Nalinle

Posted in Movies with tags , on 30/04/2017 by insermini

JEAN PETERS

Jean Peters- Apache (1954)

El arte de empezar (II)

Posted in Movies with tags on 26/04/2017 by insermini

Point of Terror (1971. Alex Nicol)

3 gifs

Posted in Movies with tags on 24/04/2017 by insermini

PILLS SATURN3CIGARRO FASSBIND3RETRUSCAN JB

Whity, 1971

Posted in Movies with tags , , on 23/04/2017 by insermini

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Whity o el kebab-western, de R.W. Fassbinder. Nunca he disfrutado tanto viendo una del oeste.

Do or Die

Posted in Movies with tags , , on 21/04/2017 by insermini

DILLINGER 1945 01DILLINGER 1945 02DILLINGER 1945 03DILLINGER 1945 05DILLINGER 1945 06DILLINGER 1945 07DILLINGER 1945 08DILLINGER 1945 09

Dillinger (1945)

La Nada

Posted in Uncategorized with tags , on 11/04/2017 by insermini

gilbert and georgethe never ending storytalking headsno se encontro nada

Blue Velvet Vibes

Posted in Movies with tags , , , , on 09/04/2017 by insermini

THE CAPTIVE CITY0BLUE VELVET 01THE CAPTIVE CITY 01BLUE VELVET 02THE CAPTIVE CITY 02BLUE VELVET 03THE CAPTIVE CITY 03BLUE VELVET 04THE CAPTIVE CITY 04BLUE VELVET 05THE CAPTIVE CITY 05BLUE VELVET 06THE CAPTIVE CITY 06BLUE VELVET 067

The Captive City (1952) es un film noir dirigido por Robert Wise que cuenta la cruzada que emprende un modesto periodista (John Forsythe) contra las bandas mafiosas locales de la pequeña, idílica, ciudad ficticia de Kennington, paradigma de todas esas ciudades americanas donde la vida es agradable y en apariencia luminosa. Es difícil verla sin acordarse de Blue Velvet, pues la película de Lynch perfectamente podía haber usado The Captive City como manual de estilo a la hora de recrear la lynchiana Lumberton. Hay ecos constantes entre las dos y de lo que hablan es básicamente lo mismo, la sordidez y el mundo violento que esconde la ciudad tras su fachada de luz y armonía.

 

Ping Pong Hall of Fame: Joan Crawford

Posted in Movies with tags , , on 06/04/2017 by insermini

JOAN

My mask of sanity is about to slip

Posted in Movies with tags , , on 26/03/2017 by insermini

AMERICAN PSYCHOTHE PLAYER

El cine te habla y tú no quieres escucharlo. ¿Por qué si no he visto con pocos días de diferencia American Psycho (2000) y The Player (1992)? Dos películas tan diferentes en apariencia, pero que terminan hablando de lo mismo, de como la cultura del éxito entre los yuppies de finales de los 80 generó personajes como los de Patrick Bateman y Griffin Mill. Una es Los Angeles y la otra Nueva York, una es La matanza de Texas y la otra una improvisación jazzística. Dos tonos  muy diferentes para hablar de lo mismo. Hollywood y Wall Street, los dos polos del dólar en la América del momento. En el centro un psicópata a punto de nacer, que debe manejarse como pueda a partir de la primera muerte. Los dos son acosados por un inspector de policía, Willem Dafoe en American Psycho y Whoopi Goldberg en The Player. Visten trajers caros, acuden a reuniones con otros ejecutivos, piden un agua mineral al llegar a su despacho, atienden con esmero su cuidado personal, cambian de amantes, están a un paso de renunciar a su humanidad y de ser del todo asimilados por el artificio que les rodea. Hay entre las dos películas ecos constantes. Y esto es algo que me divierte porque nunca antes lo había visto así. Las vi en su momento y me gustan mucho, pero es ahora en 2017, cuando de forma caprichosa, las dos se alinean y se me aparecen como manifestaciones de una misma visión. Sí, hay 8 años de diferencia, pero todos sabéis que American Psycho adapta la novela de Brett Easton Ellis, publicada en 1991, que desde el principio tentó al cine, pero que por su contenido tuvo que sortear todo tipo de obstáculos. Me encanta ver conectados a Pat Bateman y a Griffin Mill, que Altman y Brett dialoguen, cada uno en su estilo, y que el azar, este mundo extraño, me lleve a descubrirlo de esta manera. El cine te habla y tú no quieres escucharlo.

