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Dilema

Posted in Movies with tags on 25/05/2017 by insermini

BALLANTRAE

¿Y  tú qué prefieres, ir a un concierto en el que la única música que oirás es la que emite un instrumento de una sola cuerda bien afinada, o ir a otro en el que sonará un único instrumento de varias cuerdas, pero todas desafinadas? El concierto dura en ambos casos 105 minutos.

Piénsalo. Esto resume lo que me ha pasado esta semana, en la que he ido dos veces al cine. Una era Get Out, la otra Personal Shopper.

Hollywood años 80: El “yes-man” como gran artista

Posted in Movies with tags , , on 06/03/2017 by insermini

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Dejarme llevar por el hechizo de una juvenil Meryl Streep, la de los primeros 80, me ha llevado a hacer algo que nunca pensé que iba a hacer, ver una película dirigida por Robert Benton. Probablemente ninguno de vosotros sepa quién es este señor y está muy bien que así sea, porque es un director completamente anodino. Me atrevo a decir que las virtudes que pueda tener su cine se deben antes a la casualidad y al equipo humano que participó en sus películas. Es lo que sucede con Still of the Night, reivindicable por tratarse de un sexy-thriller con toques de horror y sobre todo por la presencia de Meryl en un rol de scream queen; sin olvidarnos de la exquisita fotografía de Néstor Almendros. Y es que gracias a Still of the Night (Bajo sospecha en España) podemos visualizar cómo hubiera sido un giallo fotografiado por el maestro de la luz cubano. Algo verdaderamente emotivo pues por unos instantes se hermanan en nuestra imaginación dos películas como Pauline en la playa y Seis mujeres para el asesino. Yo quería hacer una entradita sobre esta película, hablando de lo mucho que me gusta la Meryl ochentera pero en su lugar voy a hablar de Robert Benton y otros directores neutros que proliferaron en los 80/90. Todos esos directores que pasaban por grandes autores cuando en realidad no eran otra cosa que una panda de sinvergüenzas, de “yes-men” chungos.

Yes-man:  a person who agrees with everything that is said; especially :  one who endorses or supports without criticism every opinion or proposal of an associate or superior.

La figura del “yes-man” ha sido y es tan habitual a lo largo de la historia hollywoodiense que ni siquiera se habla de ella como concepto. Y es que al final, el director “yes-man“, o sea, el que acata las órdenes y se ciñe al bien común (que una película dé mucho dinero), es realmente el único que puede sobrevivir y desarrollar una carrera en Tinseltown. Si pensamos en el Hollywood clásico, el de los grandes estudios, que tantas películas inmortales produjo, lo que vemos es una maquinaria bien engrasada donde todos, desde los actores, los guionistas, hasta los directores eran células que se plegaban al fin común. Todos, incluso los Ford, Mann, Lang, Preminger, Hawks, eran “yes-men“. La etiqueta de autores se la inventaron los franceses mucho más tarde, y realmente es una etiqueta fea y maliciosa, porque pisotea y relega a la figura del empleado aplicado que hace su trabajo sin darse aires de nada. Recordando aquel ya lejano Hollywood clásico me pregunto: ¿Qué hay de malo realmente en ser un “yes-man“, una “yes-woman“? Nada. Serlo debería ser incluso un fin en sí mismo para todo el mundo. ¡Para ti también, gran artista!. ¿No es  algo bonito que uno se anule a sí mismo, se autoinmole, en favor de un gran logro colectivo que no tiene dueño ni autor? ¿No es esa la entrega absoluta al arte?

