The hottest combination that ever hit the Screen

En 1948 Howard Hughes cogió el timón de la RKO, una major wannabe que había cosechado algunos grandes éxitos pero no había conseguido ponerse del todo a la altura de las otras grandes. Con la llegada de H. H. empezó una nueva etapa para la productora que estuvo marcada por el caos, la paranoia y la extravagancia. Lo primero que hizo H. H. fue despedir a los judios y a los posibles simpatizantes comunistas que estaban en plantilla y llenar el estudio de micrófonos y de matones. En lo que se refiere a los criterios artísticos que iban a regir la nueva RKO estos se podían resumir fácilmente: nada de películas intelectuales, sólo interesan películas que orbiten alrededor del binomio “sexo y violencia”. Cuanto más tuviera de una cosa y de otra más puntos tenía un guión para interesar al nuevo amo. Películas que fueran entretenidas y, porqué no, que tuvieran también un efecto en la líbido del espectador.

Hughes tenía muchas obsesiones, muchas de ellas totalmente descontroladas que le hacían sufrir en su vida cotidiana. En el trabajo también mostraba una carácter obsesivo que le que convertía en un pésimo gestor. Unos años antes de su llegada a la RKO, había producido y dirigido la escandalosa The Outlaw (1943), un vehículo a mayor gloria de las tetas de Jane Russell, “su descubrimiento”. No transcurrió mucho tiempo hasta que todo el mundo en la RKO asumió que en última instancia el único criterio que contaba en la nueva etapa era muy simple: “tetas”. La fijación de H. H. por los pechos de las mujeres llegó a convertirse en el verdadero motor de la productora. El tema le interesaba y le inquietaba hasta tal punto que podía reflexionar largamente sobre la forma en que el pecho de una actriz se ajustaba a una prenda. Si por ejemplo consideraba que en determinada escena el pecho de Jane Russell tenía una forma poco natural una fiebre le poseía, H. H. se encerraba en su despacho y entonces redactaba de tirón un documento de docenas de páginas en las que explicaba que el pecho de Jane no estaba operado y que por tanto era necesario encontrar un nuevo tejido o una nueva prenda que no distorsionase su bella forma. En el documento había indicaciones claras sobre cómo debía ser la prenda en cuestión y en su razonamiento manejaba términos pertenecientes a la física y a la geografía cuando aludía a los pezones de Jane. Por supuesto, la escena que le disgustaba era desechada y volvía a filmarse siguiendo las nuevas indicaciones. Lo de gastar miles de dólares de las maltrechas arcas de la productora era lo de menos. Se trataba de que los pechos de Jane Russell luciesen bien en pantalla y no llevasen a engaño.

Poseído por esta fiebre un día H. H. tuvo una revelación: sería increíble juntar en una película los pectorales más poderosos y espectaculares del momento: los de Jane Russell y los de Robert Mitchum. Una pareja así tenía que excitar por necesidad a todo el país, de costa a costa y de norte a sur. Sería el tipo de película que todo el mundo querría ver. Los pechos de Jane Rusell rodeados por los masculinos brazos de Mitchum. Seguramente Hughes imaginó a las dos estrellas practicando sexo y la visión tuvo tal efecto que tuvo que masturbarse varias veces para espantar el ardor y poder concentrarse seriamente en el proyecto.

La película que nació de la visionaria idea se tituló His Kind of Woman (1951), un vehículo hecho a la medida de sus estrellas. Una historia de cine negro que requirió la colaboración de numerosos guionistas y al menos dos directores, John Farrow y Richard Fleischer. El argumento era sencillo: un gángster exiliado en Italia quiere regresar a los EEUU y para burlar al FBI se le ocurre entrar en el país desde Mexico con una nueva identidad: la de un jugador solitario (Mitchum) a quien nadie echará de menos en caso de desaparecer. Un cirujano plástico se encargará de ponerle su cara. Para cumplir el plan atraen a Mitchum a un recóndito refugio mexicano ofreciéndole 50.000 dólares. Allí, se supone, debe cumplir una misteriosa misión. En ese lugar coincide con una bella buscavidas, amante de un egocéntrico actor (Vincent Price) y entre ellos, claro, surge la pasión.

El rodaje de la película fue una auténtica locura, como todo lo que hacía H. H. Constantes cambios en el guión, de vestuario, escenas filmadas y vueltas a filmar por las más peregrinas razones, constantes cambios en el reparto y un calendario de rodaje que se alargaba sin que nadie viera el final de todo aquello. Esto mismo le sucedía a otros proyectos que estaban en marcha. En la RKO se amontonaban las películas inconclusas por razones similares y porque H. H. dedicaba toda su atención a su juguete erótico “His Kind of Woman“. Mientras tanto el presupuesto de la película no paraba de subir y el barco del RKO hacía aguas por todas partes.

Se puede decir que la historia del rodaje de la película es mejor que la misma película pero eso no significa que la película sea mala. Lo maravilloso de todo esto es que un rodaje tan caótico dio como resultado una película estupenda. La película es atípica, durante la primera hora no sabes de qué va y solo ves a un grupo de personajes pasar por escenas que no van a ninguna parte. Esto causa extrañeza en el espectador-se la ha llamado un anti-noir– pero lo gracioso es que la película entretiene. Será por Mitchum, Russell o Vincent Price pero la película funciona y pese a toda la locura que la rodeó terminó siendo bastante coherente. Los excesos se dejan notar en algunos aspectos, como el cambio de peso de Mitchum que varía según las escenas. A causa de lo prolongado del rodaje en unas partes aparece más delgado y en otras más gordo. También se le perdona a la película su exagerado metraje -dos horas para una historieta que cualquier artesano de la serie B se hubiera ventilado perfectamente en 80 minutos. El final también es atípico. En lugar de una conclusión rápida como solía suceder en este tipo de películas al final hay una larga escena llena de acción y violencia al estilo de las que se gasta el Hollywood de ahora en esos blockbusters que parece que no van a terminar nunca. Está claro que H. H. era un visionario y que disfrutaría con las películas de Michael Bay (eso sí, no entendería la obsesión de Bay por los negros musculados).

En cuanto a la química sexual de sus protagonistas tampoco andaba equivocado. Cierto que vista hoy la película no resulta tan “atrevida” pero es innegable que las espaldas de Mitchum y los pechos de Jane forman una pareja estupenda. Resulta fácil imaginarlos follando como leones y el contraste hipermasculinidad/hiperfeminidad es un espectáculo muy agradable de ver. H. H. quedó tan entusiasmado que volvió a explotar ese contraste en Una aventurera en Macao (1952).

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