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Querido Orson

Posted in Movies with tags on 12/03/2017 by insermini

Orson Chimes at MidnightY, bueno, yo, cuando estoy en compañía de un homosexual, me vuelvo un poco homosexual.

Orson Welles en Mis almuerzos con Orson Welles.

Permitidme que antes de empezar aclare un par de cosas. La primera: soy muy fan de Orson Welles, seguramente, hablando de cine, es la personalidad más fascinante que nos dio el siglo XX. Como el mismo Kane, Orson fue un hombre de muchas caras, cuya imagen pública -la del genio incomprendido por la industria del cine y más tarde el trotamundos amante de la buena vida- reflejaba una parte muy-muy pequeña de lo que fue realmente. Él mismo disfrutó toda su vida alimentando ese misterio que le rodeaba, dando por ciertas las historias falsas que se contaban sobre él y observando divertido cómo progresivamente el mundo, los plumillas en las revistas, sus viejos colegas, parloteaban y distorsionaban aún más su imagen, de la misma forma en que lo haría un espejo deformante de los que había en las ferias de atracciones. ¿Pero quién era Orson realmente? ¿No tenemos cada uno nuestro Orson particular? ¿Es verdadera la imagen que nos ha llegado de él o es todo una gran mentira? (Oigo las risas de Orson, ruidosas, que me llegan desde arriba). Y con esto llego a la segunda aclaración. No quiero que este artículo se interprete como un razonamiento que busca defender la tesis -que no es nueva- de que Orson Welles era homosexual, latente o no. Eso sería una catetada por mi parte. Algo que me haría sentir muy pequeño. Más pequeño aún teniendo en cuenta que de quien estoy hablando es de O.W. Lo que quiero –y esto te lo digo especialmente a ti, querido Orson– es poner orden a una serie de datos que he ido recabando como forma de rastrear al Orson marica que convivió contigo a lo largo de toda tu vida. – No te enfades, querido Orson, porque pienso que, muy humildemente, lo que voy hacer es contribuir a engrandecer un poco más tu leyenda. A darle unas cuantas capas más a tu majestuosa imagen. Y además, créeme, no es lo mismo ser marica en estos tiempos que en tu época. Ahora es cool.

Por otro lado todas las etiquetas son engañosas, reduccionistas. Nombrar las cosas es acabar con su misterio. ¿Es gay un hombre que se da cuenta de que disfruta más de las relaciones sexuales que tiene con su mujer si introduce a otro hombre en la cama? Los gays puros, los heteros puros son muchos menos de lo que creemos. Hay toda una zona de grises que apenas comprendemos. Una zona de grises en la que estabas tú, querido Orson. Te gustaban las mujeres, de eso no hay ninguna duda. En tus mejores años, cuando eras el joven genio del teatro que creó el Mercury Theatre, que revolucionó la radio con aquella emisión de La guerra de los mundos y que poco después se dejó querer por Hollywood, ibas de flor en flor. Según las biografías estabas loco por tirarte a toda starlette que se te pusiera a tiro. Lo hacías en los camerinos, en los coches, debajo de las mesas. Entonces aún no tenías la figura oronda que luego te ha hecho reconocible a los ojos del mundo. Lo tuyo te costaba mantenerte delgado. Muchas privaciones y continuos baños de vapor que te hicieran sudar hasta el último gramo de grasa. Pero lo cierto es que estabas cerca de ser un galán. ¡Y ese encanto! ¿Hay algo más sexy que la buena salud, el rebosar de vitalidad y energía? ¿Que te hagan reír? No te tomabas nada en serio, ni siquiera a ti mismo. ¿Cómo no caer en tus brazos? Por si alguien no lo recuerda tuviste romances importantes con grandes bellezas. Con la bellísima actriz mexicana Dolores del Río, a la que dejaste por Rita Hayworth, con la que te casaste. También está ese divertido episodio en el que durante una larga estancia en Italia te encaprichaste de una italiana bigotuda y poco agraciada que no hablaba ni una palabra de inglés. Ella te daba calabazas, pero tu obsesión era muy fuerte. La perseguiste, te arrastraste, rechazaste a Rita en un acercamiento con visos de reconciliación. Tenías que poseer a la italiana fea. Era algo más fuerte que tu vida. Es una de las historias que más me gustan de ti. Pero junto a todas estas historias de faldas hay una parte homo en tu vida que no puedes negar. No sé si alguna vez te apeteció comerte una polla. No estoy seguro. Tu colega John Huston -otro hetero, con menos sombras aún que tú- dejaba que Truman Capote se la mamara de vez en cuando. Esto lo cuenta Andy Warhol en sus diarios. Se lo contó el propio Capote, y yo me lo creo.

