Mitchum y yo

Un 6 de agosto (de 1917) nació Robert Mitchum así que es el día perfecto para contaros que he leído su biografía, escrita por Lee Server. Es un tocho que se lee fácilmente y repasa de manera exhaustiva la carrera de Mitchum. En general las biografías son como espejos deformantes de la figura que retratan y hay que leerlos siempre con la mirada torcida. En el caso de Mitchum, que siempre se divirtió inventando historias y anécdotas que nunca le habían sucedido es especialmente necesario. Además se agarraba unas borracheras que le reseteaban el cerebro y luego tenía que rellenar las lagunas de alguna manera. La cuestión es cómo ha afectado el libro a la imagen que yo tenía de Bob. Durante su lectura he visualizado cosas como una lluvia dorada de Mitchum a Ava Gardner y eso es más de lo que esperaba. También me ha impactado la historia de una cena con Charles Laughton y Paul Gregory, director y productor de La Noche del Cazador. A Mitchum le sucedió lo que a muchos heterosexuales cuando se saben rodeados por hombres gays, pensó que Laughton y Gregory se morían por comerle la polla. Así que de pronto Mitchum se levanta de la silla, se saca la polla, la pone encima del plato que tiene delante y le echa unos chorros de ketchup. Entonces se dirige con una sonrisa a sus colegas y les dice: ¿Quien quiere hamburguesa? Esta historia la contaba Mitchum como cierta aunque es bastante seguro que era pura invención. Su sentido del humor muchas veces dejaba bastante que desear.

Mi parte favorita del libro es justamente la parte que menos habla de Mitchum y merece claramente un spin-off. Es cuando se relata la llegada a la RKO de Howard Hughes y cómo fue su desastrosa gestión. Hughes convirtió la RKO en su harén particular y consiguió hundir para siempre al estudio. Los criterios que seguía a la hora de decidir los proyectos estaban más relacionados con los pezones de sus estrellas que con los guiones que le llegaban. Mitchum le pasaba por alto todas la excentricidades porque le había apoyado más que nadie en Hollywood cuando lo metieron en la cárcel por fumar marihuana.

A menudo Mitchum iba fumado a los rodajes, se hacía unos pakalolos antes de rodar, iba al set, hacía sus tomas y volvía a la caravana para hacerse otro pakalolo. Nadie, ni siquiera el director notaba nada, decía sus frases sin mayor problema y jamás se le olvidaba una línea. Claro que luego la crítica le bautizó como Sleepy Eyes porque decían que Mitchum no hacía nada en la pantalla y sus ojos eran como rendijas.

El libro de Lee Server confirma la imagen de antiestrella de Robert Mitchum. Su comportamiento no tenía nada que ver con lo que se esperaba de una estrella de Hollywood y no se tomaba en serio prácticamente nada, era de esos actores que ni siquiera se molestaba en ver sus películas. Se burlaba de los que se tomaban muy en serio a sí mismos, tipo Kirk Douglas, y también de los nuevos métodos de interpretación como el de Stanislavski. Él siempre defendió que tenía su propio método, el método Smirnoff.

Después de leer su biografía, Mitchum me parece un personaje aún más misterioso que antes y eso me gusta. El libro no oculta su parte menos agradable y refleja sus contradicciones sin intentar explicarlas. Por ejemplo, es desconcertante pensar que Mitchum, que detestaba a los polis en todas sus formas -rechazó papeles como el Popeye de French Connection o el de Harry El Sucio–   se tirase horas hablando de lo necesaria que era la guerra de Vietnam. El mismo Mitchum que leía y admiraba a Simone de Beauvoir.

Si en algo ha cambiado la visión que tenía de él es que ahora le veo como un superhombre. Sin una genética especial no se podría llevar una vida tan excesiva como la suya y acudir puntualmente a los rodajes. Su biografía es algo así como un cruce entre Bukowski y el Hollywood clásico.

Por cierto ¿Alguien sabía de la loca historia de amor de Mitchum y Shirley McLaine?

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2 comentarios to “Mitchum y yo”

  1. Cuando era pequeño, en casa existía la ley cinematográfica no escrita instaurada por abuelo y padre que decía: “Si sale Robert Mitchum, seguro que es buena”.

    Que recuerde solo otro actor consiguió ser merecedor de esa frase, Richard Widmark. Y de refilón y en contadas ocasiones, Kirk Douglas.

    El personaje que se creo es fascinante.

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