por lo que dijeran los demás. Quien haya leído la biografía que escribió Barbara Leaming sobre ti conoce bien a MacLiammóir y sabe que nunca en la vida se hubiera sentido incómodo por su homosexualidad. En ninguna circunstancia. Decir eso es tan idiota como decir lo mismo de Quentin Crisp.

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Orson con su caniche Kiki

En otro momento del libro, Henry Jaglom afirma que Gary Cooper te volvía loco, a lo que tú respondes: “Pues sí. Veo a Gary Cooper y me convierto en mujer”. Sinceramente creo que un genio como tú supo aceptar su parte femenina más de lo que le gustaba reconocer. Y eso, a mis ojos, es parte del secreto de tu enorme atractivo.

Pongo el punto final aquí a esta especie carta a Orson que me ha salido. Creedme, hay aún mucho más que desgranar, pero lo dejo para otro momento. Como decía al principio, con este artículo no pretendo decirle al mundo que Orson Welles fuera gay, bisexual o lo que sea. Orson era simplemente un hombre maravilloso. ¿No es una etiqueta una forma de estigma? ¿Quién las necesita? Lo que me mueve en el fondo es el deseo de cargármelas y de que evolucionemos. ¿Qué mejor que hacerlo hablando de Orson?

Un artículo de Dr. Insermini, publicado originalmente en la web de Bob Flesh.

 

The Searchers II

Posted in Movies with tags , on 10/03/2017 by insermini

DILDO VALLEY

Hollywood años 80: El “yes-man” como gran artista

Posted in Movies with tags , , on 06/03/2017 by insermini

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Dejarme llevar por el hechizo de una juvenil Meryl Streep, la de los primeros 80, me ha llevado a hacer algo que nunca pensé que iba a hacer, ver una película dirigida por Robert Benton. Probablemente ninguno de vosotros sepa quién es este señor y está muy bien que así sea, porque es un director completamente anodino. Me atrevo a decir que las virtudes que pueda tener su cine se deben antes a la casualidad y al equipo humano que participó en sus películas. Es lo que sucede con Still of the Night, reivindicable por tratarse de un sexy-thriller con toques de horror y sobre todo por la presencia de Meryl en un rol de scream queen; sin olvidarnos de la exquisita fotografía de Néstor Almendros. Y es que gracias a Still of the Night (Bajo sospecha en España) podemos visualizar cómo hubiera sido un giallo fotografiado por el maestro de la luz cubano. Algo verdaderamente emotivo pues por unos instantes se hermanan en nuestra imaginación dos películas como Pauline en la playa y Seis mujeres para el asesino. Yo quería hacer una entradita sobre esta película, hablando de lo mucho que me gusta la Meryl ochentera pero en su lugar voy a hablar de Robert Benton y otros directores neutros que proliferaron en los 80/90. Todos esos directores que pasaban por grandes autores cuando en realidad no eran otra cosa que una panda de sinvergüenzas, de “yes-men” chungos.

Yes-man:  a person who agrees with everything that is said; especially :  one who endorses or supports without criticism every opinion or proposal of an associate or superior.

La figura del “yes-man” ha sido y es tan habitual a lo largo de la historia hollywoodiense que ni siquiera se habla de ella como concepto. Y es que al final, el director “yes-man“, o sea, el que acata las órdenes y se ciñe al bien común (que una película dé mucho dinero), es realmente el único que puede sobrevivir y desarrollar una carrera en Tinseltown. Si pensamos en el Hollywood clásico, el de los grandes estudios, que tantas películas inmortales produjo, lo que vemos es una maquinaria bien engrasada donde todos, desde los actores, los guionistas, hasta los directores eran células que se plegaban al fin común. Todos, incluso los Ford, Mann, Lang, Preminger, Hawks, eran “yes-men“. La etiqueta de autores se la inventaron los franceses mucho más tarde, y realmente es una etiqueta fea y maliciosa, porque pisotea y relega a la figura del empleado aplicado que hace su trabajo sin darse aires de nada. Recordando aquel ya lejano Hollywood clásico me pregunto: ¿Qué hay de malo realmente en ser un “yes-man“, una “yes-woman“? Nada. Serlo debería ser incluso un fin en sí mismo para todo el mundo. ¡Para ti también, gran artista!. ¿No es  algo bonito que uno se anule a sí mismo, se autoinmole, en favor de un gran logro colectivo que no tiene dueño ni autor? ¿No es esa la entrega absoluta al arte?