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Por lo que he leído me doy cuenta de que eras por encima de todo un seductor. Lo fuiste casi desde que naciste. El pequeño wunderkind (niño prodigio) que maravillaba a todos desde su primera infancia. Con 8 años ya estabas acostumbrado a que los amigos de papá y mamá se te insinuaran.

Ya ve, toda esta experiencia la tenía ya entonces. Desde mi más tierna infancia fui la Lillie Langstry de la peña homosexual adulta. Todos me buscaban. Yo no sabía cómo quitármelos de encima. Pensaba que les sentaría mal si les decía que yo no era homosexual, que sería un reproche, así que siempre tenía dolor de cabeza. ¿Sabe? Yo era una especie de virgen perpetua”.

Orson Welles a Barbara Leaming, en la biografía Orson Welles (Tusquets editores).

Creo que todo este background te hizo ser consciente de tu poder seducción desde muy pronto, del efecto que tu precocidad, tu genio, provocaba en los adultos, y que con los años te acostumbraste a utilizarlo en tu provecho. Sin ninguna maldad, antes bien con mucho cachondeo.

Me encanta la historia que tuviste con John Houseman, que tú mismo definiste como una novela rusa. Él era un empresario algo mayor que tú, que entonces apenas habías cumplido los 20 y estabas en plena efervescencia creativa. Cada obra que representabas en Nueva York era un gran acontecimiento. Houseman quería introducirse en el mundo del espectáculo y fue en una representación de Romeo y Julieta cuando se produjo vuestro primer encuentro. Él quedó prendado de ti. En su autobiografía evoca ese momento describiéndote como un “joven monstruoso”, que despertó en él “algo obsceno y terrible, una irresistible violencia interior”. Así nació una historia que duró varios años. Tú, indiferente, te dejabas cortejar y te divertías con el efecto perturbador que provocabas. En una ocasión Houseman fue a visitarte a la casa que compartías con Virginia, tu primera mujer. Tú estabas en la bañera, tomando un baño. Divertido, le hiciste pasar. Houseman sufrió un shock ante lo que vio. “Allí estaba Orson echado, inmóvil y cubierto por el agua, a través de la cual su cuerpo grande y de una palidez cadavérica parecía desproporcionadamente hinchado. Cuando salió entre excusas, chorreando y salpicando agua por todas partes, me di cuenta de que su tamaño no debía nada a la refracción de la luz: de que era tan enorme dentro como fuera de la bañera”. Esto lo cuenta Houseman en su libro, y Barbara Leaming, tu biógrafa lo describe como un calculado esfuerzo más por tu parte para impresionarle y desconcertarle.

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Un joven Orson en compañía de John Houseman

Una vida, la tuya, por la que fueron desfilando diferentes hombres que asumían el rol de padre. El tuyo verdadero quedó pronto relegado a un segundo plano. Era un inventor algo borrachín poco capaz de asumir responsabilidades. Seguramente, tú, que con 10 años ya habías montado una representación teatral de El doctor Jeckyll y Mr. Hyde entendías perfectamente la situación, aunque como Kane en la película nunca acabaste de aceptar del todo que se te privara de una infancia normal. Todo este desfile de padres, tutores, al que se unió también Houseman queda reflejado en tus películas, donde es fácil encontrar paralelismos con tu propia vida.