Esta oposición entre ser un “yes-man” y un autor es real y aunque no se hable de ella siempre es una cuestión candente. Al público realmente es algo que le importa bastante poco, pero esta dicotomía la encontramos detrás de los grandes traumas de prácticamente todos los artistas, se dediquen a lo que se dediquen. Recuerdo muy bien que los hermanos Coen la abordaron con su cinismo habitual en Barton Fink. Yo quiero utilizarla en relación a Hollywood y al cine americano, porque me sirve para entender muy bien una época, la de los 80/90 que viví muy intensamente como niño/adolescente cinéfilo. Es más, a través de ella se puede contar la historia del pasado más reciente de Hollywood con una luz nueva. Una historia que tiene su prólogo en los años 60, esa época de cambios y de ciclos cerrados que sumió al cine americano en una crisis severa. Terminado el sistema de los estudios, Hollywood sufrió dolorosamente al comprobar cómo la gente se reía en la sala cuando proyectaban sus películas serias y ponía cara de palo cuando proyectaban sus comedias. Se encontró de repente descolocado y deprimido, con una mercancía cada vez más difícil de colocar, barajando quizá por primera vez el suicidio o cambiar su negocio por el de la alta cosmética o los bienes de lujo. ¿Qué le pasa al mundo? se preguntaba sollozante mientras escrutaba con gesto serio al movimiento hippie, y miraba más allá del océano, sobre todo al territorio francés, buscando en el horizonte alguna luz que les guiara en la nueva realidad. Lentamente, dando palos de ciego, probando esto y lo otro, se encontró abrazando el término de “autor”. Se apropió de un término tan contrario a la idea del trabajador servil del viejo Hollywod y empezó a usarlo para vender sus películas. Le funcionó. De repente, algo que ahora nos parece tan normal, como que el nombre del director se exhiba como un reclamo para la taquilla empezó a ser cada vez más habitual. En los 70 los Coppola, los Scorsese, los Cimino, los Kbrick accedieron a un estatus superior. Sus nombres destacaban con una tipografía mayor y se alineaban con los de las estrellas que participaban en sus películas. Se lo habían ganado. Pero lo interesante de todo esto es que Hollywood, llevado por la avaricia y como no podía ser de otra manera terminó por inventar al “autor prefabricado”, lo cual era muy beneficioso, pues le permitía acuñar a sus propios autores. Su jugada consistió en hacer creer a estos directores prefab y por supuesto al público de que los Sidney Pollack, Robert Benton, Norman Jewison, Barry Levinson, los Ron Howard eran autores, cuando nunca dejaron de ser “yes-men”. Ellos se lo creyeron tan a gusto, y Hollywood les premió a todos con muchos oscars para reafirmar y reforzar su imagen. Lo he dicho antes, estoy hablando de una época bastante concreta, la que abarca básicamente los 80/90. Con mejor o peor visión, en esos años  Hollywood siguió encumbrando a nuevos autores prefabricados. Lo divertido de todo esto lo estamos viendo ahora. Absolutamente nadie recuerda aquellas películas que ganaron toneladas de oscars, ni quiere acordarse de los Kramer contra Kramer, los Hijos de un dios menor o los Rain Man, porque son películas que ya no servirían ni para hacer púas para guitarra. Por lo demás ¿a quién le importa que nadie sepa hoy día quien es Robert Benton? A Hollywood desde luego se la suda. Si tuviera que opinar sobre ello sólo gritaría: ¡Que le den por culo a Barry Levinson esté donde esté!

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Es aquí donde quería llegar. El tiempo acaba poniendo todo en su sitio y visto en perspectiva Hollywood no queda en muy buen lugar. Al público, que es tan listo, al que “es imposible engañar” se la metieron doblada en los años 80 cuando pagó dinero por ver una película de Barry Levinson. Cuando pagó dinero por ver Un lugar en el corazón. No sólo les dio su dinero sino que además habló bien de ellas y se las recomendó a sus amistades. Un negocio redondo. Me gusta mucho la imagen que proyecta todo esto de Hollywood, que no es otra que la de un gran trilero, un gualtrapa de la vida, que ha logrado sobrevivir gracias a los trucos baratos que se saca de la manga. Trucos baratos que ni siquiera son originales ya que se los inventa sobre la marcha, mirando lo que hacen los otros. Me parece ver claramente que la historia de Hollywood desde que terminó la época de los grandes estudios y sus monopolios es la historia de una huida hacia delante de un delincuente poco elegante y no demasiado listo, que además, no quiere tener memoria. Un auténtico macarra sin futuro, vestido de ejecutivo, cuyas tramas dan no para una sino varias películas. No sé vosotros pero yo tengo ganas de ver qué nuevos trucos se va a inventar, porque lo que son primos, nace uno cada día.

