Archivos para Spoilers

Clásicos con fecha de caducidad

Posted in Movies with tags , , , , , on 18/09/2013 by insermini

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El Hombre Confuso nos trae una inesperada entrega de Todo Spoilers, dedicada a la Rom-Com ochentera, con una película que, francamente, nunca hubiera pensado ver por aquí: Al filo de la noticia (Broadcast News, 1987). La película está escrita, dirigida y producida por James L. Brooks, responsable de películas de éxito como La Fuerza del Cariño (1983) y Mejor Imposible (1997). A muchos os sonará su nombre después de verlo durante décadas en los créditos de Los Simpsons, serie de la que es productor ejecutivo.

Nos encanta que Confuso dé una continuación a su primera y tronchante colaboración en Todo Spoilers: Ladrón de Pasiones y aproveche la ocasión para abordar un tema que nos preocupa bastante últimamente: la terrible AMNESIA CINÉFILA, que como la NADA en La Historia Interminable amenaza con devorarlo todo. Seguir leyendo

Saca al psicópata que hay en ti: El justiciero de la noche

Posted in Movies with tags , on 15/02/2013 by insermini

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Death Wish (1974) fue un hito del cine setentero que generó encendidos debates en torno al hecho de que una persona cualquiera pudiera saltarse las leyes e ir por ahí exterminando a los malhechores que hacen de este mundo un lugar peligroso y horrible. Además de ser el mayor éxito del tándem formado por el realizador británico Michael Winner y Charles Bronson, la película tuvo el dudoso honor de ser la primera piedra en el subgénero “justicieros anónimos”, que después harían suyo los “action heros” de los ochenta. En esta nueva entrega de  Todo Spoilers os invito a que veáis conmigo este clásico del cine ultra, repleto de momentos WTF y pieza indiscutible de cultura pop contemporánea. Seguir leyendo

Trampa para turistas

Posted in Movies with tags on 08/08/2012 by insermini
Un extraño viaje de Judy Sheppard
Judy Sheppard, reportera y viajera incansable, encontró hace un par de años esta película, Una Vela para el Diablo (Eugenio Martín, 1973). Descubrió en ella el cruel retrato de las dos Españas, una es la que acusa y ejecuta, otra es la que calla y consiente. Y le pareció que era el reverso oscuro de la comedia del desarrollismo: Mientras los maridos perseguían al turismo minifaldero, las esposas, celosas y resignadas, se daban a la venganza sangrienta. Esa España negra la dejó tan impresionada que ha decidido contar esta película para todospoilers mientras descansa, tras una increíble aventura, en el norte de África.
 