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Joseph Cotten entre los pechos (Fotograma de Too Much, Johnson– 1938)

En Ciudadano Kane, tu gran amigo Joseph Cotten interpreta al gran amigo de Kane. Me he topado con lecturas de Kane que hablan del trasfondo homosexual de esa relación y no me resultan nada descabelladas. Yo mismo he pensado siempre que de alguna manera estabas enamorado de él. Mirando por la red he visto que algunos van más allá y perciben una mirada gay bastante clara en tu cine y señalan la repetición de ciertas dinámicas de dependencia masculina en los personajes de tus películas. ¡Oh, sí! Yo también creo que en Touch of Evil (1958) entre Quinlan y Menzies había AMOR. Pero la cosa no termina ahí. Me ha encantado descubrir que en tu obra no terminada The Other Side of the Wind, rodada durante varios años (1970-76) John Huston da vida a un director de cine esculpido a imagen y semejanza de Ernest Hemingway. Como él, Hannaford es un hombre que se esfuerza por proyectar una imagen de macho que disipe todas las dudas sobre su sexualidad. ¿Es usted homosexual? Le preguntan los periodistas. Finalmente se despeja esta duda y se descubre que Hannaford está loco por la estrella masculina de su última película, John Dale, un joven con aspecto de estrella de rock. Es este amor secreto y no correspondido lo que terminará destruyéndole.

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Esta representación del macho es verdaderamente interesante, querido Orson. ¿Es una vendetta personal contra Hemingway, con el que tuviste una amistad en el pasado? ¿O es simplemente una desmitificación de la figura del macho-man? Lo cierto es que la película se rodó en un momento en el que la idea del macho de toda la vida llevaba años siendo ridiculizada por los hippies y demás tribus contraculturales. ¿No habrá también algo de ti en el personaje de Hannaford? Y en todo caso ¿Por qué hacer de él un homosexual armarizado? Es una pena que no pudieras terminar la película. Y aunque se habla todo el rato de que pronto llegará a las salas un montaje fiel a tu idea de la película, estas cosas no suelen salir bien. Quizá sea mejor quedarnos con el misterio y la leyenda de lo que hubiera sido.

En el libro What Ever Happened to Orson Welles? A Portrait of an Independent Career, de Joseph McBride se repasan todas estas complejas relaciones entre hombres que aparecen en tus películas, desde Kane hasta The Other Side, asegurando que están en el mismo corazón de tu obra, donde las relaciones heterosexuales que aparecen tienen por el contrario un interés bastante limitado.

En otro libro, Mis almuerzos con Orson Welles, hay una parte reveladora sobre lo que estamos hablando.

Orson:  Este año tengo un juicio en Francia, quiero impedir la publicación de un libro de un viejo colega… ha escrito que soy impotente y un homosexual latente.

Henry Jaglom:  ¿Y cómo lo va a saber él?

Orson: Lo que probablemente haya ocurrido es que cuando pasé seis semanas en París antes del rodaje de Otelo, para ensayar con Micheál MacLiammóir, él se unía a nosotros en las comidas. Y, bueno, yo, cuando estoy en compañía de un homosexual, me vuelvo un poco homosexual. Para que se sienta cómodo, ¿comprendes? Y para que Micheál se sintiera cómodo, yo me amaneraba un poco.

Mis almuerzos con Orson Welles. Conversaciones entre Henry Jaglom y Orson Welles. Editorial Anagrama.

Aquí no puedo evitar sonreír, porque me encantaría verte soltando la pluma y hacer un poco el mariquita. Creo que te hubiera comido a besos. Pero me sonrío también -querido Orson- porque creo sinceramente que no estás siendo del todo sincero. Te soltabas la pluma porque eras caprichoso y lo querías todo. A veces, estando entre homosexuales brillantes, como Micheál MacLiammóir, te apeteció ser como ellos y participar de la chispa que ellos tenían. Envidiabas su despreocupación por lo que dijeran los demás. Quien haya leído la biografía que escribió Barbara Leaming sobre ti conoce bien a MacLiammóir y sabe que nunca en la vida se hubiera sentido incómodo por su homosexualidad. En ninguna circunstancia. Decir eso es tan idiota como decir lo mismo de Quentin Crisp.

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Orson con su caniche Kiki

En otro momento del libro, Henry Jaglom afirma que Gary Cooper te volvía loco, a lo que tú respondes: “Pues sí. Veo a Gary Cooper y me convierto en mujer”. Sinceramente creo que un genio como tú supo aceptar su parte femenina más de lo que le gustaba reconocer. Y eso, a mis ojos, es parte del secreto de tu enorme atractivo.