Esta oposición entre ser un “yes-man” y un autor es real y aunque no se hable de ella siempre es una cuestión candente. Al público realmente es algo que le importa bastante poco, pero esta dicotomía la encontramos detrás de los grandes traumas de prácticamente todos los artistas, se dediquen a lo que se dediquen. Recuerdo muy bien que los hermanos Coen la abordaron con su cinismo habitual en Barton Fink. Yo quiero utilizarla en relación a Hollywood y al cine americano, porque me sirve para entender muy bien una época, la de los 80/90 que viví muy intensamente como niño/adolescente cinéfilo. Es más, a través de ella se puede contar la historia del pasado más reciente de Hollywood con una luz nueva. Una historia que tiene su prólogo en los años 60, esa época de cambios y de ciclos cerrados que sumió al cine americano en una crisis severa. Terminado el sistema de los estudios, Hollywood sufrió dolorosamente al comprobar cómo la gente se reía en la sala cuando proyectaban sus películas serias y ponía cara de palo cuando proyectaban sus comedias. Se encontró de repente descolocado y deprimido, con una mercancía cada vez más difícil de colocar, barajando quizá por primera vez el suicidio o cambiar su negocio por el de la alta cosmética o los bienes de lujo. ¿Qué le pasa al mundo? se preguntaba sollozante mientras escrutaba con gesto serio al movimiento hippie, y miraba más allá del océano, sobre todo al territorio francés, buscando en el horizonte alguna luz que les guiara en la nueva realidad. Lentamente, dando palos de ciego, probando esto y lo otro, se encontró abrazando el término de “autor”. Se apropió de un término tan contrario a la idea del trabajador servil del viejo Hollywod y empezó a usarlo para vender sus películas. Le funcionó. De repente, algo que ahora nos parece tan normal, como que el nombre del director se exhiba como un reclamo para la taquilla empezó a ser cada vez más habitual. En los 70 los Coppola, los Scorsese, los Cimino, los Kbrick accedieron a un estatus superior. Sus nombres destacaban con una tipografía mayor y se alineaban con los de las estrellas que participaban en sus películas. Se lo habían ganado. Pero lo interesante de todo esto es que Hollywood, llevado por la avaricia y como no podía ser de otra manera terminó por inventar al “autor prefabricado”, lo cual era muy beneficioso, pues le permitía acuñar a sus propios autores. Su jugada consistió en hacer creer a estos directores prefab y por supuesto al público de que los Sidney Pollack, Robert Benton, Norman Jewison, Barry Levinson, los Ron Howard eran autores, cuando nunca dejaron de ser “yes-men”. Ellos se lo creyeron tan a gusto, y Hollywood les premió a todos con muchos oscars para reafirmar y reforzar su imagen. Lo he dicho antes, estoy hablando de una época bastante concreta, la que abarca básicamente los 80/90. Con mejor o peor visión, en esos años  Hollywood siguió encumbrando a nuevos autores prefabricados. Lo divertido de todo esto lo estamos viendo ahora. Absolutamente nadie recuerda aquellas películas que ganaron toneladas de oscars, ni quiere acordarse de los Kramer contra Kramer, los Hijos de un dios menor o los Rain Man, porque son películas que ya no servirían ni para hacer púas para guitarra. Por lo demás ¿a quién le importa que nadie sepa hoy día quien es Robert Benton? A Hollywood desde luego se la suda. Si tuviera que opinar sobre ello sólo gritaría: ¡Que le den por culo a Barry Levinson esté donde esté!