Artsploitation

Posted in Movies with tags , on 27/02/2017 by insermini

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Haced un hueco en vuestro léxico para este término. Lo he leído por primera vez en este artículo, que os recomiendo, y su sola visión ha provocado un efecto mariposa dentro de mi cabeza que ha ordenado para siempre y de un solo golpe una serie de ideas que fluían aquí y allá. He paladeado cada letra, A-R-T-S-P-L-O-I-T-A-T-I-O-N con sumo placer. Si ponerle nombre a las cosas es una forma de matarlas, nunca fue más bienvenido un palabro. Cito, sin traducir, que no quiero desvirtuar sus palabras, lo que el tipo brillante que acuñó el término dice:

Artsploitation refers, like other exploitation genre tags, to a particular audience’s desire to consume a particular kind of film regardless of its quality. In the case of “art-house” cinema, this means that as long as a film looks pretty or conforms to the audience’s notion of “artistic” merit—most often translating to a level of incomprehensibility that one viewer can use to claim a superior “understanding” over others—said “art” film can then be excused of all its flaws. Regardless of how bad they are or how poorly it may conform to other essential tenets of “good” cinema such as writing, editing, acting and directing.

Aunque a partir de ahora -yo así lo espero- el término pase a formar parte de nuestro léxico y se utilice para hablar de títulos como Arrival, Toni Erdmann o Nocturnal Animals (película que me encanta), el artsploitation no es algo nuevo, existe desde hace mucho. Su mayor clásico debe ser El último tango en París, de Bertolucci. Es un término liberador y necesario, a diferencia de tantos otros que NO lo son. Pospongo el debate sobre qué abarca realmente para más adelante, de momento necesito hacerlo mío. Vosotros también, hacedlo vuestro. Un domingo por la tarde decid a quien esté con vosotros ¿Te hace ver algo de Artsploitation?

Devolvedme la suciedad

Posted in Movies with tags , , , , , on 22/02/2017 by insermini

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Una cosa que me encanta y que me divierte es observar cómo las cosas pasan de moda y se quedan viejas. Eso significa que hay un relevo, que hay algún avance, y eso es una bofetada en los morros a toda esa gente que desea el estatismo y se niega a evolucionar. Pero los avances conllevan siempre una parte traumática, que no es fácil de asimilar, y que casi siempre provoca que uno acabe prefiriendo el territorio cargado de emoción, o sea, lo viejo, el pasado. En esa tesitura me encuentro ahora mismo. Queriendo abrazar lo nuevo y defenderlo pero a la vez sentir que lo único que me pone de verdad es lo viejo. Y toda esta esquizofrenia viene provocada por el hecho de haber ido al cine a ver una de mis películas favoritas, el Moby Dick de John Huston, de 1956. La película me gusta por muchos motivos, no sólo por cómo Huston se apropia de los temas de H. Melville y consigue construir un discurso muy personal, que conecta esta película con todo su mundo. Me produjo shock verla por primera vez proyectada en 35 mm. y – aunque la proyectaron en un formato cuadrado que no es el original y el que tocaba- me di cuenta con mucho horror de que la belleza de la película era aún mayor de lo que yo pensaba, y que el blu americano que tanto me gustaba era en realidad un falseamiento muy evidente, por no decir que una estafa. Vista en cine, la paleta cromática era otra, los trucajes y efectos cantaban más, la experiencia estética era muy distinta. Sin mencionar el hechizo que supone verla en la oscuridad de una sala. Yo que desde aquí, tantas veces he expresado mi éxtasis al ver tal o cual película en calidad superlativa, a partir de ripeados excelentes de copias superiores, me di cuenta de golpe de que la era del blu y del 4k y todo lo que está por venir, será muy amazing, pero, para los que hemos conocido lo anterior supone una pérdida irreversible. Sé que no digo nada nuevo y que esto lo pensáis muchos. ¿Qué es mejor? ¿Ver El halcón maltés en blu o ver una copia con rallajos y con el brillo y el contraste originales? Ahora Criterion ha editado Multiple Maniacs, y me escandaliza ver las imágenes tan limpias de una película que nunca hasta ahora, ni cuando se proyectó su primer puto master, se ha visto con esa nitidez y calidad. Lo sucio debe permanecer sucio, pero eso ya no es posible. Es el signo de los tiempos, y así debe ser.

