Un día en la vida de Catherine Tramell

por El Hombre Confuso.

No termino de estar convencido, pero parece que, aún así, todo está preparado. Me dispongo a vivir una experiencia extrasensorial que llevo años deseando, diría que unos veinte pero sería empezar esta aventura mintiendo y creo que no me conviene. Cierro los ojos, aprieto los puños y contengo la respiración, mientras la suave voz del vidente empieza la cuenta atrás. Three, two, one, you’re under… Una oscuridad absoluta me rodea, mi cuerpo se precipita al vacío y, al fondo del túnel, una joven rubia fuma tranquilamente en la terraza de su casa, mientras responde las preguntas de un par de policías sobre la muerte de su ex novio, apuñalado la noche anterior con un afiladísimo pica-hielo…

Unos insistentes golpes en la puerta me devuelven a la realidad. A través del cristal veo al detective Curran buscándome. Una fuerte atracción me empuja a recibirle, un instinto incontrolable parece que guía mis movimientos, sin necesidad casi ni de pensar, pero necesito un par de minutos para acostumbrarme. Siento el ligero tacto del vestido rozando con los pezones, me recojo la perfecta melena rubia y recorro la suavidad de las piernas hasta comprobar que, evidentemente, no llevo ropa interior. Me siento poderosa y segura, capaz de enfrentarme a esta nueva realidad.

Es curioso, pero soy capaz de recordar todo lo que ha pasado en mi vida, bueno, en la de Catherine. La muerte de los padres, los años de Universidad con aquella extraña chica que me perseguía, las investigaciones para el primer libro, el día que conocí Roxy o, mejor, el día en que ella me conoció, la generosa polla de Johnny y hasta el interrogatorio en la comisaría. Pienso en la persecución de anoche, cuando fui a ver a Hazel, y en el detective Curran, ¿creerá que no me di cuenta de que me estaba espiando? ¿que me desnudé por pura comodidad? ¡Qué iluso!

Recojo unos recortes de periódico de la mesa y corro a abrir la puerta. Puedo notar el principio de erección del detective con sólo mirarle, pero algo me dice que no debo precipitarme, así que le invito a entrar. Pasamos, casualmente, por mi mesa de trabajo y dejo caer el montón de periódicos. Quiero que vea todos los recortes, quiero que sepa que su suerte corre paralela a mi novela, quiero que sepa que su destino está en manos de Catherine Woolf.

Despreocupadamente desvío su atención y con la excusa de una copa, llegamos al piso de arriba. Estoy harta de tanto prolegómeno, es hora de empezar el show. Preparo un par de vasos, cojo el bloque de hielo que había dejado preparado y saco el pica-hielo metálico, idéntico al que encontraron en la escena del crimen. Con precisión y rapidez, destrozo el hielo, mientras el placer se refleja en la cara del detective. Cree que yo maté a Johnny, pero ¿acaso sería tan estúpida de repetir la escena delante de un policía? ¿o, tal vez, lo estoy haciendo por ese mismo motivo? Todavía no termino de entender la mente de Catherine, aunque, cada vez, me encuentro más cómodo en su cuerpo.

Mientras preparo los Jack Daniels, una pregunta aparece en mi cabeza. “¿Qué se siente al matar a alguien?”. Los recuerdos de los accidentes colapsan la mente del detective Curran, que contraataca hablándome de aquel profesor de la Universidad y de la pobre Hazel, como si eso me afectara lo más mínimo. Me aproximo firmemente hasta situar mis labios a escasos centímetros de los suyos. Le hablo de los tiroteos, de la muerte de los turistas y de su adicción a la cocaína, cada una de mis palabras explota en la cabeza del detective. Me agarra fuertemente por el brazo, quiere hacerme callar, cree que así borrará todos los recuerdos de su vida, aunque, en realidad, en lo único que puede pensar es en arrancarme la ropa y en follar. La tensión culmina cuando le hablo del suicidio de su mujer. Me aparta de un golpe mientras su mundo se desmorona. Miro, fascinada, como se puede destruir la entereza de un hombre en tan sólo cuatro minutos. El detective es incapaz de reaccionar.

Tal como habíamos quedado, Roxy entra en la habitación, dispuesta, como siempre, a protegerme. Ha estado espiando detrás de un falso espejo. Me lanzo a sus brazos y, mientras el detective nos mira, le acaricio suavemente un pecho. Sabe que voy a ofrecerle a ella lo que él todavía no ha podido conseguir y huye entre una mezcla de orgullo y enfado. Sintiéndome absoluta ganadora, empiezo a besar a Roxy, completamente excitada, noto como mis pezones rozan los su…

Un chasquido de dedos me obliga a despertar. El vidente me mira fijamente, intentando no bajar la vista al tremendo bulto que se ha formado en mis pantalones. Ante mi cara de sorpresa y enfado, me explica, con voz monótona y grave, que en caso de haberme dejado unos minutos más en el trance, hubiera corrido el peligro de no regresar y vivir para siempre como Catherine Tramell. Desde luego, no es una mala idea…

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De El Hombre Confuso podría decir que si su blog desapareciera, la blogosfera perdería a uno de sus astros más bellos, pero prefiero decir simplemente que yo a Confuso lo quiero mucho.

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2 comentarios to “Un día en la vida de Catherine Tramell”

  1. te has marcado un “Being Catherine Tramell” como una casa 🙂

  2. BAngBAng Says:

    ¡Un extracto de “Pistolero”! Hot, hot, hot…

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