hollywood

Es aquí donde quería llegar. El tiempo acaba poniendo todo en su sitio y visto en perspectiva Hollywood no queda en muy buen lugar. Al público, que es tan listo, al que “es imposible engañar” se la metieron doblada en los años 80 cuando pagó dinero por ver una película de Barry Levinson. Cuando pagó dinero por ver Un lugar en el corazón. No sólo les dio su dinero sino que además habló bien de ellas y se las recomendó a sus amistades. Un negocio redondo. Me gusta mucho la imagen que proyecta todo esto de Hollywood, que no es otra que la de un gran trilero, un gualtrapa de la vida, que ha logrado sobrevivir gracias a los trucos baratos que se saca de la manga. Trucos baratos que ni siquiera son originales ya que se los inventa sobre la marcha, mirando lo que hacen los otros. Me parece ver claramente que la historia de Hollywood desde que terminó la época de los grandes estudios y sus monopolios es la historia de una huida hacia delante de un delincuente poco elegante y no demasiado listo, que además, no quiere tener memoria. Un auténtico macarra sin futuro, vestido de ejecutivo, cuyas tramas dan no para una sino varias películas. No sé vosotros pero yo tengo ganas de ver qué nuevos trucos se va a inventar, porque lo que son primos, nace uno cada día.

Artsploitation

Posted in Movies with tags , on 27/02/2017 by insermini

artspoitation

Haced un hueco en vuestro léxico para este término. Lo he leído por primera vez en este artículo, que os recomiendo, y su sola visión ha provocado un efecto mariposa dentro de mi cabeza que ha ordenado para siempre y de un solo golpe una serie de ideas que fluían aquí y allá. He paladeado cada letra, A-R-T-S-P-L-O-I-T-A-T-I-O-N con sumo placer. Si ponerle nombre a las cosas es una forma de matarlas, nunca fue más bienvenido un palabro. Cito, sin traducir, que no quiero desvirtuar sus palabras, lo que el tipo brillante que acuñó el término dice:

Artsploitation refers, like other exploitation genre tags, to a particular audience’s desire to consume a particular kind of film regardless of its quality. In the case of “art-house” cinema, this means that as long as a film looks pretty or conforms to the audience’s notion of “artistic” merit—most often translating to a level of incomprehensibility that one viewer can use to claim a superior “understanding” over others—said “art” film can then be excused of all its flaws. Regardless of how bad they are or how poorly it may conform to other essential tenets of “good” cinema such as writing, editing, acting and directing.

Aunque a partir de ahora -yo así lo espero- el término pase a formar parte de nuestro léxico y se utilice para hablar de títulos como Arrival, Toni Erdmann o Nocturnal Animals (película que me encanta), el artsploitation no es algo nuevo, existe desde hace mucho. Su mayor clásico debe ser El último tango en París, de Bertolucci. Es un término liberador y necesario, a diferencia de tantos otros que NO lo son. Pospongo el debate sobre qué abarca realmente para más adelante, de momento necesito hacerlo mío. Vosotros también, hacedlo vuestro. Un domingo por la tarde decid a quien esté con vosotros ¿Te hace ver algo de Artsploitation?

Devolvedme la suciedad

Posted in Movies with tags , , , , , on 22/02/2017 by insermini

moby-dick

Una cosa que me encanta y que me divierte es observar cómo las cosas pasan de moda y se quedan viejas. Eso significa que hay un relevo, que hay algún avance, y eso es una bofetada en los morros a toda esa gente que desea el estatismo y se niega a evolucionar. Pero los avances conllevan siempre una parte traumática, que no es fácil de asimilar, y que casi siempre provoca que uno acabe prefiriendo el territorio cargado de emoción, o sea, lo viejo, el pasado. En esa tesitura me encuentro ahora mismo. Queriendo abrazar lo nuevo y defenderlo pero a la vez sentir que lo único que me pone de verdad es lo viejo. Y toda esta esquizofrenia viene provocada por el hecho de haber ido al cine a ver una de mis películas favoritas, el Moby Dick de John Huston, de 1956. La película me gusta por muchos motivos, no sólo por cómo Huston se apropia de los temas de H. Melville y consigue construir un discurso muy personal, que conecta esta película con todo su mundo. Me produjo shock verla por primera vez proyectada en 35 mm. y – aunque la proyectaron en un formato cuadrado que no es el original y el que tocaba- me di cuenta con mucho horror de que la belleza de la película era aún mayor de lo que yo pensaba, y que el blu americano que tanto me gustaba era en realidad un falseamiento muy evidente, por no decir que una estafa. Vista en cine, la paleta cromática era otra, los trucajes y efectos cantaban más, la experiencia estética era muy distinta. Sin mencionar el hechizo que supone verla en la oscuridad de una sala. Yo que desde aquí, tantas veces he expresado mi éxtasis al ver tal o cual película en calidad superlativa, a partir de ripeados excelentes de copias superiores, me di cuenta de golpe de que la era del blu y del 4k y todo lo que está por venir, será muy amazing, pero, para los que hemos conocido lo anterior supone una pérdida irreversible. Sé que no digo nada nuevo y que esto lo pensáis muchos. ¿Qué es mejor? ¿Ver El halcón maltés en blu o ver una copia con rallajos y con el brillo y el contraste originales? Ahora Criterion ha editado Multiple Maniacs, y me escandaliza ver las imágenes tan limpias de una película que nunca hasta ahora, ni cuando se proyectó su primer puto master, se ha visto con esa nitidez y calidad. Lo sucio debe permanecer sucio, pero eso ya no es posible. Es el signo de los tiempos, y así debe ser.