La fotógrafa Laura Barkley (Judy Geeson) viaja hacia un pequeño pueblo castellano para reunirse con su hermana May, que se aloja en la pensión Dos Hermanas, regentado por la autoritaria Marta (Aurora Bautista) y la sumisa Verónica (Esperanza Roy).
May escribe artículos en una revista de Arte y lleva un par de semanas trabajando en el castillo local, que alberga un pequeño museo.
Las hermanas cocinan.
Marta se queja de la calidad del cordero que le han vendido, y de como las turistas visitan el castillo casi desnudas, “si él hubiese sabido que su destino era recibir estas visitas, sus piedras se habrían desmoronado“. Verónica le recuerda que ellas mantienen abierta la pensión gracias a estos turistas. Marta le responde: “Si para ganar más dinero es preciso que el demonio viva entre nosotras, no me interesa“.
Hablan de May, de como lleva al descubierto partes del cuerpo que siempre han ido tapadas. Y de que duerme hasta las tantas.
Oyen unos gritos en la terraza:”¡Así me gustan, desnuditas!“, “¡Mira hacía aquí, rubia!“.
Marta arrastra a Verónica hasta arriba.
May está tomando el sol en bikini mientras lee unos papeles. Los gritos vienen de un grupo de lugareños que están en la terraza de enfrente. Y parece que son invisibles para May.
Cuando Marta la ve, entra en cólera, la tapa con una sábana y la llama desvergonzada. Cree que quiere escandalizar al pueblo con su actitud y le pide que se marche de la pensión.
May le recrimina su locura mientras Verónica contempla la escena sin hacer nada.
Marta empuja a la rubia turista al interior de la casa con tal fuerza que tropieza y cae por las escaleras, rompiendo una vidriera por el camino.
Verónica le toma el pulso y certifica su muerte. Para ella ha sido un accidente. Para Marta en cambio “ha sido un castigo, un castigo de la providencia“. Y para demostrarle que está en lo cierto, le enseña un trozo de vidriera ensangrentado a su hermana, en el que se ve una espada.
Llaman a la puerta. Es Laura, que ya ha venido para ver a May. Mientras Marta esconde el cadáver y la maleta con sus cosas, Verónica la recibe.
Laura pregunta por su hermana. Le dice que se ha marchado por la mañana, sin decir adonde iba, y que se ha llevado todo. Laura se extraña, había quedado en reunirse en la pensión con ella. Alguien baja las escaleras. Es Marta, que ya lo ha recogido todo y ha dejado la habitación ordenada para la nueva huesped: “La habitación está lista para usted. El lema de esta casa es el orden” le dice.
No sabemos si esto que dice es del todo cierto, porque deja la puerta de la habitación donde está May abierta, y vemos que esta yace tirada en el suelo de cualquier manera.
Menos mal que Verónica está en todo y se apresura en cerrar bien antes de que Laura la descubra.
Mientras están arriba, Marta merodea por el patio buscando la forma de deshacerse del cuerpo. Tras un profundo ejercicio de observación, intentando encontrar posibles escóndites de cadáveres, decide que la mejor opción es incinerarlo en el enorme horno que hay en la cocina. Aprovechan para hacerlo cuando Laura va a dar una vuelta por el pueblo.
No les dice que aparte de hacer turismo intentará averiguar el paradero de su hermana, preguntando en el parador local, en las paradas de autobuses y en la de los taxis. Sus investigaciones no dan ningún resultado, claro.
Al día siguiente va al castillo y preguntando a los guías por May conoce a Eduardo, un buen amigo de su hermana.
Cuando Laura le dice que se ha marchado a Eduardo le parece raro, porque había quedado con ella. Aprovechan la conversación para ligar un poco.
Mientras Verónica sirve la comida en el salón, Marta observa tras los visillos de la ventana a posibles victimas que salen de un autobús que acaba de llegar al pueblo.
Entre ellas destaca Helen Miller que ofrece un gran espectáculo con un baño improvisado en la fuente de la plaza.
Verónica tiene un amante, veinte años más joven que ella. Se trata de Victor, camarero de la pensión, que la espera todas las tardes durmiendo desnudo en casa.
Verónica le entrega su cuerpo, y dinero de la caja, y Marta empieza a sospechar de los largos paseos por el campo de su hermana.
Pero Marta también da misteriosos paseos.
De vez en cuando va al río, a observar a unos adolescentes que se bañan desnudos.
Después de la sesión de voyeurismo, Marta parece autocastigarse, y en pleno extásis anda entre unas zarzas que le arañan todo el cuerpo y le destrozan la ropa.
Ya es de noche en el pueblo.
El asunto del río a Marta le ha subido el ánimo, porque se ha puesto el vestido de las bodas y una flor en el pelo. Y mucho maquillaje.
Cuando entra Verónica en la habitación, le recrimina que se haya puesto así para servir la cena, con el vestido que le regaló aquel hombre que la abandonó.
Aquí empieza una discusión de las hermanas sobre actitudes incorrectas: Que si falta dinero de la caja, que si Verónica se come con los ojos al camarero cuando se cruza con él en el pasillo… El enfrentamiento termina cuando llega Helen Miller después de haber estado bebiendo en el bar.
La actitud de Helen Miller es del todo incorrecta para Marta: Lleva shorts, provoca a los jóvenes del pueblo para que tropiecen cómicamente cuando pasan junto a ella, pasea en burro delante del bar del pueblo, se sienta sobre el regazo de los pensionistas de la plaza…
