La Monja Homicida

En Killer Nun (Suor Omicidi), una producción italiana de 1979  Anita Ekberg interpreta a Sor Gertrude, una monja bastante trastornada que lucha contra los delirios de su mente para mantener su fé en Dios. Junto a ella la sensual Paola Morra y el icono pop Joe Dallesandro. La película fue un éxito en muchos países europeos pero en Italia fue retirada de los cines a las dos semanas de su estreno. A la Iglesia no le gustó ni su contenido ni el escandaloso reclamo que rezaba en el poster: “De los archivos secretos del Vaticano“. Sin más dilación os contamos enterita La monja Homicida, una “nunsploitation” facturada en el país más católico del mundo.

Las monjas se entregan a los oficios religiosos mientras de fondo oimos sus voces entonando salmos. Durante la escena de los créditos la acción se detiene en los confesionarios, donde una monja se confiesa.

No puedo perdonarle padre. No puedo. Dice la monja con una voz que da bastante miedo. El padre confesor le dice que es su deber como religiosa perdonar, que ese hombre lleva muerto años y que debe incluso rezar por su alma. Ojalá esté en el infierno, dice ella. Sólo de pensar en lo que me hizo, hace que quiera vengarme en todos los hombres. Todo esto escandaliza al cura, que le advierte a la monja que ha perdido su estado de gracia. No puedo absolverte, dice.

Una alegre Anita Ekberg cruza el plano mientras va gritando que ya es hora de levantarse. Unas voces le contestan: Buenos días, hermana Gertrude. Ella entra en una habitación y descubrimos que estamos en un geriátrico. Los pacientes dicen cosas de viejos verdes y bromean con la hermana. Ella hace como que no le gusta pero por lo que se ve hay muy buen rollo.

Gertrude acude a la consulta de cirugía donde el médico trata a un paciente con una enorme pústula.

Traigame el escapelo, hermana Gertrude. Dice el doctor. Ella acude diligente a por el instrumento, pero entonces algo ocurre.

Mosqueado por su tardanza, el doctor protesta.

– ¿Qué pasa contigo esta mañana?.

– Usted sabe bien lo que ocurre, doctor.

– No puede estar sufriendo a causa del post-operatorio.

– ¡Es cáncer!, doctor, ¡Es cáncer!

Gertrude dice que avisará a la hermana Mathieu para que la sustituya.

En ese momento la hermana Mathieu (Paola Morra) atiende a Peter, un paciente que no se corta en decirle que está demasiado buena para ser monja. Ojalá pudiera verla en bikini, dice.

Una vez liberada de la desagradable consulta de cirugía Gertrude se dispone a cambiar las bolsas de goteo de los pacientes. Pero entonces, de nuevo, se bloquea.

Desposeído de la bolsa, el paciente agoniza y Gertrude lo observa ensimismada. De nuevo el doctor interviene y recrimina duramente a la monja.

En el pasillo, el doctor lamenta el comportamiento de Sor Gertrude, que durante 10 años ha sido ejemplar.

– ¿Por qué se comporta así?

– No estoy bien doctor.

Según el doctor, los últimos chequeos que le han hecho demuestran que todo está bien. Aunque no lo han dicho claramente deducimos que a la monja le extirparon un tumor recientemente.

– Sufro terribles jaquecas, cambios de humor repentinos y pierdo el control de lo que estoy haciendo. Veo borroso. ¡Necesito más morfina!

El doctor prácticamente la acusa de ser una drogadicta y afirma que todos sus síntomas no son más que bobadas. Se niega a darle morfina y también rechaza su petición de ser ingresada y puesta en observación.

– Hablaré con la madre superiora, pues.

– Haga lo que le parezca mejor.

Gertrude llama por teléfono a la madre superiora (Alida Valli) y no tiene más exito que con el doctor. La conversación se puede resumir en pocas frases: “Los informes médicos dicen que está usted bien. Y en cuanto a su sufrimiento, hermana Gertrude, debe saber que la vocación de una monja es sufrir”.

– ¡Perra!

En el siguiente plano, un misterio.

La hermana Mathieu roba un documento en una sala oscura.

Al día siguiente la hermana Gertrude lee la Biblia mieentras los internos comen. Cada uno lo hace según sus idiosincrasias. Unos sorben la sopa ruidosamanente,  otras mastican con la boca abierta…

…pero lo que más le repugna es una señora mayor que tiene la dentadura metida en un vaso de agua.

Tanto asco le da que hace esto:

La señora se echa a llorar.

Los demás se quedan alucinando. Consciente de que ha sido un poco bruta, Gertrude intenta consolar a la anciana pero es tarde y se lía una buena en el comedor.