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Con el cine que se estrena ahora sucede exactamente lo mismo. Como pre-millenial siento una antipatía difícil de vencer hacia estos brillantes cachorritos que estrenan sus primeras películas y son ya, desde la primera, perfectas. Les han enseñado que un desenfoque es imperdonable y que el montaje debe ser smart, muy smart, que no aburra ni por un segundo. ¿Os imagináis que las primeras película de Almodovar, de Cronenberg, los Arrebato, Clerks, Henry, Portrait of a Serial Killer, hubieran sido todas perfectas técnicamente? ¿Que la luz estuviera siempre bien, que el contraplano entrara siempre en el momento justo??? Para mí es un horror. Y estos cachorritos tampoco tienen la culpa de ser perfectos. Es simplemente lo que se espera de ellos. Por eso uno debe hacer el esfuerzo de mirar más allá de su pulcritud, de su no-aburrir, y estar dispuesto a valorar lo que hay detrás.

Me inquieta que nos acostumbremos para siempre a la perfección técnica de un plasma, de un blu. Sé que como pasa con los vinilos y la música, va a haber siempre una reacción contraria a este mundo nuevo donde todo es per-fec-to. Habrá webs que permitan acceder a las copias de las películas viejas con sus colores y fallos antiguos. Algo se inventarán. Probablemente no tarde mucho en volver el VHS. Lo que veo en el horizonte como espectador y amante del cine no me  gusta. Está muy relacionado con lo que se está viviendo en todos los campos. En el futuro la gente será toda delgada y todos tendrán la misma cara. Follarás con alguien que es exactamente igual que tú. Todo muy disturbing, así que dejadme que termine de forma apocalíptica. En el mundo que nos espera estamos más cerca de morir que nunca. Sin errores no hay aciertos ni emoción. Necesitamos la suciedad para revolcarnos en ella, para chuparla y hacernos amigos suyos, necesitamos inocularla en nuestro organismo para acostumbrarnos a ella y que no nos mate. En un mundo libre de patógenos, la más leve anomalía nos va a exterminar a todos de golpe. Me cago en los bluray de Moby Dick, en Whiplash, y en todo lo que huele a smart. Por favor, enguarrad vuestras películas, devolvedme la suciedad. Me da la vida.

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Posted in Movies with tags , on 12/02/2017 by insermini

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El Dios de la muerte asesina otra vez (1972. Armando Crispino) (IMDb)