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Con el cine que se estrena ahora sucede exactamente lo mismo. Como pre-millenial siento una antipatía difícil de vencer hacia estos brillantes cachorritos que estrenan sus primeras películas y son ya, desde la primera, perfectas. Les han enseñado que un desenfoque es imperdonable y que el montaje debe ser smart, muy smart, que no aburra ni por un segundo. ¿Os imagináis que las primeras película de Almodovar, de Cronenberg, los Arrebato, Clerks, Henry, Portrait of a Serial Killer, hubieran sido todas perfectas técnicamente? ¿Que la luz estuviera siempre bien, que el contraplano entrara siempre en el momento justo??? Para mí es un horror. Y estos cachorritos tampoco tienen la culpa de ser perfectos. Es simplemente lo que se espera de ellos. Por eso uno debe hacer el esfuerzo de mirar más allá de su pulcritud, de su no-aburrir, y estar dispuesto a valorar lo que hay detrás.

Me inquieta que nos acostumbremos para siempre a la perfección técnica de un plasma, de un blu. Sé que como pasa con los vinilos y la música, va a haber siempre una reacción contraria a este mundo nuevo donde todo es per-fec-to. Habrá webs que permitan acceder a las copias de las películas viejas con sus colores y fallos antiguos. Algo se inventarán. Probablemente no tarde mucho en volver el VHS. Lo que veo en el horizonte como espectador y amante del cine no me  gusta. Está muy relacionado con lo que se está viviendo en todos los campos. En el futuro la gente será toda delgada y todos tendrán la misma cara. Follarás con alguien que es exactamente igual que tú. Todo muy disturbing, así que dejadme que termine de forma apocalíptica. En el mundo que nos espera estamos más cerca de morir que nunca. Sin errores no hay aciertos ni emoción. Necesitamos la suciedad para revolcarnos en ella, para chuparla y hacernos amigos suyos, necesitamos inocularla en nuestro organismo para acostumbrarnos a ella y que no nos mate. En un mundo libre de patógenos, la más leve anomalía nos va a exterminar a todos de golpe. Me cago en los bluray de Moby Dick, en Whiplash, y en todo lo que huele a smart. Por favor, enguarrad vuestras películas, devolvedme la suciedad. Me da la vida.

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Ampliando la óptica

Posted in Movies with tags , on 03/02/2017 by insermini

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El 4 de febrero de 2017 se cumplen 10 años desde que empecé el blog. En la era de internet eso es como si fueran 50 o 60 años. Han pasado muchas cosas, entre ellas hace ya un tiempo que explotó la burbuja bloguera y actualmente prácticamente nadie lee blogs si no son de celebrities y marcas de ropa. Que yo siga con ganas de mantener este espacio me sorprende incluso a mí. He pensado seriamente en cerrar este círculo para empezar otro, pero al final siempre pienso que aunque sólo pasen por aquí cuatro gatos, le debo bastante a Dr. Insermini, y matarlo no me parece muy buena idea. Por el momento. Además, lo que digo y pongo por aquí no es más que una forma de recopilar y ordenar mis ideas sobre cine, y por tanto, va dirigido principalmente a mí. Es mi scrapbook, o tablero, o bloc de notas. Que luego haya quien conecte es siempre agradable. Me hubiera gustado hacer algo con los amigos que he hecho en este tiempo, porque he hecho unos cuantos, y no hace falta que diga que son maravillosos. Como de momento fiesta no va a haber -comprendédlo, mi vida es muy agitada ahora mismo- voy a hablar un poco del que, mirando en perspectiva estos 10 años de Dr. Insermini, ha sido el tema estrella o representa mejor lo que ha terminado siendo este blog. Hablo de los FRAMES. Capturar las películas después de vistas se ha convertido ya en una necesidad, y creo que sólo los que como yo, que sois legión, también capturáis los fotogramas que os apetece de cada película, podéis entender de verdad lo serio y adictivo que es. Cuando veo en algún blog o en los tumblrs esas galerías que recopilan , resumen, capturan la esencia de una película, a veces me quedo tonto. No me interesan los que sólo buscan fotogramas cuquis o el efectismo fácil, que al final es muy previsible, me interesa el punto de vista del que los ha capturado. Si coincide que yo mismo he capturado la misma película recientemente, disfruto viendo cómo el conjunto de fotogramas que ha seleccionado la otra persona da una visión tan diferente de la misma película. Es una impresión mucho más profunda que la que me pueda provocar leer una crítica de cine. Para mí, es algo mucho más vivo y más intrigante comprobar de qué manera tan diferente nos llega una película. Capturar, seleccionar, ordenar los fotogramas y presentarlos en un set es en sí todo un arte o una droga, lo que tú prefieras. De ahí que durante mucho tiempo me haya quedado mudo y no haya querido escribir. Sólo quería desplegar mis sets, que es algo que a mí me divierte mucho más y que preserva todo el misterio y fascinación de la película. Luego cada cual que investigue y decida si quiere ver tal película o no.

