Kiss my Icepick!

Por Nacho Palomitas.

Cuando el famoso Dr. Insermini me pidió una reseña sobre “Instinto Básico” he de reconocer que mi primera reacción fue de sorpresa porque este título ni entra dentro de mi colección particular de películas que revisitar durante las largas y duras noches de invierno, ni me parece que su director Paul Verhoeven merezca el calificativo de “auteur” (esto se tiene que decir con una voz muy engolada) sino la de un simple y maquiavélico artesano de la cultura mainstream capaz de enseñarnos como ver y hacer cine en la era de las mega corporaciones, en la era de la poética fría de las fusiones mediáticas y de los blockbusters (los taquillazos). Sin embargo a nivel personal había algo muy interesante en la propuesta de este blog decano: recordaba exacta y milimétricamente cual era mi posición de espectador cuando la película se estrenó. Por eso y a pesar de que creo que resultaría muy interesante aplicar ciertas herramientas metodológicas del terreno en el que actualmente me muevo, esto es, el feminismo y lectura de género he decidido hacer algo más difícil y doloroso que ponerme en plan feminista marisabidilla: he decidido recuperar esa sombra encorvada en el cine que era yo con 16 años.

Aunque soy de las personas que afirman que nunca te bañas dos veces en el mismo río, ni nunca te duchas dos veces en el mismo cuerpo, he de reconocer que a mis 16 años, 1992, año de estreno de “Instinto Básico” yo era una pequeña marica, una pequeña marica en un pequeño pueblo. Aquel año el país empezaba la resaca de su año más internacional, descubríamos que una vez disipados los sueños europeos nos sentíamos igual de paletos que siempre y nadie que yo conociera había oído hablar de internet o de lo queer. El punto de internet es esencial (el otro también) porque en esa larga y solitaria travesía hacia la adolescencia empecé a sentir un hambre voraz por imágenes, por imágenes que me reflejaran o que dieran forma a mis sueños que se mostraban confusos y oscuros. Sé que puede parecer una idea idiota y naif, pero hemos de recordar que tenía 16 años, vivía en un pequeño pueblo, no había internet y las únicas formas culturales que llegaban a los hogares del extrarradio cultural eran las grandes producciones cinematográficas, la televisión que descubría la carnaza y la privatización y las radios generalistas. En ese camino, como si jugara a ser un importante químico con Quimicefa convertí mi habitación en la primera oficina de “Queer & cultural studies” de mi pueblo o por lo menos la primera que yo tuviera constancia, y lo hice con la ayuda de un video VHS, una libreta, y los necesarios pegamentos y tijeras. Empecé a recopilar todas las imágenes que sobre gays, lesbianas, bisexuales y transexuales pude encontrar en la cultura mayoritaria, que para mí era la única accesible. El recuento tras rellenar unas cuantas libretas y cintas de video era ciertamente triste: un episodio de “Farmacia de Guardia” donde Carlos Larrañaga renunciaba momentáneamente a su homofobia con un amigo de la familia, Pablo, interpretado por David Zarzo, uno de los primeros gays adolescentes de la tele española, los necesarios espaciales sobre el SIDA (recuerdo una cinta dedicada exclusivamente a ese tema) y las escabrosas noticias que aportaban los distintos diarios.

Para mí “Instinto Básico” forma parte de ese clima moral de principios de los 90 y se sitúa en su sexofobia entre tres películas con las que me gustaría relacionar: Primero, “Atracción fatal” (Adrian Lyne, 1987) predecesora y verdadera representante junto con la que nos ocupa de lo que Susan Faludi llama el “backlash”, el retroceso mediático en los discursos relacionados con el feminismo y que en el caso de “Atracción fatal” haría referencia a la figura de la mujer independiente económica y laboralmente como cruel devoradora de hombres y que en el caso de “Instinto Básico” se transforma en la mujer fálica, que quiere ser objeto de atención sexual y que roba el pene/picador para acuchillar al hombre. Segundo con “Compañeros inseparables” (Norman René, 1989) un terrible drama sobre el impacto del SIDA en la década de los 80 que nos enseñó a los adolescentes queer de todo el mundo como de terrible sería nuestra muerte llenos de manchas, esqueléticos y solos tras una hecatombe de amigos para acabar el relato con una apoteosis/celebración zombie con todos los personajes muertos a lo largo del filme reencontrándose en una playa un día soleado (necesitaban un espacio abierto porque se mueren muchos a lo largo de la cinta… es evidente que tengo un problema con esa película). Y tercero con “El silencio de los corderos” (Jonathan Demme, 1991) que si recuerdan bien va sobre la caza de un asesino que mata a sus víctima para confeccionarse un “vestido de mujer” hecho de carne algo que descubrimos en una mítica escena donde este baila y se esconde los genitales masculinos poniendo en escena todos los terrores asociados al transgénero y a las sexualidades alternativas: estar soltero, vivir en una cabaña y matar personas.