Ampliando la óptica

Posted in Movies with tags , on 03/02/2017 by insermini

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El 4 de febrero de 2017 se cumplen 10 años desde que empecé el blog. En la era de internet eso es como si fueran 50 o 60 años. Han pasado muchas cosas, entre ellas hace ya un tiempo que explotó la burbuja bloguera y actualmente prácticamente nadie lee blogs si no son de celebrities y marcas de ropa. Que yo siga con ganas de mantener este espacio me sorprende incluso a mí. He pensado seriamente en cerrar este círculo para empezar otro, pero al final siempre pienso que aunque sólo pasen por aquí cuatro gatos, le debo bastante a Dr. Insermini, y matarlo no me parece muy buena idea. Por el momento. Además, lo que digo y pongo por aquí no es más que una forma de recopilar y ordenar mis ideas sobre cine, y por tanto, va dirigido principalmente a mí. Es mi scrapbook, o tablero, o bloc de notas. Que luego haya quien conecte es siempre agradable. Me hubiera gustado hacer algo con los amigos que he hecho en este tiempo, porque he hecho unos cuantos, y no hace falta que diga que son maravillosos. Como de momento fiesta no va a haber -comprendédlo, mi vida es muy agitada ahora mismo- voy a hablar un poco del que, mirando en perspectiva estos 10 años de Dr. Insermini, ha sido el tema estrella o representa mejor lo que ha terminado siendo este blog. Hablo de los FRAMES. Capturar las películas después de vistas se ha convertido ya en una necesidad, y creo que sólo los que como yo, que sois legión, también capturáis los fotogramas que os apetece de cada película, podéis entender de verdad lo serio y adictivo que es. Cuando veo en algún blog o en los tumblrs esas galerías que recopilan , resumen, capturan la esencia de una película, a veces me quedo tonto. No me interesan los que sólo buscan fotogramas cuquis o el efectismo fácil, que al final es muy previsible, me interesa el punto de vista del que los ha capturado. Si coincide que yo mismo he capturado la misma película recientemente, disfruto viendo cómo el conjunto de fotogramas que ha seleccionado la otra persona da una visión tan diferente de la misma película. Es una impresión mucho más profunda que la que me pueda provocar leer una crítica de cine. Para mí, es algo mucho más vivo y más intrigante comprobar de qué manera tan diferente nos llega una película. Capturar, seleccionar, ordenar los fotogramas y presentarlos en un set es en sí todo un arte o una droga, lo que tú prefieras. De ahí que durante mucho tiempo me haya quedado mudo y no haya querido escribir. Sólo quería desplegar mis sets, que es algo que a mí me divierte mucho más y que preserva todo el misterio y fascinación de la película. Luego cada cual que investigue y decida si quiere ver tal película o no.

Cuando la crítica de cine se ha vuelto tan estéril y aburrida que no hay quien coja una revista o lea una reseña, venga de donde venga, me parece liberador que el capturing tome el relevo. Me interesa más la selección de fotogramas que una persona cualquiera hace de una película que el artículo más sesudo sobre ella. Y seguramente todos esos críticos casposos que tanto aborrezco, que se pierden en su propia fatuidad, que sólo repiten como loros viejos clichés y formalismos que hace mucho que quedaron anticuados, la mayoría de estos señores, están tan pagados de su verbo que ni siquiera se preocupan de cuidar las imágenes que ilustran sus textos, cuando deberían estar preciosamente escogidas y tener un protagonismo central. El capturing como ejercicio y divertimento proclama la muerte del crítico, lo aniquila y lo anula por completo. Preserva por completo el poder de la película, no se lo arrebata y se lo entrega al crítico subido a la atalaya. Lo mismo para esos señores que enseñan cine en las Escuelas. (¡Por favor! Si queréis aprender cine, no vayáis a ninguna escuela!). Una escuela de cine moderna debería iniciar a sus alumnos en el capturing. Es divertido, es una forma de hacer cine sin hacerlo, de impregnarte con su misterio, de evitar quedarse en las dimensiones más bajas, las que tienen que ver con “el argumento”, que al final, es lo de menos.

En estos 10 años he capturado cientos de películas, algo que inevitablemente me ha afectado como espectador, me ha llevado a, sin darme cuenta, ampliar la óptica. Nunca he disfrutado tanto del cine como ahora. Puedo ver cualquier película (vale, las de Loach o Bollaín, no) sin aburrirme, quedándome sólo con lo bueno de cada una, admirando detalles a los que antes no prestaba atención. Por ejemplo la de arriba, She Wore a Yellow Ribbon, una película de increíbles colores y detalles, tantos que no te los acabas, sin importar que se haya quedado vieja y ridícula. Con esta nueva óptica, todo el cine se vuelve de repente más interesante, las películas  ya no son buenas o malas, eso sólo depende de cómo les pegue la luz en cada momento. Comprended que no detenga por el momento el viaje de Dr. Insermini. Acaba de empezar.

