Déjese hacer el amor por nuestro querido invitado, Terence Stamp

Por ManoloBAngBAng

Con Teorema (Pier Paolo Pasolini, 1968) tenía una cuenta pendiente que por fin hoy podré cerrar gracias a esta invitación del Dr. Insermini animándome a contarla toda enterita para una de las secciones estrella de este blog, la fotonovela definitiva de la era divx, o lo que es lo mismo, una nueva entrega de Todo Spoilers. Lo de la cuenta pendiente y Teorema viene de hace unos años, casi quince, cuando en el marco de un festival de cine me disponía a verla y tras unos minutos de proyección me quedé profundamente dormido. Fue un trance espeso y terrible. Recuerdo despertarme de repente, empapado en sudor y con la boca pastosa, mientras en pantalla se leía la palabra Fine y el atronador y catárquico grito de Massimo Girotti me electrocutaba de pura angustia en mi butaca. Comprenderéis que el recuerdo de la experiencia tenía mucho de traumático y no ha sido hasta ahora que he podido reconstruir la pesadilla y otorgarle no un orden, sino un argumento, porque después de todo, Teorema tiene un argumento y es el siguiente.


La cosa empieza así abruptamente, con unos planos de unas naves industriales. En semejante lugar se desarrolla una improvisada rueda de prensa en la que los periodistas preguntan a un señor encorbatado por lo que parece una noticia insólita: el patrón y propietario de la empresa ha entregado su propiedad y su gestión a los trabajadores. Se habla de la burguesía, de su evolución. La escena es bastante confusa. Le preguntan al representante de los trabajadores si se trata de un hecho aislado o de una tendencia moderna. La respuesta es que se trata de una tendencia. Se formulan nuevas preguntas, ¿significa esto el fin de la lucha de clases? ¿permitirán los burgueses que los trabajadores se conviertan a su vez en burgueses? ¿qué clase de revolución implica? Estamos desbordados con tanta interrogación y sofocados por los empujones de los periodistas cuando de repente aparecen los títulos de crédito.

A continuación aparecen una serie de planos silenciosos en blanco y negro que describen el entorno fabril como un lugar estático y vacío. Se intercalan unos planos metafóricos de unas dunas agitadas por el viento y mantos de arena. Por primera vez, aparece el patrón de la empresa, en su coche, abandonando su lugar de trabajo.


Cambio de escenario. Edificio del Liceo donde estudia Pietro, hijo del patrón. Pietro sale de clase y… vuelven a aparecer los planos metafóricos de las dunas de la playa. Según se aprecia, Pietro es un chico normal. Marcha con sus amigos mientras hace el ganso como es propio de su edad estudiantil. A lo lejos divisa a una chica y deja de hacer payasadas, se despide de sus compañeros.


Simultáneamente, Odetta, hermana de Pietro, sale también de su instituto y en un ambiente muy gris aderezado por una música depresiva camina con sus amigas con el semblante serio. Un apuesto joven releva a sus compañeras. Está cortejando a Odetta. No oímos lo que se dicen, tan solo el movimiento de sus labios al son de la música deprimente. Pese a que ella intenta evitarlo, el chico toma la carpeta de Odetta, la abre y aparece una foto tamaño din-A3 de un señor maduro muy guapo que parece un galán de cine de cinecittá. En este instante todo parece muy misterioso y hermético. Luego sabremos que ese señor es el padre de Odetta, el patrón de la fábrica. Por supuesto, tras conocer este dato, el misterio deja de ser un misterio a secas para ser un misterio un tanto incestuoso y bastante psicoanálitico. Aún así el chico sonríe y le hace la cobra a Odetta. Esta no se deja engatusar y con expresión de dolor de muelas echa a correr con la carpeta pegada al pecho y la cola de caballo al viento. Alcanza a sus amigas y el chico, abandonando sus intenciones, se suma al grupo.


