Unas palabras a cuento de una nueva revisión de Los señores del acero (Flesh+Blood, 1985)

los señores del acero esp

Por Manolo BAngBAng

Me senté en el sofá y me dispuse a ver una versión en 720p de Los señores del acero (1985). Era la excusa perfecta. Había visto la peli hace algo más de veinticinco años, con motivo de su estreno en cines en España, y también la había revisado en alguna ocasión. Aviso para navegantes: soy un loco del cine de Paul Verhoeven, lo confieso. Su carrera, tanto en su etapa holandesa como norteamericana, me parece fascinante. También diré que es uno de esos directores cuya obra me encanta revisar.

Terminé de ver Los señores del acero, y me mantengo en mis trece, me sigue pareciendo una de las más duras, complejas y excitantes aproximaciones cinematográficas al tema de la Edad Media jamás rodadas. Además de todo eso, es pura diversión. Su argumento engancha y resulta trepidante, sin que el ruido y la confusión aniquilen el conjunto, tal como ocurre hoy día con la mayoría de los blockbusters. Es una película que atesora muchas cosas y que disimula su ambición bajo el manto de una aparente ligereza. Los grandes temas de Verhoeven están ahí, especialmente su negra visión de la raza humana y su tratamiento de la sexualidad femenina como elemento desestabilizador de la herencia patriarcal. En fin, que en cierto modo Los señores del acero reúne lo mejor del cine de autor y del cine comercial, por lo demás, algo observable en la mayoría, sino en la totalidad, de las cintas rodadas por Verhoeven.

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Para complementar la revisión de la película, tomé de la estantería el estupendo libro que Taschen editó hace unos años sobre el realizador holandés. Leí el apartado dedicado a Los señores del acero. Sorpresa. Mi sensación de haber visto una película redonda, francamente inspirada, se vio tímidamente amenazada por las amargas declaraciones del realizador. Mi gozo seguía siendo el mismo, por eso me sorprendió tanto descubrir que el propio Verhoeven habla de su gran película sobre la Edad Media en términos de fracaso personal.

Un flashback, Amsterdam, 1984. Paul Verhoeven tiene una bronca monumental con un responsable de la oficina de subvenciones cinematográficas que le explica muy airado la negativa del gobierno holandés a concederle más ayudas. Las instancias gubernamentales están decididas a modificar su política económica y marginar a cineastas cuyas obras resultan polémicas en exceso y, por ende, contribuyen a difundir una imagen negativa de la, ejem, Marca Holanda. Paul abandona las oficinas de mal humor, con ganas de destruir la gran puerta de cristal de recepción de una patada. Pese a la marea hostil, intenta serenarse, se enciende un cigarro y se aplasta el pelo sobre la nuca. Acaba de tomar dos decisiones. Una, que seguirá luchando para rodar más películas, y dos, que abandonará Holanda en busca de nuevas fuentes de financiación.

Su destino claro es Estados Unidos, por supuesto. Al menos, su dinero. Son días en los que Paul fantasea con la posibilidad de rodar en territorio europeo con capital norteamericano. Esa sería, de hecho, la jugada perfecta, mantener su vínculo con la vieja Europa y conseguir nuevas vías de financiación privada ajenas a los poderes institucionales.

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Escasos meses después, la suerte le sonríe. Su tesón obtiene recompensa. Orion Pictures, la entrañable productora norteamericana ochentera, que había conseguido éxitos sonados como el Amadeus de Milos Forman o el Terminator de James Cameron, le proporciona la práctica totalidad de los siete millones y medio de dólares que costará Los señores del acero y autoriza su rodaje en tierras españolas.

Verhoeven y su guionista habitual (Gerard Soeteman) tienen muy clara la película que quieren hacer. Básicamente, su premisa argumental procede de títulos crepusculares como el Grupo salvaje de Sam Peckinpah. Verhoeven quiere contar la historia de dos viejos mercenarios del medievo, Hawkwood (Jack Thompson) y Martin (Rutger Hauer), curtidos en mil batallas, cuya amistad se verá truncada por la traición y la codicia del primero. Es decir, en esta versión de la película no aparece el pubis de Jennifer Jason Leigh por ningún lado.

