Rosebud

orson jaglom

Henry Jaglom: Ayer vi Annie, la dirigida por John Huston.

Orson Welles: Es muy mala. A todos los niveles, opino. ¿No te parece?

HJ: No. Me pareció entretenida, hasta cierto punto.

OW: A mí no. Me pareció un desastre de principio a fin.

HJ: Pero la pregunta es: ¿cómo (Huston) se puede plegar a trabajar con los estudios?

OW: Lo que no comprendes es que no lo hace. Ha aprendido a dirigir una película sin dirigirla. Se limita a sentarse y a dejar que el operador o quien sea la haga. Se pasa la noche jugando al póker y descansa a la hora de rodar.

La publicación en español de Mis almuerzos con Orson Welles ha sido sin duda una de las grandes alegrias de este verano. Como fan de Orson y de los libros-entrevista estaba loco por meterle mano. Es un libro intenso, a veces desigual (¿a qué viene hablar tanto del problema con los judíos?, en serio: ¿¿qué le pasa a América con este tema??), del que directamente recomiendo saltarse el irritante prólogo a cargo de su editor Peter Biskind. El señor Biskind, famoso por publicar libros como Moteros tranquilos, toros salvajes y Sexo, mentiras y Hollywood, demuestra desconocer casi todo sobre Orson Welles y se permite despachar la enorme Touch of Evil como una película absurda y mal interpretada (!!!). Confieso que leer esto casi me hace abandonar la lectura del libro. Pero, oye, si este señor -que escribe sus libros desde el rencor y la envidia que le inspira el éxito de los demás- ha sido el responsable de que estas conversaciones vean la luz, y si en esta ocasión se limita a hacer el prólogo estoy dispuesto a tragarme el sapo.

Henry Jaglom y Orson Welles fueron amigos desde los primeros 70, cuando el primero le pidió a Orson aparecer en una de sus películas (A Safe Place, 1971). Jaglom era un hombre de cine bastante hiperactivo, muy bien relacionado y sobre todo, como demuestra a lo largo de todo el libro, un gran conocedor del cine clásico y un hombre muy culto en general. Todo esto le convertía en el interlocutor perfecto para Orson Welles. Las conversaciones que recoge el libro fueron grabadas durante largos almuerzos en los que los dos amigos se dedicaban a comer y a beber, a maquinar proyectos y por supuesto a poner verde a mucha de la gente de la que hablaban. Lo cual evidentemente anima siempre las conversaciones, y desde luego no es lo mismo criticar con maldad, que hacerlo con la gracia de Orson Welles. Fue precisamente él quien le propuso a Jaglom que llevase a sus veladas una grabadora y que registrara todo lo que decían. Le pidió, eso sí, que no estuviera visible, de esa forma podía olvidarse de ella y hablar libremente. Durante décadas, estas cintas, grabadas en los primeros años 80, estuvieron guardadas sin que nadie, ni el propio Jaglom, les hiciera caso.

La gran paradoja de Orson Welles es que siendo tan célebre sea en realidad tan desconocido. En el libro Jaglom lo explica de una manera preciosa, utilizando como metáfora la mítica escena del tiroteo final en la sala de los espejos de La dama de Shangai. No hay un Orson, hay muchos, es difícil encontrarlos, se confunden, la mayoría son falsos, fueron inventados por alguien, un plumilla de una revista, a veces originados por una leyenda sin sentido, por unos chismorreos de Hollywood, que ni el mismo Orson se molestaba en desmentir. Cuando me muera, no te molestes en negar las historias falsas que oigas sobre mi– le decía divertido a Jaglom. Cual personaje de una de sus propias películas, Orson Welles acumula con los años más y más capas, nuevas sombras, más mentiras, su mito se vuelve más y más enorme, y también, lo mejor, más terrible. Y él observaría todo esto divertido, soltando grandes risotadas y fumándose un puro. Porque si una cosa podemos saber sobre él con toda seguridad es que ya desde niño fue un gran cachondo. Aún a día de hoy poca gente se da cuenta de que Ciudadano Kane no es realidad esa película tan seria, que tantos ven con el ceño fruncido. Ciudadano Kane es más una comedia, que hizo un joven Orson de 24 años con ganas de divertirse. El famoso Rosebud, tan misterioso, era uno de los cariñosos nombres con los que William Randolph Hearst se refería al ojo del culo de su amante. La gente se vio superada por la revolución técnica que era también la película, pero eso fue sólo algo que vino sólo. Era la primera película que hacía, quería explorar las posibilidades técnicas de su nuevo juguete.

orson leaming

Mis almuerzos con Orson Welles funciona como el complemento perfecto a la que es seguramente la mejor biografía que se ha escrito sobre él, Orson Welles, de Barbara Leaming, que recomiendo mucho a todo el mundo. En él traza un perfil bastante revelador y que podemos intuir como muy aproximado a la verdad. La parte que queda en sombras es precisamente la que ilumina ahora este libro de conversaciones. En él descubrimos al Orson más desconocido, al hombre que ha sobrevivido a la maldición que supone ser un genio, de no haber logrado adaptarse al sistema. Hay un mucho de tristeza, de sensación de fracaso, pero en realidad es la misma sensación de fracaso que siente cualquier hombre la final de su vida, y por encima de todo resulta maravilloso comprobar que pese a todo siempre mantuvo un gran sentido del humor. No se le percibe como un hombre amargado. ¿Que envidiaba la posición de un Huston? ¿Que recelaba del éxito de Hitchcock? La gran revelación del libro quizá sea ver que un genio como él es también humano, que puedes haber hecho la “mejor película de la historia” y sentirte un fracaso, que al final te agobian los mismos dilemas y preocupaciones que a los demás mortales, que no sabes cómo pagarás la compra del supermercado de esa semana… Además quedan cientos de perlas, dedicadas a artistas y gente del espectáculo, su fobia a Woody Allen, su afilado criterio como espectador (¡Qué mala es Centauros de desierto!), las mentiras  sobre su vida sexual, su perrita Kiki, …

En el libro Orson repite lo mucho que le molestan los artistas que se desnudan en sus obras, que usan sus películas, sus libros, con fines terapéuticos, mostrando sus miserias al público. Y al final, décadas después de muerto, también él se desnudó delante de su público, pero no en sus películas. A través de una cintas grabadas, olvidadas en unas estanterías, como podía suceder en Mr. Arkadín. Yo se lo agradezco mucho.

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