 

 

What is a Man #17

Posted in Movies with tags , on 31/01/2017 by insermini

george-c-scott-hardcoreGeorge C. Scott- Hardcore (1979)

Todo sigue igual: a propósito de Toni Erdmann

Posted in Movies with tags on 30/01/2017 by insermini

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Ya dije que este año quería enchufarme un poco más al cine que se estrena en los cines, que quería redigir mi antena y observar con interés y mirada inocente lo que se estrena ahora mismo. Hacerle una finta a la tiránica playlist y de paso mostrarme a mí mismo que no soy un cenizo, que todavía me interesan las cosas nuevas. Con ese espíritu, me fui al cine a ver Toni Erdmann, de la que prácticamente no sabía no sabía nada. Sólo me había llegado el ruido que estaba generando en el mundo premios y festivales. Es una coproducción alemana-austríaca-rumana de casi 3 horas, dirigida por una mujer, sin duda de futuro prometedor, que a lo mejor al final es sólo la nueva Lone Scherfig (por cierto, dónde anda??) o la nueva Susanne Bier (que ahora dirige TV movies en los USA).

La película empieza con una escena bochornosa en la que el señor del título recibe a un mensajero que le trae un paquete. Me asusté mucho en este momento porque si ese iba a ser el tono de la película la había cagado pero bien. Hubo risas en la sala cuando el tipo dijo nosequé de un hermano que enviaba paquetes bomba. Miré a mi alrededor. La media de edad en la sala era de 60 y pico. Yo me había gastado 9 euros. Más o menos mi presupuesto para toda una semana. Me temí lo peor. La película continuó. Miré la hora por primera vez a los 50 minutos, que se pasaron rápido, pero a la vez, ya tenía claro que aquello no iba conmigo. Toni Erdmann aborda la problemática familiar, aporta una mirada humana (dicho esto con sentido peyorativo) a la fría relación entre un padre y una hija. El padre utiliza los recursos que usaría un profesor de teatro de una Universidad cualquiera para derribar las barreras que hay entre él y su hija. Se pinta la cara, se pone unos dientes, una peluca. Hace chistes sobre tortugas. Todo muy dèja vu y muy Sra. Doubtfire. En mi desaliento me dije que si la película era una mierda, al menos debía verla hasta el final, porque había pagado 9 euros. Siempre me puede servir para hacer una entrada en el blog, pensé, muy, pero que muy abatido.

Si voy al cine a ver una película como esta, tan jaelada por la crítica y por los palmarés de medio mundo, espero algo que vaya más allá, y pienso que precisamente el tema de las relaciones familiares pide eso, una película que hable claro de una vez sobre el porqué la unidad familiar está tan demodé y es tan urgente cuestionarla. Me hubiera gustado una visión que no se quedara en la epidermis, que no fuera tan jodidamente básica y mostrara de una vez por todas lo artificial que es y lo superado que está el concepto familia. Toni Erdmann no dice nada que no supiéramos. La hija es fría, robótica, sólo le interesa trepar en las grandes corporaciones, no está interesada en tener una vida humana. ¡Pues viva ella! La entienda o no, su actitud me parece una elección personal suya y la respeto. En cambio el personaje del padre es insufrible, y se supone que para nosotros, los espectadores que hemos pagado la entrada, es el modelo a seguir. Pues bien, es un hombre horrible y verle con sus estilismos divertidos, daña la vista. Se agradece que no dé demasiados discursos, eso hay que señalarlo.

Todo este aparato de 3 horas constituye el nuevo fenómeno del cine de autor, que sólo interesará al final a jóvenes impresionables y a ese público que aún lee revistas de cine. La progresía de siempre también la celebrará, se sentirá identificada y quizá incluso se escandalice con algunas escenas. A esa gente le digo que se mire otra película alemana de los primeros 80 Taxi zum klo. Pero no quiero ser tan destructivo, reconozco que la llegada de la asistenta a la fiesta de cumpleaños me pareció muy graciosa.