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Poco antes de iniciar el rodaje, empiezan los problemas. La primera en la frente vendrá del maldito capital. Los americanos quieren una historia de amor e imponen el protagonismo de la trama romántica. Le dieron donde más dolía, en la columna vertebral de su argumento. Paul se quería morir, pero la maquinaria estaba marcha. Gran plano general de paisaje mesetario. Rodaje en España. Alguien debería escribir algún día una crónica de lo que debió de ser ese rodaje. Básicamente, el puto caos. Por lo que sabemos, el equipo técnico/artístico, típica fauna de coproducción, parecía más interesado en beber, drogarse y montar fiestones en la playa que en otra cosa. Por momentos, Paul estaba convencido de que la productora intervendría y sería despedido. Día tras día, esperaba esa llamada. Él hubiese sido el primero en comprenderlo.

paul verhoeven_flesh+bloodVerhoeven se plantea echar un bacilo de peste bubónica en el catering del día

Sin embargo, la película —de todos es conocida la contagiosa energía que el realizador holandés desprende en el set de rodaje— sigue adelante. Paul esquiva los reveses e intenta salirse dolorosamente con la suya. “Dolorosamente” porque la película que ahora tiene entre manos ya no es la que tenía en mente. Como gran conocedor de la Edad Media, se trataba de un proyecto muy personal, y en estos momentos, su misión será sacar algo en limpio de aquella deriva.

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No se vayan todavía, aún hay más. Nuevos contratiempos. Es verdad que al futuro realizador de Robocop le caían chuzos de punta desde todos los frentes, pero el que más dolió, le vino precisamente de donde menos esperaba. Su estrella, Rutger Hauer se le rebotó. En aquella época, el que fuera su actor fetiche tenía puesto ya un pie en Hollywood (acababa de rodar otra epopeya medieval, Lady halcón) y deseaba instalarse en la cima del éxito. No quería un personaje trufado de ambigüedades morales. Día tras día tenía broncas terribles con su viejo amigo Paul, insistiéndole en su necesidad de interpretar a un héroe tradicional que enamorara al público. En efecto, Rutger Hauer quería ponerse en la piel de un personaje de una pieza, aprender la caligrafía del pelotazo en taquilla, así de cafre podía llegar a ser. Pues bien, cualquiera que haya visto la película, sabrá cómo quedó la cosa. El mercenario Martin, el personaje interpretado por Rutger Hauer tiene más aristas que un poliedro y, consecuentemente, Los señores del acero supuso el fin de la hermosa colaboración entre ambos.

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Una vez terminada la película, Paul Verhoeven declaró: “La relación triangular Martin-Agnes-Steven es ahora la trama principal de la película, pero mirando hacia atrás creo que deberíamos habernos centrado en Hawkwood y Martin. El error de Los señores del acero fue toda una lección para mí: nunca más comprometeré la trama principal de un guión”. Decepción. Paul se sentía decepcionado. Y por supuesto, la película se estrenó en Estados Unidos y fracasó en taquilla. El público norteamericano no entendió o no quiso entender la propuesta. No había un héroe claro, toda la galería de personajes resulta verdaderamente perturbadora. El guión de Verhoeven y Soeteman rehúye no solo el estereotipo sino las nociones absolutas y simplificadoras, como espectador propone un juego malicioso como pocos, obligándote a renegociar tus mecanismos de identificación con los protagonistas constantemente. “Pensamos que mediante la combinación del bien y el mal, los personajes resultarían más convincentes, más auténticos”, expresó el realizador en alguna entrevista. Pese a quien le pese, ahí radica una de las mayores virtudes —quizá la más excitante— del cine de Verhoeven. Los señores del acero no es ninguna excepción, un sonoro bofetón a la impronta maniquea del género de aventuras.

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A la película se le podrán reprochar detalles fútiles, anecdóticos, de cariz argumental, los típicos que llenan las bocas de nuestros amigos los verosímiles, pero el conjunto deviene asombrosamente ambicioso, a saber, una epopeya medieval, dura, realista y oscura que admite una doble lectura como fabulosa narración histórica y agudo tratado filosófico sobre la naturaleza humana. Al respecto, cabe romper una lanza a favor del personaje de Agnes (Jennifer Jason Leigh), cuya importancia y complejidad lo colocan en la estela de grandes heroínas típicamente verhoevenianas.

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A la luz de todo lo expresado, la consideración de Hollywood (y del cine por extensión), como una “fábrica de sueños” adquiere un nuevo significado. Para mí, tal y como está, Los señores del acero es un sueño hecho realidad. Sin embargo, para Verhoeven, su película soñada nunca vio la luz, permanece en un limbo repleto de títulos de realizadores dispares que jamás veremos (y mataríamos por hacerlo). De ahí nace la fascinante acepción de Hollywood como “fábrica de sueños… incumplidos”. Puedo fantasear con la película que el cineasta tenía en su cabeza. Apuesto a que era condenadamente buena. Pero lo alucinante de toda esta historia es que después de tanto caos, de tanta imposición por parte de la productora, de tanto psicodrama, de tanta amargura y decepción, el resultado sea el que es, lo que a día de hoy sigue siendo Los señores del acero. Una obra maestra. Monda y lironda. ¿Me has oído, Paul?

+ Más BAngBAng en Dr. Insermini.

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