Algunos llaman a gritos a la hermana Mathieu.

Lo que no saben es que la hermana Mathieu sigue con sus misterios y en ese momento está quemando una radiografía en el baño mientras Peter y otra enfermera la espían.

Por la noche descubrimos que las hermanas Gertrude y Mathieu duermen en la misma habitación separadas tan sólo por una vaporosa cortina de hilo. Aunque lo más sorprendente es descubrir que hay monjas que duermen desnudas.

Entre lágrimas, Gertrude se sincera con Mathieu y le dice que está muy sola. “En este hospital todos me odian, hasta los pacientes. Quizá incluso tú”. Conmovida, Mathieu abandona el lecho.

Las dos amigas se sinceran.

Para darle ánimos la hermana Mathieu le dice que ha quemado las radiografías en las que el doctor basaba sus opiniones y le asegura que sin ellas tendrán que hacerle nuevas pruebas.

– Tomarán en serio tus problemas de salud.

– ¿Te has vuelto loca?

– No. Te amo, hermana Gertrude. Siempre te he amado.

El timbre del teléfono interrumpe las confidencias. Mathieu atiende la llamada.

– Es el Dr. Poirret. Quiere que vayas inmediatamente. La señora Josephine está en coma. 

Así pues, la anciana de la dentadura está muy mal. Ver a la monja pisotear su ortodoncia ha sido demasiado para su corazón.

El doctor le pide a Gertrude que prepare el equipo de reanimación  rápidamente pero esta en lugar de hacer nada se queda fuera y se pone a contar muy despacio: 1, 2, 3, 4 …

Cuando llega a doce vuelve a entrar. La anciana está muerta.

El doctor critica a Gertrude por su ineficiencia y muy disgustado, sale de la habitación. La hermana aprovecha la coyuntura para registrar las cosas que la muerta guardaba en el cajón. Entre unas galletas saladas Tuc y otras porquerías de vieja encuentra un anillo.

Atormentada por su comportamiento Gertrude habla con Dios.

Le dice que la perdone, que no es ella la que comete todas esas maldades. Es por culpa de sus problemas de salud. Si tuviera morfina, nada de esto pasaría. La hermana Mathieu aparece de pronto y le dice que se olvide de la morfina, que el doctor no le recetará más.

– Entonces la compraré fuera.

– ¿Cómo? No tienes dinero.

Entonces Gertrude le muestra el anillo.

– Es un anillo de mi madre. Lo guardaba para tí, Mathieu, pero ahora ya no podré dartelo.

Viaje a la ciudad para comprar morfina. Suena una música alegre.

A la hermana Gertrude el cambio de aires le sienta muy bien y después de vender el anillo se va a un bar a tomarse un copazo.

El camarero la trata de Madame y le pregunta qué desea. El diálogo no tiene desperdicio.

– Oh, es tan agradable ser tratada como una señorita. Creo que empezaré con un… hombre.

– ¿Disculpe?

– Uh! Un coñac.

Liberada de los hábitos y de las represiones del hospital, se permite un cigarrito.

Y claro, lo siguiente es pensar en los hombres. Pasa revista a los que están en el bar.

Un señor con barba le hace gracia, pero lo descarta porque va acompañado. Se fija en un hombre solitario que hay en la barra.

Empiezan las miraditas y ella responde subiendose un poco la falda.

Vuelve la música alegre. Salen a la calle y aquí hay un plano en el que un extra mira a cámara descaradamente hasta casi detenerse, no una sino dos veces. Es el señor de la izquierda con la chaqueta negra.

El coqueteo continúa en la calle. Juegan un poco al gato y al ratón pero no tardan en refugiarse en un portal.

La música alegre alcanza sus notas más altas y para nuestra sorpresa el coito se consuma sin que haya crimen.

Otra vez en el convento/hospital Gertrude acaricia un sujetador negro que se ha comprado en la ciudad.

Después de dejarle un regalito bajo la almohada a la hermana Mathieu descubrimos que ha aprovechado bien el tiempo y se ha hecho con un buen alijo de morfina. Lo esconde en el cajón de la cómoda, bajo la Biblia, claro. ¿Dónde si no?

Pero los desmanes de Gertrude son ya la comidilla del hospital y el propietario del hospital se atreve a censurar su comportamiento de las últimas semanas. Ella se crece ante la adversidad y dice que sólo admite críticas de la madre superiora y que si alguien es un desastre es el doctor Poirret. Está mayor y anticuado. Tiene que echarlo.

En la habitación Gertrude se arrepiente en voz alta de sus duras palabras sobre el doctor y agitada por el remordimiento se abalanza sobre la cómoda.

– Dame la absolución, Señor.