Marta todo esto lo observa a través de su ventana, y le dice a Verónica que la actitud de Helen bien merece un castigo como el que recibió May.
Y recibe su castigo, claro.
A la mañana siguiente, la fotógrafa Laura pregunta por Helen a las hermanas, que están haciendo las camas.
Marta le dice que se ha marchado temprano y que no volverá. Que preferían que se fuese, porque con su comportamiento estaba escandalizando al pueblo. Laura empieza a sospechar de tantas despedidas a la francesa y se lo hace saber a las hermanas, que le dicen que si no está contenta en la pensión puede irse. Y no se lo piensa dos veces.
Bajando sus cosas ve que en el salón hay una nueva huésped desayunando. Se trata de Norma. Con ella va su hijo de seis meses. Ha llegado hace un rato. A las hermanas les parecía raro que viajase sola con su hijo, pero ella les dice que el padre no ha podido acompañarles.
Laura se despide de ella. Pero antes de irse le ofrece su ayuda si necesita cualquier cosa. Ella se hospedará en el parador, donde también vive Eduardo, el amigo de May del castillo.
Laura, con tanta desaparición, ya no tiene casi tiempo de dedicarse a la fotografía. Cuando le comenta a Eduardo que Helen también se ha marchado, este le dice que la acompañó a la pensión después de haber estado con ella en el bar, y que tenía intenciones de irse pronto del pueblo porque no encontraba la “aventura” que le ayudase a vivir bien el resto del año.
Pero Laura no está contenta con la explicación de su amigo y se va a hablar con el alcalde, ya que en el pueblo no hay policia. Al alcalde tampoco le caen bien las dos hermanas, pero no puede abrir una investigación sólo porque alguien sospeche que están liquidando a las clientes díscolas.
Las hermanas reciben la visita de Beatriz, cotilla local. Esta llega con noticias frescas. Al parecer, Norma es madre soltera. Se lo han comentado en el estanco, donde Norma fue a comprar unas postales.
Por la noche, Norma queda con Laura. Laura le comenta todo lo relacionado con las desapariciones.
Le habla de que los rastros de Helen y de su hermana se pierden en el hostal, porque a pesar de que las hermanas aseguran que se fueron sin más, nunca llegaron a coger el autobús de vuelta a la ciudad. Norma la tranquiliza, pero Laura tiene miedo. Queda con ella en que la avisará cuando se vaya, cosa que hará en un par de días.
Cuando Norma regresa a la pensión encuentra su equipaje junto a la puerta. Y su hijo no está donde lo dejó.
Las dos hermanas están en la cocina. Al preguntar por lo que está pasando, Marta le dice que la echan por no haber sabido darle un padre a su hijo: “¡No sabes ni quien es! Parir fue fácil, porque paren hasta las perras!
Tras el forcejeo para arrebatar de las brazos de Verónica a su hijo, Norma recibe su castigo.
Laura llama a la pensión por la mañana para hablar con Norma y la historia se repite una vez más. Desde la casa le informan que Norma se ha marchado por la mañana temprano.
Al comunicárselo a Eduardo, en vista de que a él no le intriga tanto el tema de las desapariciones (“¿Quién es Norma?“- le pregunta), Laura decide recorrer hasta el último rincón de la casa para encontrar la verdad de lo que está pasando en la pensión.
Y merodeando, encuentra en el sótano unas enormes tinajas donde guardan el vino.
Sus investigaciones no dan ningún resultado, una vez más, porque una siniestra sombra la sigue por la casa y tiene que escapar por el patio, trepando por el muro.
Tanto crimen inquieta a Verónica. Así que va a visitar a su amante con un fajo de billetes y le pide que se marche del pueblo.
Hora de la comida en Dos Hermanas. Beatriz, la cotilla local, se atraganta mientras come en la pensión.
Su marido, que por suerte es el médico del pueblo, encuentra algo en el plato que rápidamente envuelve en una servilleta y se lo mete en el bolsillo.
Laura está decidida a seguir investigando en el sótano, donde las tinajas. Así que vuelve a pedir habitación en la pensión, después de disculparse por la discusión del otro día. Pero, por si acaso, esta vez va con Eduardo, al que presenta como su marido.
Marta la acepta de nuevo, pero a Verónica no le parece tan bien, cree que es ella la que estuvo la otra noche en la casa.
Por la noche llega de nuevo la hora de bajar de nuevo al sótano.
Esta vez va Eduardo, mientras Laura lo espera en la habitación. Eduardo hace el gran descubrimiento dentro de la tinaja (Norma)
pero Marta lo mata rápidamente ante la aterrorizada mirada de Verónica.
Y llega el gran final. Se descubre que lo que encontró el marido de Beatriz en el plato era un ojo humano.
Así que una turba de gente se dirige a la pensión Dos Hermanas para pedir explicaciones.
Mientras, en la pensión, Laura sale a reunirse con Eduardo en el sótano, pero Marta y Verónica la amordazan y atan antes de que dé un paso.
Ella, consigue escapar de los brazos de Verónica, que la tiene sujeta, y por suerte para ella,
la gente del pueblo, con el alcalde a la cabeza, llega a la casa justo antes de que Marta vuelva a convertirse en una vengadora.
Fin.