Momento importante: presentación de la madre de Odetta y Pietro, Lucía, interpretada por la gran Silvana Mangano. Está leyendo un libro, con los labios perfiladísimos, las pestañas oscurecidas y el pelo de peluquería. Es la señora de la casa y a continuación entra en el salón otro personaje muy importante: la criada. El momento criada es un momentazo. Parece una viuda joven a lo Anna Magnani con un rostro bello pero demudado por la tristeza y el sopor existencial, su intensa mirada melancólica tiene tal poder que el espectador se siente culpable sin saber por qué. Le dice algo a su señora, pero no podemos oír los diálogos, así que no sabemos muy bien de qué va la escena. No habrán demasiados diálogos a lo largo de la película. La música sigue siendo deprimente y esta parte de la historia es en blanco negro. Lucía se santigua a resultas de lo que le ha dicho Emilia, la criada.


La cuestión es que la música cambia a un ritmo más ligero, como de guateque versión Morricone, y entonces aparece en la puerta de la mansión familiar un personaje cien por cien Pasolini: Ninetto Davoli. Aunque interpreta a un empleado de correos, Ninetto Davoli empieza a hacer esas cosas de mimo y saltimbanqui que uno espera de él, se mueve en círculos, improvisa un baile muy alegre y agita los brazos como si volara. Trae un telegrama para la señora. La criada Emilia lo mira con disgusto, Ninetto Davoli sonríe y le pide un beso. No hay diálogos, sigue la música de guateque. Emilia pone cara de haberse comido una pipa amarga y se despide con el telegrama en mano.


Comida familiar. La familia está reunida en la mesa del salón comedor y el patrón, padre de familia, lee el telegrama.

Con la llegada del telegrama llega el color a la película, ya no será en blanco y negro. Ahora estamos en un guateque de verdad y aparece por primera vez Terence Stamp, el invitado que anunciaba su llegada. Parece que la tristeza ha quedado atrás y la familia incluso sonríe.


Nuevo escenario: el invitado (más bien el Invitado, así en mayúsculas y en abstracto) está leyendo un libro en el jardín. La criada Emilia lo observa con ojos ávidos. Pronto descubrimos que más que avidez se trata de lascivia bien cochina. En un momento dado, la ceniza del cigarro que fuma el Invitado se desprende sobre su pantalón y Emilia corre como una loca para limpiar la mancha y a continuación vuelve a sus tareas. Hace como que limpia de hojas secas el césped pero sigue mirando al Invitado con esos ojos de mujer italiana que lleva viuda, y sin catar varón, durante demasiado tiempo. Deja el rastrillo y se va corriendo a la cocina donde abre un pequeño armario, se mira en el espejo, se quita los pendientes y se encomienda a las imágenes de los santos. Acto seguido abandona la cocina y vuelve al jardín, ahora se dirige hacia la máquina cortacésped y se pone a segar como una perturbada mientras dirige miradas al invitado Terence Stamp, que se acaba de repantigar en sus sillón cual adonis con expresión ensoñadora.


Y claro, la criada ya no puede aguantar más y se le queda esta cara:


Llorosa y trastornada abandona el cortacésped y regresa al interior de la casa a toda prisa. Se dirige a la cocina donde intenta suicidarse con una manguera de gas butano. El Invitado corre en su auxilio y arrastra a Emilia hasta su cama. Le pregunta si se encuentra mejor y la criada, sin articular palabra, responde subiéndose la falda hasta más arriba de las bragas. Él intenta tranquilizarla y le baja de nuevo las faldas. Ella empieza a besarle las manos con devoción y más lágrimas. Llegados a este punto, Terence Stamp cumple con lo que se le pide y le hace el amor. En lugar de la escena de sexo, vemos de nuevo los planos de las dunas misteriosas.


El Invitado comparte habitación con Pietro, y ahora que la peli ya es en color sabemos que éste es un zanahoria, pelirrojo con piel lechosa y pecas. Una noche se preparan para meterse en la cama y se desvisten a la vez mientras vuelve a sonar de fondo la música de guateque. Pietro se muestra más pudoroso que el Invitado, que en un momento dado aporta uno de los poquísimos datos que sabemos sobre él: “esta era la habitación en la que dormía cuando era niño”. Así pues, se acuestan y apagan la luz. Pietro no tarda en levantarse para retirar la manta que cubre a Terence Stamp y observar su desnudez. Al ser descubierto, Pietro se excusa lloroso, avergonzado y regresa a su cama. El invitado Terence abandona su lecho y decide consolarle.