Una música de sitar nos anuncia que la hermana Gertrude ya está colocada. Cae al suelo y empiezan las visiones.

En su delirio parece evocar la intervención quirúrgica a la que fue sometida. (Aquí aviso que evito los frames más gore). Que si una incisión. Una vieja con sombrero demasiado maquillada. Gertrude y un muerto en bolas sobre una camilla. No entendemos nada.

Un paciente descubre a la monja en el suelo y la traslada a la cama.

¿Y qué consigue el buen hombre? Que le golpeen en la cabeza y que lo tiren por la ventana.

La primera en asomarse a la ventana es la hermana Mathieu mientras que bajo la primera en socorrer al muerto es Gertrude. ¿Qué pasa aquí? Entre el trip de la monja y la narrativa algo confusa no podemos afirmar nada.

En las ventanas, caras de susto.

Todos piensan que ha sido un suicidio. No te preocupes, nunca sabrán la verdad. Le dice la hermana Mathieu a Gertrude. 

– ¿De qué hablas? Fue un suicidio.

– Esto estaba en la lavandería. Menos mal que no lo vio nadie. Es un velo y lleva tus iniciales. Lo quemaré.

Gertrude se lleva las manos a la cabeza y grita: “Dios mío, ¿pero qué he hecho?

Al día siguiente el doctor Poirret aborda a Gertrude en el pasillo. Le dice que le han despedido y que la echará de menos. Es usted la mejor colaboradora que he tenido.

Por su expresión está claro que se siente culpable. Se asoma a una ventana para tomar aire. Melancólica, observa como los internos aprovechan el buen tiempo. Bailan y hacen el tonto.

De pronto se forma un gran revuelo. Algunos internos rodean a un hombre.

Es Joe Dallesandro, el nuevo doctor. La hermana Getrude dispersa al grupo y disculpa su comportamiento. Son como niños malcriados. Dice. Y haciendo gala de su autoridad le pide a la hermana Mathieu se los lleve y que organice un juego para entretenerlos.

La hermana Mathieu le comunica que han decidido jugar al juego de la verdad y que la primera pregunta es para ella. Peter le hará la pregunta.

¿Por qué mató a Jeanot? (el hombre que supuestamente se tiró por la ventana).

La hermana Gertrude no encaja bien la pregunta y pone fin al juego. Al dispersarse, el grupo la mira como si fuera una asesina.

Al cabo de un rato estalla una tormenta y la hermana, que se ha demorado en el jardín, presencia una escena lujuriosa.

La silla de ruedas no impide a un anciano practicar sexo con una mujer que trabaja en el hospital. Gertrude se santigua. El audio nos recuerda la confesión del principio cuando una monja decía eso de: “Le veo a él en cada hombre. No puedo controlarme.” Vemos una mano con guantes rosa y unos algodones…

La misma mano que a continuación le llena la boca de algodones al anciano.

Esa noche Gertrude despierta atormentada. Mathieu acude a su cama para consolarla.

Pero Gertrude no está de humor para insinuaciones lésbicas y se refiere a la hermana Mathieu como “prostituta de la peor calaña“.

También la acusa de ser una lesbiana de pacotilla: He visto cómo te comportas con el nuevo doctor. ¡Perra!

Después le pide que mire debajo de su almohada. Allí encuentra el regalo que le trajo de la ciudad. Son unas medias de seda. Obediente, Mathieu se las pone.

– Sólo puedo hacer el amor con una mujer si lleva unas medias de seda. Asegura Gertrude.

No sabemos con certeza si las monjas han tenido sexo o no porque la escena termina y ya de día vemos a Joe Dallesandro en su despacho. Mathieu entra y tienen una conversación sobre la hermana Gertrude.

La hermana Gertrude fue operada de un tumor cerebral hace poco. Por fin alguien verbaliza lo que todos sospechábamos. De forma casual, la hermana Mathieu se asoma a la ventana y avisa al doctor.

Sí, es el cadáver del anciano paralítico.

A partir de aquí todo empeora para la hermana Getrude. El doctor Joe le recrimina la dureza con la que trata a los pacientes y estos le muestran su odio negándose a comer en su presencia. Esa noche Gertrude es insultada por los pacientes y finalmente es atacada por alguien en el pasillo. No sabemos quien porque solo vemos un bastón que la golpea.

Joe tiene una charla con el propietario del centro y le dice que ha notado cosas muy extrañas  en el hospital.

Mientras tanto, se está cometiendo otro crimen, esta vez más truculento que los anteriores. La víctima, una interna que sugirió haber visto al agresor de Gertrude.