Ronald El Malo. Algo sobre angustia adolescente y “ESTRENOS TV”.

Posted in Movies with tags , on 03/07/2012 by insermini

Por Manolo BAngBAng

La noche del miércoles 23 de octubre de 1974 la televisión norteamericana emitió una de las TV movies más perturbadoras que se recuerdan, Bad Ronald (1974). Una tremebunda epopeya adolescente de terror psicológico producida por la factoría televisiva “Lorimar Productions“, a la que, como sabrán, debemos la existencia de grandes series como “Dallas”, “Falcon Crest”, “Con ocho basta” o “Flamingo Road” y, por tanto, de raros entes catódicos como Morgan Fairchild o Melissa Agretti .

 En España Bad Ronald se emitió en los primeros ochenta con el título de Ronald el malo e hizo lo propio con todos aquellos espíritus sensibles que asistieron a la función. Por su vocación abiertamente malrrollera, su impacto sólo es comparable al que provocaron las emisiones televisivas de otros títulos míticos del cine de horror como La residencia (1969, Narciso Ibáñez Serrador) o series como la genuinamente británica “La casa del terror” (1980, Hammer House of Horrors).

Dirigida por Buzz Kulik, realizador curtido en la edad dorada de la televisión norteamericana y uno de los putos amos de las “made-for-TV-movies”, Bad Ronald adapta la novela del mismo título obra del prolífico escritor de ciencia ficción Jack Vance, la cual firmó como John Holbrook Vance, su nombre de guerra en registros más cotidianos.

Para comprender la capacidad traumatizante de la adaptación rodada por Buzz Kulik es imprescindible ponerse cómodo en el sillón y disfrutar de esta nueva entrega de Todo Spoilers.

 

Ronald Wilby es un adolescente flaco y desgarbado que viste unas horribles camisas de cuadros y oculta su rostro tras unas enormes gafas de empollón. Vive en una confortable casa unifamiliar con su madre, una mujer divorciada que alimenta con tesón el complejo de edipo de su hijo. Posesiva y neurótica como la madre de Carrie White, la Sra. Wilby educa a Ronald a la luz de dos máximas: “aléjate de las chicas” y “algún día serás un gran médico“.

Ronald ama muchísimo a su madre y es un chico obediente, pero el día de su cumpleaños sale de su casa e intenta conseguir una cita con alguna de las chicas de su clase, bellas muchachas que se refrescan en una piscina.

Ellas se ríen de él y le dan largas.

Ronald no es nada popular y decide regresar al hogar materno. Pero el más puro azar está a punto de convertir su vida gris en algo negro como el betún de judea.

De camino a casa, Ronald tropieza con una niña rubia que circula en bicicleta. La niña, llamada Carol Matthews, cae al suelo y muy enfadada se ensaña con el timorato Ronald. Dice cosas horribles sobre él y su madre y le escupe que es muy raro, raro, raro.

Ronald, fuera de sí, empuja a la niña rubia…

…con tan mala pata que ésta se golpea con un bloque de cemento y muere desnucada.

Ronald llega a casa en estado de “shock” y le cuenta toda la movida a su madre.

El brillante porvenir del futuro hijo médico se tambalea, oscuras nubes se ciernen sobre él.

¡Y todo por culpa de una chica! La madre, astuta como es, urde un plan instantáneo para proteger a su hijo. Transforma uno de los baños de la casa en escondite, lo disimula con superficies de pladur y mete allí dentro a Ronald.

La policía llama a su puerta, Ronald fue visto en compañía de la fallecida Carol Matthews.

Con gran entereza, la madre les cuenta a los policías que su hijo ha huido de casa. “Ya saben, algo típico de muchos adolescentes“, les dice, y se queda tan ancha.

La policía deja de molestar y Ronald se acostumbra poco a poco a su nueva vida. Su madre le proporciona alimentos a través de la compuerta secreta de su escondite y le exhorta a que haga sus deberes de trigonometría y sus ejercicios físicos.

Ronald obedece, pero su carácter fantasioso y soñador empieza a manifestarse con fuerza. Sueña con un mundo heroico llamado Atranta en el que él asume el rol del Príncipe Norberto, intrépido héroe a la busca de la bella Princesa Fansetta.