Al día siguiente. Lucía encuentra un libro de Rimbaud en el suelo y lo coloca sobre un taburete. Está en el salón de su casa, sola. Observa unas ropas sobre el sofá, camisa, pantalón y calzoncillos. Alguien se ha desvestido allí mismo: el Invitado. Mira las prendas con expresión enigmática y tímida sonrisa, las acaricia y sale al exterior de la casa. Se oye el ladrido de un perro. El invitado, muy ligero de ropa, está corriendo y jugando con él por el jardín. Lucía se desnuda completamente y se echa sobre el césped. Aparece el Invitado brincando con el perro y llama a Lucía por su nombre. Ella dice: “¡Estoy aquí!”. Él se queda observándola desde la distancia. Ella se muestra ansiosa y se muerde un dedo mientras espera que él se aproxime. Finalmente se abrazan en el suelo y hacen el amor.


A continuación Pietro le enseña un catálogo artístico al Invitado, en silencio. Hay un montón de silencios. A estas alturas queda claro que nadie habla demasiado. Más tarde, avanzada la noche, estamos en la habitación de Lucía y su marido, Paolo. Parece que él no se encuentra bien. No sabemos si padece indigestión, insomnio o algo peor. Así que se levanta y se dirige al baño. Está indispuesto. Vuelven a aparecer las imágenes de las dunas de la playa con las sombras de las nubes proyectadas sobre ellas. Paolo deambula por su hogar como alma en pena. Sale al exterior, se oyen ladridos de perro y el canto de los pájaros. Está amaneciendo. Vuelve a entrar en casa y abre la puerta de la habitación que comparten su hijo Pietro y el Invitado. Ambos duermen en la misma cama abrazados. Paolo regresa a su habitación y se mete en la cama de nuevo. Repentinamente decide hacerle el amor a Lucía pero esta protesta: “¡Son las seis de la mañana!”.


Más tarde, Paolo está en cama, enfermo. Lee un libro acompañado de su hija Odetta. Le dice al Invitado, “este libro trata de un hombre enfermo como yo” y lee en voz alta un fragmento de “La muerte de Iván Ilich” de León Tolstoi: “Guérassime estaba a cargo de la limpieza, era un campesino joven, saludable y limpio…” y le entrega el libro a su invitado para que siga leyendo. En este momento de enfermedad ya no suena música de guateque, suena el Réquiem de Mozart. Odetta yace junto al lecho de su padre y lo acompaña en estos duros momentos. El Invitado sale un momento de la habitación pero no tarda en regresar. Se aproxima al enfermo, aparta la sábana que lo cubre y lo coloca en una posición singular con los pies desnudos en alto.


Por la tarde, los tres se han trasladado al jardín. El enfermo, su hija, la bella Odetta y el Invitado. Comparten una agradable velada. Odetta cae bajo el hechizo de este último y va a por su cámara de fotos réflex para inmortalizar el momento. Tras hacer unas fotografías de los dos hombres, toma al Invitado de la mano y lo lleva al interior de la casa, a su habitación. Le muestra algunos recuerdos, aunque no tarda en desnudarse y entregarse a él para que le haga el amor.


En la siguiente secuencia Terence Stamp acompaña a Paolo en un trayecto en coche hasta la playa. Aunque sólo vemos imágenes de dunas de arena, horizonte y cielos nubosos, Paolo se entrega también al irresistible Invitado mientras escuchamos su voz en off: “¡Tú me tentaste, mi Dios! ¡Y yo te dejé hacer! Tu me forzaste y venciste.”


Momentos después, la criada Emilia recibe un nuevo telegrama de manos del saltimbanqui empleado de correos y telégrafos Ninetto Davoli. Ante el desparpajo del mensajero, Emilia pone esta cara:

En el telegrama hay un escueto mensaje para el Invitado. Tras su lectura este dice: “Debo marcharme, mañana.” Lucía recibe la noticia como tiro.