Cuando la crítica de cine se ha vuelto tan estéril y aburrida que no hay quien coja una revista o lea una reseña, venga de donde venga, me parece liberador que el capturing tome el relevo. Me interesa más la selección de fotogramas que una persona cualquiera hace de una película que el artículo más sesudo sobre ella. Y seguramente todos esos críticos casposos que tanto aborrezco, que se pierden en su propia fatuidad, que sólo repiten como loros viejos clichés y formalismos que hace mucho que quedaron anticuados, la mayoría de estos señores, están tan pagados de su verbo que ni siquiera se preocupan de cuidar las imágenes que ilustran sus textos, cuando deberían estar preciosamente escogidas y tener un protagonismo central. El capturing como ejercicio y divertimento proclama la muerte del crítico, lo aniquila y lo anula por completo. Preserva por completo el poder de la película, no se lo arrebata y se lo entrega al crítico subido a la atalaya. Lo mismo para esos señores que enseñan cine en las Escuelas. (¡Por favor! Si queréis aprender cine, no vayáis a ninguna escuela!). Una escuela de cine moderna debería iniciar a sus alumnos en el capturing. Es divertido, es una forma de hacer cine sin hacerlo, de impregnarte con su misterio, de evitar quedarse en las dimensiones más bajas, las que tienen que ver con “el argumento”, que al final, es lo de menos.

En estos 10 años he capturado cientos de películas, algo que inevitablemente me ha afectado como espectador, me ha llevado a, sin darme cuenta, ampliar la óptica. Nunca he disfrutado tanto del cine como ahora. Puedo ver cualquier película (vale, las de Loach o Bollaín, no) sin aburrirme, quedándome sólo con lo bueno de cada una, admirando detalles a los que antes no prestaba atención. Por ejemplo la de arriba, She Wore a Yellow Ribbon, una película de increíbles colores y detalles, tantos que no te los acabas, sin importar que se haya quedado vieja y ridícula. Con esta nueva óptica, todo el cine se vuelve de repente más interesante, las películas  ya no son buenas o malas, eso sólo depende de cómo les pegue la luz en cada momento. Comprended que no detenga por el momento el viaje de Dr. Insermini. Acaba de empezar.

 

 

Odiar una película

Posted in Movies with tags on 17/01/2017 by insermini

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Permitidme una reflexión que creo necesaria sobre el hecho de odiar y detestar una película. Pero no de odiarla y detestarla porque la has visto y te ha parecido mala. Se trata de odiar una película porque sí, porque desde el principio su sola existencia te ha resultado fastidiosa, tiene algo que te desagrada, y no puedes profundizar en las razones, porque la cosa te da tanto asco que no quieres siquiera asomarte a lo que hay detrás de esa repulsa. La inquina que le tienes es tan irracional e insondable como la que puedes sentir hacia una persona desconocida con la que coincides en un vagón de tren y te repugna a todos los niveles, tanto, que nunca en la vida te prestarías a conocerla en ningún ambiente o circunstancia. Y no me digáis que esto a vosotros no os pasa. Una sensación así, tan visceral, que nace desde la planta de tus pies y puedes sentir en la boca del estómago no puede ser errónea.

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Sucede que se ha estrenado una película de la que ahora mismo todo el mundo habla – su nombre no lo quiero decir aquí para que no mancille este espacio- hacia la que, ya en la distancia, a medida que se acercaba, sentí un rechazo frontal. Se trata del hype de la temporada, poseedor de un encanto comercial y de una fuerza arrolladora, exactamente igual que otros tantos hypes antes de este. La mayoría adora esta película, la sitúan en lo más alto de los pedestales, en IMDb tiene una nota muy muy alta, pero como es natural hay una fuerza contraria de gente que no comparte todo el ruido del fenómeno y la ataca. Es gente que ha ido a verla y no le ha gustado. No es mi caso. Yo la odio porque sí.