Como pueden apreciar, a Ronald se le empieza a ir la olla; pero eso no es todo, porque empieza a cubrir las paredes de su cuchitril con enormes dibujos que elabora de los personajes de Atranta, dibujos difíciles de describir por las connotaciones de enfermedad que poseen.

Ya se nos había informado al principio de la película de una afección cardiaca de la madre y, como ya sabrán, cuando te proporcionan semejante dato en el mismo inicio de una historia empieza a percibirse un inconfundible aroma a muerte. Un día le dice a su hijo que debe marchar al hospital, no es nada grave, insiste, “sólo estaré fuera una semana”. Ronald está muy asustado y su madre le da lo que quiere ser un tranquilizador beso de despedida.

Por supuesto, la madre muere en el hospital y no regresa jamás. Ronald descubre la noticia por boca de los agentes inmobiliarios que irrumpen un día en el silencioso hogar.

Unos nuevos inquilinos se instalan en la casa. Un matrimonio y sus tres bellas hijas, tres ninfas rubias al estilo de “Las vírgenes suicidas”, aunque algo más respondonas.

Ronald, cada vez más sucio y trastornado (pero sucio a la manera de Espinete), permanece en su escondite. Antes de que la nueva familia ocupe el hogar, se dedica a agujerear todas las paredes de su cuchitril para poder desarrollar cómodamente sus futuras tareas voyeurísticas.

Sigilosamente, durante las ausencias de los nuevos inquilinos, visita su nevera en busca de alimentos.

En una de esas incursiones, la Sra. Schummacher, la típica vecina chunga y cotilla, lo sorprende, pero es tan espantosa la visión fantasmagórica de la cara sucia y desgreñada de Ronald que, nada más verlo, ésta cae fulminada.

Ronald se las arregla para enterrar en el sótano a la difunta Sra. Schummacher.

La nueva familia ya está totalmente instalada. Los padres están encantados con la nueva casa, pero Babs, la menor de las ninfas rubias, escucha extraños sonidos y no las tiene todas consigo. Sus dos hermanas mayores se ríen de ella por pava.

Se da la circunstancia de que la mayor de las tres sale con un chico sano y bien alimentado llamado Duane Matthews que resulta ser el hermano de Carol Matthews, la niña de la bicicleta a la que asesinó accidentalmente Ronald.

Durante una comida con la familia de su novia, sale el tema, se habla de Ronald Wilby, “antiguo” habitante de la casa, y se produce un silencio tan incómodo que todos pierden el apetito.

Ronald escucha todo esto desde su escondite y, más tarde, continúa con sus silenciosos hurtos domésticos. La locura y la suciedad siguen acumulándose en su rostro ya transfigurado. Mira por donde, descubre en la pequeña Babs, a la personificación de la Princesa Fansetta. La homenajea en uno de los murales que pinta en las paredes de su zulo y le dedica otro dibujo, de muy mal rollo, a Duane Matthews, al que representa como una figura sin brazos, de pelo encrespado y pecho sangrante. La locura gana terreno.

Los padres andan algo inquietos con la casa, sobre todo la madre, pero por exigencias del guión deben abandonar el hogar durante unos días y dejar completamente solas a sus tres hijas.

Ronald aprovecha la ocasión y se deja de tonterías. Coge el mural de la Princesa Fansetta y con un par de huevos lo cuelga con unas chinchetas en la habitación de Babs. La niña, sola en casa, entra en su habitación, ve el horroroso dibujo y, como es natural, se le escapa un grito de terror primitivo, o como diría Poe, le invade un profundo sentimiento de horror.

Ronald, escondido tras la puerta, decide presentarse.

Finalmente se ve obligado a llevar a Babs al lugar donde enterró a la Sra. Schummacher. El sótano parece el taller de bricolaje de la familia de Leatherface, un sitio oscuro, húmedo y hediondo de cuyo techo cuelgan dos muñecas de plástico ahorcadas. Ronald deja allí a Babs/Fansetta y regresa a su escondite.

Las otras dos hermanas, acompañadas de Duane, llegan a casa y descubren la desaparición de la pequeña. Temen que haya sido secuestrada por dios sabe quién.

Llaman a la comisaría y se persona un policía que tras escuchar a las hermanas y encontrar una ridícula nota de huida supuestamente garabateada por Babs les dice que no se preocupen, que “todo esto es algo típico de muchos adolescentes“, y se queda tan ancho.

Tras la prescindible labor policial, las dos hermanas se sienten decepcionadas y deciden salir en busca de Babs. Le dicen a Duane que permanezca en casa por si regresa.