El clima moral de principios de la década se movía básicamente entre esos relatos y estos parámetros: el ambiente reaccionario que Margaret Thatcher / Ronald Reagan habían ido sembrando a lo largo de la década estaba en su máxima vitalidad mientras que la pandemia del SIDA había acabado por asentar esas actitudes retrógradas, a la vez que la comunidad gay luchaba de una manera más justificadamente agresiva contra ellas a través de acciones como la de los grupos ACT-UP, cabecilla internacional del movimiento con su lema “Silence=death”. A mi pueblo las acciones de ACT-UP, la verdad, no llegaban… pero recuerdo claramente un recorte que tenía en una de mis libretas en las que se hablaba del estreno de “Instinto Básico” y de cómo un grupo de lesbianas y activistas gays había boicoteado el acto con piquetes.

Recuerdo sus caras enfurecidas y sus carteles en inglés y como contrastaban con el glamour relacionado con un estreno, la alfombra roja, los flashes… y pienso ahora en esas imágenes y en mí mismo que los animaba en la distancia de manera entrañable: boicotear un estreno de una peli de Paul Verhoeven puede parecer ahora algo exagerado y fuera de lugar, pero los tiempos eran difíciles y la gente no estaba para revisiones del género negro y para recuperaciones de la figura de la femme fatale por muy posmoderno que fuera el cine de los 90. Además parece clara la vinculación que establece la película entre bisexualidad y ganas de matar hombres/cualquier persona, es decir, los lazos que narrativamente se crean entre enajenación mental y cualquier forma sexual no heterosexual. Y al establecer estas asociaciones Paul Verhoeven no sólo ponía de manifiesto la ansiedad que producen las distintas opciones sexuales no heterosexuales sino también la ansiedad que produce la presencia mediática de esas opciones. Es evidente que a principios de los 90 las otras sexualidades estaban empezando su conquista mediática (bien es cierto que mayoritariamente a raíz del SIDA) y era evidente que esa presencia producía ansiedad hasta el punto que el propio Carlos Larrañaga tuvo que lidiar con ella mientras que viviendo en el mismo eje espacio-temporal que “Farmacia de Guardia”, mi pueblo, recibía a través de todos esos recortes inconexos un eco muy de los 90: “We’re here. We’re queer. Get used to it.” (Estamos aquí. Somos maricones. Acostúmbrense).

Me gustaría acabar este análisis de mi adolescencia cinéfila con una lema de esa campaña tan moda en los EEUU destinada a los adolescentes gays “It´s get better”, es decir, “La cosa mejora”, pero creo que en parte sería mentirles. La cosa no mejora porque el cine generalista no es lugar de las otras sexualidades. En el cine generalista maricones, bolleras, travelos, queer y otras subespecies seguimos siendo o monstruos o payasos, lo otro que debe representarse para asentar la normalidad, como el personaje del amigo gay en las comedias románticas cuya función es la de subrayar el matrimonio como institución única y exclusivamente heterosexual… Sin embargo, también es cierto que en estas décadas la cosa ha mejorado: el cine queer ha dado la vuelta y se ha apropiado de ese halo de monstruosidad en su beneficio (por citar un ejemplo al azar: “Hedwig and the Angry Inch”, musical de 1998 convertido en peli en 2001 por John Cameron Mitchell). Pero quizás lo más significativo es que hemos mejorado nuestras capacidades lectoras. Somos mejores lectoras al habernos convertido en productoras gracias a internet: aunque el cine mainstream continúe siendo el gran articulador de relatos no necesitamos el cine mayoritario, sabemos buscar mejor y más efectivamente, sabemos crear nuestros relatos y nuestros reflejos, por ejemplo, a través de vlogs (video blogs) que de manera un poco idiota y quizás egocéntrica dan rostro a gente maltratada en esos relatos. En definitiva ya no necesitamos el acero, el cine negro o permitir las fobias generalistas para vernos reflejadas. Tan sólo nos hace falta un ordenador, una cámara, una habitación propia y como decía Virginia Woolf una asignación de 500 guineas para convertirnos en dueñas de nuestros relatos.