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La sensación al abandonar la sala fue la misma que tengo cuando veo en la tele los anuncios de esos coleccionables sobre la cosas más peregrinas, que se repiten año tras año. Tú piensas: ¿pero en serio la gente sigue comprando estas mierdas?? Pues lo mismo me pasó con T. E. . ¿Todavia caemos en esto? Más que con la película, que al final, se deja ver, me enfado con que demos por normal que una mediocridad como esta esté encumbrada por críticos y público. Lo que al final pienso es, por favor, ¿podemos evolucionar? Yo hubiera salido contento del cine si hubiese al menos un punto de vista nuevo. Quizá el problema es simplemente que fantaseo siempre con un cine que se esfuerce por trascender el cliché, que se salga de los ciclos que desde hace un siglo se siguen repitiendo. Es todo una fantasía, porque esto no sucede ni en el cine ni en ningún otro campo o faceta de la vida. Estamos condenados a repetir los mismos ciclos, los mismos errores, a contentarnos con lo que ya nos sabemos. De ahí que un Festival como el de Cannes, en 2016, le dé el premio grande a I Daniel Blake, otra de las películas que me aventuré a ver hace poco poseído por este espíritu conciliador. Aquello sí fue un gran drama que no quiero rememorar. La película de Ken Loach, si es que alguien la ha visto, es el ANTICINE. Más de un siglo de cine para llegar a esto. Darle la Palma de Oro es como expedir el certificado de defunción al Cine. En ese marco el fenómeno Toni Erdmann es posible.

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L. T.

Posted in Movies with tags , on 19/01/2017 by insermini

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Beware!

 

Odiar una película

Posted in Movies with tags on 17/01/2017 by insermini

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Permitidme una reflexión que creo necesaria sobre el hecho de odiar y detestar una película. Pero no de odiarla y detestarla porque la has visto y te ha parecido mala. Se trata de odiar una película porque sí, porque desde el principio su sola existencia te ha resultado fastidiosa, tiene algo que te desagrada, y no puedes profundizar en las razones, porque la cosa te da tanto asco que no quieres siquiera asomarte a lo que hay detrás de esa repulsa. La inquina que le tienes es tan irracional e insondable como la que puedes sentir hacia una persona desconocida con la que coincides en un vagón de tren y te repugna a todos los niveles, tanto, que nunca en la vida te prestarías a conocerla en ningún ambiente o circunstancia. Y no me digáis que esto a vosotros no os pasa. Una sensación así, tan visceral, que nace desde la planta de tus pies y puedes sentir en la boca del estómago no puede ser errónea.

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Sucede que se ha estrenado una película de la que ahora mismo todo el mundo habla – su nombre no lo quiero decir aquí para que no mancille este espacio- hacia la que, ya en la distancia, a medida que se acercaba, sentí un rechazo frontal. Se trata del hype de la temporada, poseedor de un encanto comercial y de una fuerza arrolladora, exactamente igual que otros tantos hypes antes de este. La mayoría adora esta película, la sitúan en lo más alto de los pedestales, en IMDb tiene una nota muy muy alta, pero como es natural hay una fuerza contraria de gente que no comparte todo el ruido del fenómeno y la ataca. Es gente que ha ido a verla y no le ha gustado. No es mi caso. Yo la odio porque sí.

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Es esto lo que quería decir aquí. Cuando he atacado la película en alguna red social hay quien me pregunta si la he visto cuando realmente mi rechazo no tiene nada que ver con que esté mejor o peor. De hecho seguro que está superbien montada y  dirigida. Que la dirección de arte es maravillosa y los actores están para comérselos. A mí eso me da totalmente igual. Yo no quiero pasar el trance de ir a verla. Si lo hiciera me pasaría como a Damien en La profecía, cuando lo llevan a la iglesia y le da un ataque. Para mí esta película es el M.A.L. y punto, algo que me viene dictado desde lo más profundo de mi psique, desde el tuétano de mis huesos. No se trata de que me gusten más los musicales antiguos ni nada de eso (ayy! sí es esa). Odio esa puta película como odio a los señores que llevan sólo barba, sin el bigote, o como odio la pasta fría, con su textura viscosa y repulsiva. En nada me influye mi cultura audiovisual ni mi condición de persona amante del cine que ve muchas películas. Dejadme que la odie en paz, sin haberla visto, porque igual que a veces no podemos explicar por qué amamos una cosa, o a una persona, lo mismo sucede con las películas. Al final las filias y las fobias más viscerales son pura emoción, algo imposible de explicar.