Duane se acomoda en el sofá y se dispone a disfrutar de un buen partido de béisbol.

Ronald aparece a su espalda, silencioso como una mamba negra. Duane disfruta ya del partido. Ronald coge un pesado candelabro, lo envuelve con una servilleta (educado es un rato) y atrapa a Duane con facilidad.

Las dos hermanas regresan. La casa está vacía y revuelta. Se temen lo peor. Duane no está, Ronald lo tiene amordazado en su cuchitril.

Se escuchan ruidos de forcejeo. Duane intenta derribar a Ronald. Babs golpea también en el sótano. Duane golpea más fuerte. Las dos hermanas, aterradas, se aproximan al lugar del que proceden los ruidos.

A través de un agujero practicado en la pared, una de ellas vislumbra uno de los desorbitados ojos de Ronald, el invitado oculto.

Un dispositivo policial de varios vehículos rodea la casa y pone fin a la subterránea existencia de Ronald Wilby.

Nota: una primera versión de este Todo Spoilers apareció publicada en el segundo número del fanzine Un día en la vida de Jonas Mekas, durante el verano de 2010.

¡Grita, linda Peggy!

Posted in Movies with tags , , on 03/06/2012 by insermini

Estoy encantado con esta nueva entrega de Todo Spoilers porque rinde homenaje a todas esas TV-Movies de terror facturadas por la televisión americana en los años 70 que aquí veíamos en Estrenos TV o programas similares con unos años de retraso. Auténticas joyas del misterio que aterraron a la audiencia en su día y que hoy duermen en un limbo televisivo. Scream Pretty Peggy, la película que os voy a contar fue emitida por el canal ABC dentro del espacio Movie of the Week y aunque Bette Davis figura como el reclamo principal, en este caso, tratándose de una película de terror el mayor atractivo para mi es encontrar en los créditos el nombre de Jimmy Sangster, guionista especialmente conocido por sus guiones para la Hammer. En Scream Pretty Peggy comparte créditos con otro guionista pero la trama, una historia truculenta y deliciosamente macabra recuerda a títulos suyos inolvidables como Paranoiac y Taste of Fear.

Espero que os guste la película, no faltan los giros, las sorpresas y los sustos. Yo confieso que he tardado mucho en verla del miedo que daba su increíble título: ¡Grita, Linda Peggy! Atención, porque la sesión empieza. Apagad luces, encended cigarros, canutos, lo que sea…

Ya en los primeros segundos la inquietud se apodera de nosotros. Así de pronto somos testigos de una escena muy misteriosa. En plena noche una chica con una maleta sale de una casa. Por como se mueve está claro que es una huida furtiva. Se dirige al garaje pero – ¡cuidado!- una ventana se ilumina de pronto.

Dentro del garaje se sube en un coche. La chica está nerviosa y no consigue arrancarlo. Nos ponemos nerviosos también y  por si el viento y la música no dieran ya bastante mal rollo de pronto una figura se recorta en la oscuridad de la noche.

La chica se asusta pero cuando vuelve a mirar la mujer con camisón ha desaparecido. Decide probar con el otro coche que hay aparcado fuera.

Pero la puerta no se abre y se oyen unos ruiditos detrás de ella:

El plano de la muerta se funde con otro plano de una chica en bicicleta y empiezan los créditos: SCREAM PRETTY PEGGY

En el paseo hay gente con pinta de estudiantes. No se ha filmado aún pero estos planos son muy Carrie.

La chica de la bici tiene una cabellera morena realmente admirable. ¿Será Peggy? Aún no lo sabemos, pero empezamos a conocerla un poco. Con muchas prisas se dirige al Servicio de Empleo Estudiantil y no le importa colarse para solicitar con gran energía un puesto de trabajo. Quiere ser guardiana en la casa de los Elliot.

El trabajo está tan mal pagado (75 céntimos/hora) que nadie lo quiere pero eso a ella no le importa y se lo queda. Se va de allí eufórica, más contenta que unas castañuelas.

Sin perder un segundo, la chica pedealea colina arriba y llega a una bonita casa. Pero un plano nos inquieta:

La ventana que se iluminó la noche del crimen.

La chica se impacienta pero por fin alguien acude a la puerta.

