Hollywood años 80: El “yes-man” como gran artista

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Dejarme llevar por el hechizo de una juvenil Meryl Streep, la de los primeros 80, me ha llevado a hacer algo que nunca pensé que iba a hacer, ver una película dirigida por Robert Benton. Probablemente ninguno de vosotros sepa quién es este señor y está muy bien que así sea, porque es un director completamente anodino. Me atrevo a decir que las virtudes que pueda tener su cine se deben antes a la casualidad y al equipo humano que participó en sus películas. Es lo que sucede con Still of the Night, reivindicable por tratarse de un sexy-thriller con toques de horror y sobre todo por la presencia de Meryl en un rol de scream queen; sin olvidarnos de la exquisita fotografía de Néstor Almendros. Y es que gracias a Still of the Night (Bajo sospecha en España) podemos visualizar cómo hubiera sido un giallo fotografiado por el maestro de la luz cubano. Algo verdaderamente emotivo pues por unos instantes se hermanan en nuestra imaginación dos películas como Pauline en la playa y Seis mujeres para el asesino. Yo quería hacer una entradita sobre esta película, hablando de lo mucho que me gusta la Meryl ochentera pero en su lugar voy a hablar de Robert Benton y otros directores neutros que proliferaron en los 80/90. Todos esos directores que pasaban por grandes autores cuando en realidad no eran otra cosa que una panda de sinvergüenzas, de “yes-men” chungos.

Yes-man:  a person who agrees with everything that is said; especially :  one who endorses or supports without criticism every opinion or proposal of an associate or superior.

La figura del “yes-man” ha sido y es tan habitual a lo largo de la historia hollywoodiense que ni siquiera se habla de ella como concepto. Y es que al final, el director “yes-man“, o sea, el que acata las órdenes y se ciñe al bien común (que una película dé mucho dinero), es realmente el único que puede sobrevivir y desarrollar una carrera en Tinseltown. Si pensamos en el Hollywood clásico, el de los grandes estudios, que tantas películas inmortales produjo, lo que vemos es una maquinaria bien engrasada donde todos, desde los actores, los guionistas, hasta los directores eran células que se plegaban al fin común. Todos, incluso los Ford, Mann, Lang, Preminger, Hawks, eran “yes-men“. La etiqueta de autores se la inventaron los franceses mucho más tarde, y realmente es una etiqueta fea y maliciosa, porque pisotea y relega a la figura del empleado aplicado que hace su trabajo sin darse aires de nada. Recordando aquel ya lejano Hollywood clásico me pregunto: ¿Qué hay de malo realmente en ser un “yes-man“, una “yes-woman“? Nada. Serlo debería ser incluso un fin en sí mismo para todo el mundo. ¡Para ti también, gran artista!. ¿No es  algo bonito que uno se anule a sí mismo, se autoinmole, en favor de un gran logro colectivo que no tiene dueño ni autor? ¿No es esa la entrega absoluta al arte?

Esta oposición entre ser un “yes-man” y un autor es real y aunque no se hable de ella siempre es una cuestión candente. Al público realmente es algo que le importa bastante poco, pero esta dicotomía la encontramos detrás de los grandes traumas de prácticamente todos los artistas, se dediquen a lo que se dediquen. Recuerdo muy bien que los hermanos Coen la abordaron con su cinismo habitual en Barton Fink. Yo quiero utilizarla en relación a Hollywood y al cine americano, porque me sirve para entender muy bien una época, la de los 80/90 que viví muy intensamente como niño/adolescente cinéfilo. Es más, a través de ella se puede contar la historia del pasado más reciente de Hollywood con una luz nueva. Una historia que tiene su prólogo en los años 60, esa época de cambios y de ciclos cerrados que sumió al cine americano en una crisis severa. Terminado el sistema de los estudios, Hollywood sufrió dolorosamente al comprobar cómo la gente se reía en la sala cuando proyectaban sus películas serias y ponía cara de palo cuando proyectaban sus comedias. Se encontró de repente descolocado y deprimido, con una mercancía cada vez más difícil de colocar, barajando quizá por primera vez el suicidio o cambiar su negocio por el de la alta cosmética o los bienes de lujo. ¿Qué le pasa al mundo? se preguntaba sollozante mientras escrutaba con gesto serio al movimiento hippie, y miraba más allá del océano, sobre todo al territorio francés, buscando en el horizonte alguna luz que les guiara en la nueva realidad. Lentamente, dando palos de ciego, probando esto y lo otro, se encontró abrazando el término de “autor”. Se apropió de un término tan contrario a la idea del trabajador servil del viejo Hollywod y empezó a usarlo para vender sus películas. Le funcionó. De repente, algo que ahora nos parece tan normal, como que el nombre del director se exhiba como un reclamo para la taquilla empezó a ser cada vez más habitual. En los 70 los Coppola, los Scorsese, los Cimino, los Kbrick accedieron a un estatus superior. Sus nombres destacaban con una tipografía mayor y se alineaban con los de las estrellas que participaban en sus películas. Se lo habían ganado. Pero lo interesante de todo esto es que Hollywood, llevado por la avaricia y como no podía ser de otra manera terminó por inventar al “autor prefabricado”, lo cual era muy beneficioso, pues le permitía acuñar a sus propios autores. Su jugada consistió en hacer creer a estos directores prefab y por supuesto al público de que los Sidney Pollack, Robert Benton, Norman Jewison, Barry Levinson, los Ron Howard eran autores, cuando nunca dejaron de ser “yes-men”. Ellos se lo creyeron tan a gusto, y Hollywood les premió a todos con muchos oscars para reafirmar y reforzar su imagen. Lo he dicho antes, estoy hablando de una época bastante concreta, la que abarca básicamente los 80/90. Con mejor o peor visión, en esos años  Hollywood siguió encumbrando a nuevos autores prefabricados. Lo divertido de todo esto lo estamos viendo ahora. Absolutamente nadie recuerda aquellas películas que ganaron toneladas de oscars, ni quiere acordarse de los Kramer contra Kramer, los Hijos de un dios menor o los Rain Man, porque son películas que ya no servirían ni para hacer púas para guitarra. Por lo demás ¿a quién le importa que nadie sepa hoy día quien es Robert Benton? A Hollywood desde luego se la suda. Si tuviera que opinar sobre ello sólo gritaría: ¡Que le den por culo a Barry Levinson esté donde esté!

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Es aquí donde quería llegar. El tiempo acaba poniendo todo en su sitio y visto en perspectiva Hollywood no queda en muy buen lugar. Al público, que es tan listo, al que “es imposible engañar” se la metieron doblada en los años 80 cuando pagó dinero por ver una película de Barry Levinson. Cuando pagó dinero por ver Un lugar en el corazón. No sólo les dio su dinero sino que además habló bien de ellas y se las recomendó a sus amistades. Un negocio redondo. Me gusta mucho la imagen que proyecta todo esto de Hollywood, que no es otra que la de un gran trilero, un gualtrapa de la vida, que ha logrado sobrevivir gracias a los trucos baratos que se saca de la manga. Trucos baratos que ni siquiera son originales ya que se los inventa sobre la marcha, mirando lo que hacen los otros. Me parece ver claramente que la historia de Hollywood desde que terminó la época de los grandes estudios y sus monopolios es la historia de una huida hacia delante de un delincuente poco elegante y no demasiado listo, que además, no quiere tener memoria. Un auténtico macarra sin futuro, vestido de ejecutivo, cuyas tramas dan no para una sino varias películas. No sé vosotros pero yo tengo ganas de ver qué nuevos trucos se va a inventar, porque lo que son primos, nace uno cada día.

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