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En estos tiempos convulsos que vivimos, Palomitas en los ojos es un blog que conviene visitar. Desde su atalaya virtual Nacho observa cómo se hunde el mundo Occidental y nos lo cuenta de tal forma -combinando agudeza y sentido del humor- que muchas veces al leer un post suyo no sabemos si reirnos a carcajadas o cagarnos de miedo. Para Dr. Insermini es todo un lujo tenerle en este Especial Instinto Básico.

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5 comentarios to “Kiss my Icepick!”

  1. Reverend Says:

    Nacho-lomitas es un pozo de sabiduría y cultura en este desierto cañí que tenemos. Ojalá lo tengamos muchos años, sus palabras acaban siendo tuyas por su implicación con el lector. Pocos asi.

  2. BAngBAng Says:

    Qué grande palomitas. Su punto de vista se agradece siempre, aunque uno discrepe totalmente. Como marica, me resulta imposible anteponer el compromiso queer a mi amor por el cine, qué le vamos a hacer. A menudo las lecturas de género acaban hablando de todo un poco… excepto de la peli en sí o de lo que puede significar para ellas o para ellos, las espectadoras/es. Y sí, también el patriarcado tiene la culpa de esto.

    Cualquiera que haya visto la etapa holandesa y la americana de Paul comprenderá que su preocupación por el alma humana, por sus mezquindades, cobardías y mecanismos de supervivencia basta para colgarle esa engolada etiqueta de “auter”, nomenclatura que no me interesa especialmente. Abordar las miserias humanas sin inhibiciones se lleva mal con lo políticamente correcto.

    A veces me siento como un apóstol de la causa de Paul. Hace diecisiete años escribí una carta a spectra a la cartelera Turia en protesta del “cero mondo y lirondo” que le habían cascado a “Showgirls”. Ser fan de Paul tiene la cosa añadida de lidiar con la incomprensión. Por eso me gusta tanto esta semana especial dedicada a “Instinto básico” y el sincero y disonante post de palomitas.

    Un beso grande, y que continúen los fastos!

    • Ey chicas/chicos, gracias a los dos!!!!…. especialmente a BangBang… ante el que me gustaría explicarme. Reconocía al principio del articulito que no era un fan ni del director ni especialmente de la película quizás por pura ignorancia, aunque lo de “auteur” lo dijera en tono unicamente irónico. Además decía que lo que de verdad me atraía de la propuesta era hacer una crónica sentimental del momento del estreno, una crónica personal que no haría en mi blog por pudor y que venía a cuento porque de analisis textuales los hay a porrón y con herramientas muy afiladas, y porque estando tan ajustado de tiempo como estaba tiré por lo facil (lo reconozco!!!!) por eso, comprendo lo que disonante. Comprendo además que el diálogo con los fans puede ser tan enriquecedor como complicado (lo de la carta a Spectra me ha llenado de estupefacción, siendo como es Showgirls un misil lanzado contra la normativa de clasificación de edades de los USA). En fin, que estando basicamente en un fraternal desacuerdo, mi “pero” viene con el primer párrafo: ¿somos antes maricas que espectadoras?, ¿hablar de que ciertas cosas no te hacen gracia es ser políticamente correcto?, ¿se puede tener una adolescencia politicamente correcta en un sitio políticamente incorrecto?, ¿un artículo escrito de prisa y corriendo invalida toda la lectura de género? y sobre todo, ¿por que no empezamos unas crónicas queer pop adolescentes?… muchas gracias por sus palabras, no era para tanto. Besos muchos besos.

  3. BAngBAng Says:

    Jugosa batería de preguntas, a buen seguro volveremos sobre ellas. Y adelante con las crónicas queer pop, suena de miedo! ¡Beso!

  4. yo encantado de que las viejas polémicas que suscitó la peli tengan también su reflejo en este Especial. Eso sí, de buen rollo y sin que la sangre llegue al río 🙂

    Sobre todo esto me hubiera gustado invitar también a Camille Paglia, lesbiana, feminista y fan de la película. Algún día me pondré los auriculares, afinaré el oído y escucharé su audiocomentario del DVD, a ver si lo pillo…

    Nacho, por si no lo he dicho ya, se agradece enormemente tu sinceridad y el esfuerzo que has hecho al invocar esa edad tan delicada para todos que es la adolescencia. Al fin y al cabo una de las cosas que más me interesaba de todo este despliegue era conocer cómo había impactado la película en la vida de los bloggers invitados.

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