Lo mismo le pasa a Pietro que cae en profunda depresión y se sincera ante el Invitado, abriéndole su corazón y narrándole el profundo cambio que se está produciendo en su identidad. De fondo, vuelve a sonar el Requiem de Mozart. Le dice: “Tú alteraste el orden natural de las cosas”.


Luego será Lucía la que se abra de corazón. Le confiesa al Invitado la importancia de su llegada y la miseria que habita en su vida: “ No sé cómo puedo soportar tal vacío”.


Le toca el turno a Odetta. “Nuestro encuentro me hizo sentir como una muchacha normal.” Se muestra desolada ante la marcha  repentina de su amigo. “Tenía miedo, solo amaba a mi padre”. Derrama abundantes y amargas lágrimas mientras escuchamos los coros del Réquiem.


Momento ahora para el padre de familia, Paolo: “Viniste aquí para destruir”. Se lamenta de cómo el Invitado ha sacudido su ser en lo más profundo. “Destruiste la idea que tenía de mí mismo”.


La familia al completo, junto con Emilia, la criada, despide al Invitado. Éste se sube a un coche y desaparece.


Aparece Emilia, con un gran maletón. Abandona a la familia, se monta en un autobús y regresa al pueblo, un lugar rural y empobrecido semejante a una vieja factoría abandonada. Emilia permanece muda. Una vez llega allí, deja su maleta y se sienta con determinación en un ruinoso banco de madera. Allí permanece hierática y muda.


Mientras tanto, Odetta rememora la visita del Invitado. Recorre los lugares del jardín donde compartieron sus mejores momentos. Ocurre una cosa sorprendente: se dirige hacia la nueva criada, ocupada en la cocina, y la llama por su nombre: ¡Emilia! Parece requisito indispensable que las criadas se llamen todas Emilia y vistan de luto riguroso. Le pide un metro a ésta para tomar medidas en los lugares por donde anduvo el Invitado. Da la impresión de perseguir a un fantasma.


Volvemos al pueblo de la primera Emilia, y descubrimos que la gente empieza a asomarse en las ventanas para observar a la extraña mujer, que permanece callada y triste en su banco.


Odette, repasa las fotografías que tomó del Invitado en el jardín. Acaricia las partes favoritas de su cuerpo.


Su ausencia le resulta absolutamente insoportable y se echa en la cama desconsolada, presa de la angustia y el llanto. Hay una imagen de la Duna Polvorienta y luego vemos a Odetta en la cama, enferma, aferrando algo en su mano, algo relacionado con el Invitado que no sabemos qué es.


El médico acude a visitarla, pero no hay nada que hacer. Y mientras, la criada Emilia permanece sentada en el banco de su pueblo. Las ancianas y las gentes del lugar empiezan a considerarla una mujer santa. Se arrodillan y se santiguan ante su presencia.


La nueva criada Emilia, aparece en la habitación de Odetta e intenta que ésta abra el puño para que le entregue lo que esconde, pero sin conseguirlo. Llegan los celadores de un hospital mental, con una camilla y se la llevan.


Volvemos al pueblo con Emilia. Sus gentes acuden en masa con un niño enfermo en brazos. Cualquiera diría que a la criatura le han pintado con un rotulador de punta gorda un sarampión. Al comparecer ante Emilia, el niño sanará.


Nos ocupamos ahora de Pietro. Se ha volcado completamente con la actividad artística. Dibuja sin parar, emborrona papeles y estalla en una risa histérica.


En el pueblo con Emilia otra vez. Le llevan viandas en agradecimiento. Ella dice que no tiene hambre. Se limita a señalar algo con el brazo bien rígido: unas ortigas silvestres. Los niños recogen ortigas y preparan una infusión con ellas para Emilia.


Suena el Requiem y vemos Pietro entregado a una febril actividad artística. Trabaja sobre grandes láminas de acetato transparente. Escuchamos su soliloquio sobre la creación artística y la necesidad de hallar una técnica original propia de un arte nuevo, basado en reglas desconocidas, original, que no se parezca a nada anterior. Se marcha de casa, rumbo a un taller artístico donde continúa su trabajo. En las ventanas ha pintado un eslogan: “los Estados tocan fondo, las Iglesias tocan fondo, ¡viva el quitpaint!”. En su interior se enfrenta muy solemnemente a un lienzo azul y practica el piss painting sobre él.