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Es esto lo que quería decir aquí. Cuando he atacado la película en alguna red social hay quien me pregunta si la he visto cuando realmente mi rechazo no tiene nada que ver con que esté mejor o peor. De hecho seguro que está superbien montada y  dirigida. Que la dirección de arte es maravillosa y los actores están para comérselos. A mí eso me da totalmente igual. Yo no quiero pasar el trance de ir a verla. Si lo hiciera me pasaría como a Damien en La profecía, cuando lo llevan a la iglesia y le da un ataque. Para mí esta película es el M.A.L. y punto, algo que me viene dictado desde lo más profundo de mi psique, desde el tuétano de mis huesos. No se trata de que me gusten más los musicales antiguos ni nada de eso (ayy! sí es esa). Odio esa puta película como odio a los señores que llevan sólo barba, sin el bigote, o como odio la pasta fría, con su textura viscosa y repulsiva. En nada me influye mi cultura audiovisual ni mi condición de persona amante del cine que ve muchas películas. Dejadme que la odie en paz, sin haberla visto, porque igual que a veces no podemos explicar por qué amamos una cosa, o a una persona, lo mismo sucede con las películas. Al final las filias y las fobias más viscerales son pura emoción, algo imposible de explicar.

De qué hablamos cuando hablamos de cine (II)

Posted in Movies with tags , on 23/09/2015 by insermini

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David Lynch dijo que Lost Highway y Twin Peaks transcurrían en el mismo mundo. Más allá de cómo uno interprete esa afirmación, con el riesgo de subvalorar sus palabras, llegando a tonterías como imaginar que Dick Laurent podría ser un cliente habitual de la taberna de Jack el tuerto, creo que hay que quedarse con la idea de que no todas las películas proceden del mismo mundo. Y aunque parece evidente, es algo sobre lo que casi nadie piensa. Que dos películas vengan de un mismo mundo significa básicamente que comparten un mismo sistema referencial y una misma gravedad. Si la gente no se para a pensar estas cosas es porque al final la gran mayoría de películas vienen del mismo mundo. Las comedias de Hollywood vienen del mismo mundo, todas comparten los mismos referentes, basan su complicidad con el público en ellos y todas, al final acaban pareciéndose mucho. Y esto es aplicable a cualquier género. Al final, cada una en su campo, todas las películas manejan los mismos referentes, siguen los mismos códigos, repiten los mismos esquemas, y así, termina resultando casi imposible que surja una película diferente. Los llamados autores lo son precisamente porque son capaces de crear un mundo aparte, propio, donde transcurren sus películas, y tienen el poder de marcar la ley de la gravedad.

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Para ilustrar esta reflexión me viene muy bien Dead Mountaineer’s Hotel, una película rusa del año 1979 que es un mundo aparte. Desde que empezó, con el uso extraño de la música y el montaje, desde los primeros diálogos tuve una sensación maravillosa de no saber lo que estaba viendo. No era muy diferente a despertar en una habitación cuya gravedad es otra. Casi da miedo, pero luego es divertido. Casi me había olvidado de lo que era ver una película en la que los referentes a los que estás acostumbrado no aparecen por ningún sitio. Estamos en un hotel perdido en las montañas. Hay un detective, un gángster, una mujer enamorada, se habla de que entre los huéspedes hay androides, aliens,… Detective-gángster-robots-aliens!! ¿Qué más? El detective lleva a cabo los interrogatorios. Me acuerdo de Blade Runner (dichosos referentes!!) que es posterior, ¿de dónde me llega esta película? Me encanta el tono azulado de la fotografía, los zooms, el ambiente del hotel, los planos, que parecen diseñados con tiralíneas, el paisaje nevado, que haya un misterio y que las actrices parezcan salidas de una peli de Fassbinder (más referentes tontos!) pero sobre todo disfruto de la sensación de que estoy viendo algo que no imita a nada que yo conozca. Y aunque realmente la película no sea perfecta y no llegue a cumplir del todo las expectativas, se lo perdono, porque es preciosa y con ella he visitado otro mundo.