Para tranquilizar al doctor el propietario decide llamar por teléfono a la hermana Gertrude. Ella tarda un poco en contestar, y en las manos…

… los guantes rosa!

De pronto Gertrude descubre que hay alguien colgando en el hueco que usan para tirar la ropa sucia.

Ya en sus aposentos, y en pleno shock la hermana Gertrude grita que no es una asesina mientras la hermana Mathieu intenta tranquilizarla. El doctor Joe prepara una inyección.

Claro que luego no sabe muy bien donde ponersela porque la hermana Gertrude tiene los brazos hechos una colador de tanta morfina que se ha metido. Creo que podemos ahorrarnos el plano, no es precisamente agradable.

Al despertar del colocón la hermana Gertrude mira con desconfianza a Mathieu y aprovecha que esta duerme para salir de la habitación. Después le hace una visita a Peter.

Gertrude quiere saber porqué Peter le hizo aquella desagradable pregunta en el juego de la verdad. Por eso lo seda y se lo lleva a un cuarto para interrogarlo.

– ¿Quien te pidió que me hicieras esa pregunta? ¡Dimelo, Peter! ¿Quién puede odiarme tanto?

Como él se niega a contestar ella le roba las muletas. Él protesta de forma exagerada, casi como si le hubiera hubiera cortado las piernas.

Ella, serena, deja las muletas al final de una escalera y dice que volverá al cabo de un rato. Él, aterrorizado, intenta recuperarlas trepando com puede hasta ellas.

Mientras tanto la hermana Mathieu busca por todo el hospital a Gertrude, como si temiera que alguna fatalidad está a punto de suceder. Después de interrogar a algunas enfermeras le hace una visita al doctor Joe.

Gertrude lo ve todo. ¿Acaso Mathieu y el doctor conspiran contra ella?

Pero no es lo que parece. Mathieu le explica que está preocupada por la ausencia de Gertrude. Él la tranquiliza y le dice que se vaya dormir. Mientras tanto Peter sigue trepando por la escalera hacia las muletas y la hermana Gertrude descubre que alguien le ha robado la morfina.

Por suerte en el suelo encuentra una dosis. Se la inyecta, claro.

Por fin Peter ha llegado hasta sus muletas pero entonces una monja de la que solo vemos parte del hábito le quita las muletas. En el siguiente plano, la hermana Gertrude post-colocón:

– Si, Peter ha muerto. La hermana Mathieu habla por teléfono con la madre superiora.

Mathieu dice que la policía sospecha que la hermana Gertrude es la autora de todos los crímenes. La madre superiora ni se escandaliza ni nada. Dice que un coche irá a buscarla.

Mathieu acompaña a Gertrude al coche. Antes de subir pregunta: ¿Por qué, Mathieu?

Entonces descubrimos que la superiora no vive en el hospital y que por eso siempre hablan con ella por teléfono.

– ¡Has traido la desgracia a la Orden y Dios te castigará por ello!

Pero no todo es tan terrible. Gertrude no irá a la cárcel. La madre superiora ha convencido a la policía de que los crímenes son en realidad desgraciados accidentes y no habrá investigación.

– Sé que estoy mal de la cabeza, Madre. Pero no soy una asesina.

¿Y vosotros qué opináis? ¿Es una asesina? Ahora lo veremos…

A Gertrude se la llevan a una celda donde recibirá el tratamiento especial y por cómo lo dicen no debe ser nada bueno.

En el hospital el doctor Joe le echa la bronca a Mathieu por haber permitido que Gertrude se convirtiera en una drogadicta.

Ella reconoce haber robado morfina del hospital para dársela a Gertrude pero dice que lo hizo por amor. Él se muestra muy duro y asegura que lo denunciará todo a las autoridades. Ella se lo toma  muy mal. Coge un bisturí y hace como que se va a cortar las venas.

Desesperada, ella le habla de sus habilidades amatorias. – Puedo hacerle muy feliz, doctor.

Mientras tanto la hermana Gertrude está en la celda así de triste.

Nada que ver con lo que ocurre en la consulta del doctor Joe.

– Hora de su medicina, hermana.

En el retiro de su celda la hermana Gertrude por fin lo comprende todo. La hermana Mathieu es la asesina. Puede verla cometiendo todos los crímenes.

¡Debo matar! ¡Debo matar! Le grita Mathieu a un confesionario vacío.

Visita la página de Todo Spoilers.

3 comentarios to “La Monja Homicida”

  1. muy inquietante….por cierto, me ha encantado lo de la publicidad del Tuk.
    Sara M. esercito

  2. BAngBAng Says:

    a mí me ha sorprendido también el momento Tuc. Siempre quise ver la monja asesina, qué mejor manera que a través de un todo spoilers.

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