En el pueblo con Emilia. Ha tomado tantas infusiones de ortigas que su pelo empieza a mostrar una cierta tonalidad verdosa. Una protoanciana la observa y dice: “Mírala, tiene la cara irritada a fuerza de comer ortigas. Dios mío, qué escándalo”.


De vuelta al taller artístico de Pietro. Experimenta con técnicas insólitas, como coger frascos de pintura a ciegas, al azar y aplicarlos sobre el lienzo sin intervenir con pinceles.


Estamos ahora con una deprimida Lucía. Se viste y se sube al coche, rumbo a la ciudad. Allí establece contacto visual con un chapero y se entrega a él en una sórdida habitación. El joven le hace el amor como se lo hizo el Invitado en su momento.


Mientras su amante yace desnudo, dormido, Lucía abandona la habitación. Vuelve a montarse en el coche y estalla en un llanto desgarrador mientras conduce por Milán. El Requiem de Mozart vuelve a sonar. Sigue conduciendo y se detiene para recoger… ¡a dos chaperos más! Conduce con ellos rumbo a un lugar apartado donde le harán el amor… otra vez.

Tras apearlos de su mini, Lucía acude a una iglesia, suponemos, presa de un ataque de culpabilidad.
En el pueblo otra vez. Sus habitantes se reúnen en la plaza, algo grande está ocurriendo, se hacen doblar las campanas: Emilia está levitando sobre un tejado con los brazos en cruz.

Nos vamos con Paolo, el padre. Conduce por su fábrica, muy serio y trastornado: “¿Qué ocurriría si decidiese desprenderme de todo, y entregar mi fábrica a sus obreros?”. Acto seguido lo vemos caminar por la estación de tren. Se detiene tras divisar a un hermoso ragazzo di vita sentado en un andén, intercambian miradas. Este encuentro enfrenta a Paolo con su nueva identidad y allí mismo se desprende de todas sus ropas hasta quedar desnudo ante todos. Sus pies desnudos avanzan por la estación, por la playa, por las dunas polvorientas.


Volvemos con Emilia. Ha dejado de levitar y la vemos con expresión beatífica sentada en su banco de siempre. Otra protoanciana acude a su encuentro. Emilia dice: “Andiamo”, y atraviesan carreteras hasta llegar a un descampado en obras. Emilia toma una pala y se la entrega a su acompañante. Se tumba a los pies de una pala excavadora y procede a enterrarse allí mismo. Le dice a la anciana: “No tengas miedo, no he venido aquí a morir, sino a llorar. Mis lágrimas no son lágrimas de dolor, ¡no!, ellas formarán una fuente que no será una fuente de dolor. Váyase ahora. ¡Adiós!”


He aquí la fuente.


Paolo camina desnudo por dunas polvorientas. Corre, tropieza, cae en el suelo, se arrastra por la naturaleza. Exhausto, de su garganta emerge un grito desgarrador: ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhhhhhhrrrrrrrrrrrrrrrrrrgggggggggggggggggg!!!!!!!


FINE

5 comentarios to “Déjese hacer el amor por nuestro querido invitado, Terence Stamp”

  1. elhombreconfuso Says:

    ¡Qué ganas me han entrado de hacer el amor con Terence Stamp y de tomarme una infusión de ortigas!

  2. Esto es saldar una cuenta pendiente y lo demás tonterías! Ahora no sé si verla, claro, me la has espoileao pero bien…

  3. a mi me hipnotiza Silvana Mangano. puedo mirar sus capturas toda una tarde sin aburrirme.

  4. SIempre me resulta curioso que cuando se habla de Passolini, lo primero que mencione todo el mundo sea su Saló o los 120 días de Sodoma. Teorema es un relato mucho más lleno de simbolismos y mucho más afilado; una película que a mí, personalmente, siempre me cuesta ver.

  5. R.C. Says:

    El símbolo es el protagonista del cine de Pasolini,pero el formato fotográfico pesa mucho.
    A mi me ha atrapado desde Acatone hasta Saló.

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