Pongo el punto final aquí a esta especie carta a Orson que me ha salido. Creedme, hay aún mucho más que desgranar, pero lo dejo para otro momento. Como decía al principio, con este artículo no pretendo decirle al mundo que Orson Welles fuera gay, bisexual o lo que sea. Orson era simplemente un hombre maravilloso. ¿No es una etiqueta una forma de estigma? ¿Quién las necesita? Lo que me mueve en el fondo es el deseo de cargármelas y de que evolucionemos. ¿Qué mejor que hacerlo hablando de Orson?

Un artículo de Dr. Insermini, publicado originalmente en la web de Bob Flesh.

 

The Searchers II

Posted in Movies with tags , on 10/03/2017 by insermini

DILDO VALLEY

Hollywood años 80: El “yes-man” como gran artista

Posted in Movies with tags , , on 06/03/2017 by insermini

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Dejarme llevar por el hechizo de una juvenil Meryl Streep, la de los primeros 80, me ha llevado a hacer algo que nunca pensé que iba a hacer, ver una película dirigida por Robert Benton. Probablemente ninguno de vosotros sepa quién es este señor y está muy bien que así sea, porque es un director completamente anodino. Me atrevo a decir que las virtudes que pueda tener su cine se deben antes a la casualidad y al equipo humano que participó en sus películas. Es lo que sucede con Still of the Night, reivindicable por tratarse de un sexy-thriller con toques de horror y sobre todo por la presencia de Meryl en un rol de scream queen; sin olvidarnos de la exquisita fotografía de Néstor Almendros. Y es que gracias a Still of the Night (Bajo sospecha en España) podemos visualizar cómo hubiera sido un giallo fotografiado por el maestro de la luz cubano. Algo verdaderamente emotivo pues por unos instantes se hermanan en nuestra imaginación dos películas como Pauline en la playa y Seis mujeres para el asesino. Yo quería hacer una entradita sobre esta película, hablando de lo mucho que me gusta la Meryl ochentera pero en su lugar voy a hablar de Robert Benton y otros directores neutros que proliferaron en los 80/90. Todos esos directores que pasaban por grandes autores cuando en realidad no eran otra cosa que una panda de sinvergüenzas, de “yes-men” chungos.

Yes-man:  a person who agrees with everything that is said; especially :  one who endorses or supports without criticism every opinion or proposal of an associate or superior.

La figura del “yes-man” ha sido y es tan habitual a lo largo de la historia hollywoodiense que ni siquiera se habla de ella como concepto. Y es que al final, el director “yes-man“, o sea, el que acata las órdenes y se ciñe al bien común (que una película dé mucho dinero), es realmente el único que puede sobrevivir y desarrollar una carrera en Tinseltown. Si pensamos en el Hollywood clásico, el de los grandes estudios, que tantas películas inmortales produjo, lo que vemos es una maquinaria bien engrasada donde todos, desde los actores, los guionistas, hasta los directores eran células que se plegaban al fin común. Todos, incluso los Ford, Mann, Lang, Preminger, Hawks, eran “yes-men“. La etiqueta de autores se la inventaron los franceses mucho más tarde, y realmente es una etiqueta fea y maliciosa, porque pisotea y relega a la figura del empleado aplicado que hace su trabajo sin darse aires de nada. Recordando aquel ya lejano Hollywood clásico me pregunto: ¿Qué hay de malo realmente en ser un “yes-man“, una “yes-woman“? Nada. Serlo debería ser incluso un fin en sí mismo para todo el mundo. ¡Para ti también, gran artista!. ¿No es  algo bonito que uno se anule a sí mismo, se autoinmole, en favor de un gran logro colectivo que no tiene dueño ni autor? ¿No es esa la entrega absoluta al arte?