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De qué hablamos cuando hablamos de cine (I)

Posted in Movies with tags , , on 01/04/2014 by insermini

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Está bien conocer el punto de vista de los sabios y los puristas siempre que con el tiempo aprendas a reirte de ellos y si procede, también a cagarte en ellos. Como cinéfilo (qué fea palabra, pero no puedo negar que objetivamente lo soy) he pasado por muchas etapas. Empiezas simplemente viendo cine y disfrutando, después (¡horror!) te paras a leer, a escuchar a los críticos, y llegas incluso a replantearte tus gustos. Descubres ese debate de ¿qué es el cine? ¿una historia? ¿un trozo de tiempo? Te contaminas, te vuelves snob, empiezas a perder tu inocencia y a la que te descuidas estás hablando como un crítico y diciendo un montón de estupideces. Creo que con internet la cosa está mejorando, por aquello de que también las minorías y los descreídos tienen su espacio. Pero ese es otro debate. Yo de lo que quería hablar era de El Halcón Maltés, la película de John Huston, de 1941, que me ha llevado a pensar una vez más en esa vieja cuestión, que todavía a veces me atormenta -sí, me atormenta: ¿Qué es el cine? y también: ¿Existe un cine puro, basado en la emoción, libre de argumentos y tramas? ¿Es posible? Y si no existe ¿Importa?

John Huston es uno de mis directores favoritos. Tiene todas mis simpatías no sólo por haber dirigido al menos una docena de obras maestras y otras tantas buenas películas sino también por haber firmado algunos bodrios a los que nunca osaría acercarme, como Evasión y victoria y Annie. Está claro que John Huston tuvo más astucia o más autocontrol que su colega y amiguete Orson Welles, pues pudo edificar una dilatada carrera como director de cine en ese ruinoso terreno que es el cine-comercial-pero-de-autor.

He vuelto a ver El Halcón Maltés (1941). Hacía tiempo que no la veía y esta vez ha sido diferente porque la he visto después de leer la novela y de haber visto la primera adaptación que hizo de ella Roy del Ruth en 1931, bastante mala por cierto. Decir que me ha gustado mucho no es suficiente. La película ha tocado esas cuerdas sensibles que me llevan a preguntarme porqué me gusta tanto tal o cual o cosa, o qué es esa cosa. ¿Qué es El Halcón Maltés sino una sencilla historieta detectivesca sobre un grupo de personajes que buscan una valiosa figura? ¿Qué tiene de especial ese argumento? Yo creo que nada, sin embargo la película es una absoluta maravilla. Es uno de esos casos en los que la concentración de esfuerzos y talentos que hay detrás de toda película cristaliza en algo mucho mayor, mucho mayor que la suma de las partes. El Halcón Maltés-película es en apariencia un argumento, narrado de la manera más clásica. Sin embargo, cuando vemos a la señorita O’Shaugnessy dar vueltas alrededor de una mesa y atizar el fuego, cuando la vemos mentir a Sam Spade, no es sólo una cadena de acciones lo que vemos, es algo que no podemos explicar, pero que sentimos como verdadero. Como una revelación. Y cuando al final, Spade la desenmascara, la desolación de Brigid es contagiosa, traspasa la pantalla. Es una desolación que afecta al espectador, de manera abstracta. De la misma forma que podemos sentir la decepción de Spade como una decepción nuestra hacia el mundo en general. Tengo claro que esto puede que me suceda a mi y no a otro espectador, pero en mi opinión no debo ser un caso tan aislado cuando la película ha alcanzado un puesto tan importante en la Historia. Tengamos en cuenta que por más que ahora la película sea un gran clásico, en el momento de rodarse ni Bogart era la estrella inmortal en la que se convirtió ni la película tenía mayor ambición que la de ser una modesta peliculita que iba a titularse “The Gent from Frisco”.

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Me gusta mucho la idea de que las verdaderas obras maestras del cine no se deben por entero a su autor o a un grupo de técnicos, sino a un algo misterioso que no se puede explicar, a una conjunción extraña de cosas de la que nadie es responsable directo. Yo creo que es el caso de El Halcón Maltés. La película adapta casi palabra por palabra, secuencia a secuencia, la novela y sin embargo la supera. La eleva a otro nivel. No sé cómo ni porqué, ni realmente quiero saberlo, porque eso es lo fascinante, no saberlo. Seguro que Bogart, Mary Astor, Peter Lorre y Sidney Greenstreet tienen mucho que ver pero hay algo más.

¿Qué es el cine? ¿Un argumento? Ahora pienso que esa ya no es la pregunta.