Esta oposición entre ser un “yes-man” y un autor es real y aunque no se hable de ella siempre es una cuestión candente. Al público realmente es algo que le importa bastante poco, pero esta dicotomía la encontramos detrás de los grandes traumas de prácticamente todos los artistas, se dediquen a lo que se dediquen. Recuerdo muy bien que los hermanos Coen la abordaron con su cinismo habitual en Barton Fink. Yo quiero utilizarla en relación a Hollywood y al cine americano, porque me sirve para entender muy bien una época, la de los 80/90 que viví muy intensamente como niño/adolescente cinéfilo. Es más, a través de ella se puede contar la historia del pasado más reciente de Hollywood con una luz nueva. Una historia que tiene su prólogo en los años 60, esa época de cambios y de ciclos cerrados que sumió al cine americano en una crisis severa. Terminado el sistema de los estudios, Hollywood sufrió dolorosamente al comprobar cómo la gente se reía en la sala cuando proyectaban sus películas serias y ponía cara de palo cuando proyectaban sus comedias. Se encontró de repente descolocado y deprimido, con una mercancía cada vez más difícil de colocar, barajando quizá por primera vez el suicidio o cambiar su negocio por el de la alta cosmética o los bienes de lujo. ¿Qué le pasa al mundo? se preguntaba sollozante mientras escrutaba con gesto serio al movimiento hippie, y miraba más allá del océano, sobre todo al territorio francés, buscando en el horizonte alguna luz que les guiara en la nueva realidad. Lentamente, dando palos de ciego, probando esto y lo otro, se encontró abrazando el término de “autor”. Se apropió de un término tan contrario a la idea del trabajador servil del viejo Hollywod y empezó a usarlo para vender sus películas. Le funcionó. De repente, algo que ahora nos parece tan normal, como que el nombre del director se exhiba como un reclamo para la taquilla empezó a ser cada vez más habitual. En los 70 los Coppola, los Scorsese, los Cimino, los Kbrick accedieron a un estatus superior. Sus nombres destacaban con una tipografía mayor y se alineaban con los de las estrellas que participaban en sus películas. Se lo habían ganado. Pero lo interesante de todo esto es que Hollywood, llevado por la avaricia y como no podía ser de otra manera terminó por inventar al “autor prefabricado”, lo cual era muy beneficioso, pues le permitía acuñar a sus propios autores. Su jugada consistió en hacer creer a estos directores prefab y por supuesto al público de que los Sidney Pollack, Robert Benton, Norman Jewison, Barry Levinson, los Ron Howard eran autores, cuando nunca dejaron de ser “yes-men”. Ellos se lo creyeron tan a gusto, y Hollywood les premió a todos con muchos oscars para reafirmar y reforzar su imagen. Lo he dicho antes, estoy hablando de una época bastante concreta, la que abarca básicamente los 80/90. Con mejor o peor visión, en esos años  Hollywood siguió encumbrando a nuevos autores prefabricados. Lo divertido de todo esto lo estamos viendo ahora. Absolutamente nadie recuerda aquellas películas que ganaron toneladas de oscars, ni quiere acordarse de los Kramer contra Kramer, los Hijos de un dios menor o los Rain Man, porque son películas que ya no servirían ni para hacer púas para guitarra. Por lo demás ¿a quién le importa que nadie sepa hoy día quien es Robert Benton? A Hollywood desde luego se la suda. Si tuviera que opinar sobre ello sólo gritaría: ¡Que le den por culo a Barry Levinson esté donde esté!

hollywood

Es aquí donde quería llegar. El tiempo acaba poniendo todo en su sitio y visto en perspectiva Hollywood no queda en muy buen lugar. Al público, que es tan listo, al que “es imposible engañar” se la metieron doblada en los años 80 cuando pagó dinero por ver una película de Barry Levinson. Cuando pagó dinero por ver Un lugar en el corazón. No sólo les dio su dinero sino que además habló bien de ellas y se las recomendó a sus amistades. Un negocio redondo. Me gusta mucho la imagen que proyecta todo esto de Hollywood, que no es otra que la de un gran trilero, un gualtrapa de la vida, que ha logrado sobrevivir gracias a los trucos baratos que se saca de la manga. Trucos baratos que ni siquiera son originales ya que se los inventa sobre la marcha, mirando lo que hacen los otros. Me parece ver claramente que la historia de Hollywood desde que terminó la época de los grandes estudios y sus monopolios es la historia de una huida hacia delante de un delincuente poco elegante y no demasiado listo, que además, no quiere tener memoria. Un auténtico macarra sin futuro, vestido de ejecutivo, cuyas tramas dan no para una sino varias películas. No sé vosotros pero yo tengo ganas de ver qué nuevos trucos se va a inventar, porque lo que son primos, nace uno cada día.