Mrs. Elliot en persona se dirige a ella y la conversación desconcierta a la chica. Ella esperaba al señor Jeffrey Elliot, no a esta anciana. La inconfundible voz de Bette Davis le dice que sin duda se trata de un error. Jeffrey es su hijo pero no necesitan a nadie. “Lo siento, querida, pero has venido hasta aquí para nada.”

Por detrás oimos una voz masculina. Jeffrey aparece y dice que es él quien puso el anuncio. Eso disgusta a la madre, que desaparece repitiendo que no necesitan a nadie.

Ya dentro de la casa la chica y Jeffrey hablan de las condiciones del trabajo. Un par de horas al día bastarán. La casa es muy grande y su madre está mayor para atenderla. Después de renegociar el salario ella acepta quedarse.

Ella dice que nunca había estado en una casa tan preciosa y se muestra contenta de que sólo la habiten él y su madre aunque de pronto hace una extraña pregunta:

¿Tendré que ocuparme también de la habitación de encima del garaje? (La ventana!!)

En absoluto. De esa habitación me encargo yo.

La conversación toma derroteros más personales. Él le dice que es escultor y ella admite saberlo ya. Es más, vio una exposición suya en Nueva York que le impresionó tanto que la decidió a estudiar en la Escuela de Bellas Artes. Mientras ellos hablan de arte y de cosas elevadas una panorámica recorre la casa. El plano termina en Mrs. Elliot, que escucha la conversación con evidente preocupación.

La noche ha caído. Fuera sopla el viento y vemos las ventanas que hay arriba del garaje.

La chica -seguimos sin saber su nombre- se ha quedado trabajando. La vemos ponerse una chaqueta y cuando pasa por el salón se detiene ante la fotografía de una chica rubia.

¡Es Jennifer!

Lo dice Mrs. Elliot, que aparece entre las sombras portando una taza en las manos.

¿Quién es? ¿Es la novia de Jeffrey?

La pregunta sale de la boca de la chica espontánemente. Parece asustarle más esa idea que la fantasmal aparición de Mrs. Elliot.

Entonces Mrs. Elliot le habla de Jennifer. La hermosa Jennifer es su hija, la hermana de Jeffrey. La foto es de unos años atrás, cuando aún vivía con ellos y daba alegría a la casa con su presencia. – Ahora está en Europa– dice Mrs. Elliot sin mucha convicción.

Mrs. Elliot vuelve a decirle que debería buscarse otro trabajo en la ciudad pero la chica hace oidos sordos y promete volver al día siguiente. Mientras tanto descubrimos algo más sobre Mrs. Elliot.

Es alcohólica.

Fuera, la chica coge la bici y se va, la cámara sube y enfoca “la ventana”, hay luz en ella y se recorta una silueta misteriosa.

Al día siguiente al ir a trabajar un coche se pone a seguir a la chica. Ella lo esquiva y lo observa alejarse algo mosqueada..

La chica le lleva el desayuno a Jeffrey, que se encuentra en el estudio preparando nuevas esculturas. Además de café le ha preparado un pastel de zanahorias y nueces muy nutritivo. Él se hace el interesante pero lo acepta todo encantado. Mientras come ella se pone curiosear y a admirar las esculturas que hay por ahí. (Quiero ser objetivo pero no puedo evitar decir que a estas alturas ella me parece una entrometida y una repelente).

Después se pone a hablar de ella misma y de sus aspiraciones.

Todavía no sé si valgo como artista, pero sé que quiero crear algo bello y que cuando la gente lo mire se sienta bien y diga “Peggy Jones” creó eso.

Además de cansina es egomaníaca pero al menos ya sabemos que ella es la Peggy del título. (¡Ojalá se te aparezca la mujer del camisón, Peggy!)

De pronto una escultura atrae su atención:

Es tu hermana Jennifer, ¿verdad?

La escultura da mucho miedo pero a ella le encanta. Interroga a Jeffrey sobre Jennifer.

Vive en Florencia– dice él.

¿Está casada?.

No… lo sé.

Venga ya, ¿No sabes si tu propia hermana está casada?

Oh bueno, ella quería casarse, por eso se marchó, para reunirse con su hombre.

Él, visiblemente incómodo, zanja la conversación diciendo que debe continuar trabajando pero Peggy insiste en quedarse a mirar.

Él se pone a lo suyo y Peggy vuelve a hablar de sí misma. Que si mis compañeras de piso son un desastre, que si no tengo dinero… Entonces, al darse la vuelta:

¡El horror!

¿Pero qué es esto? – Grita Peggy espantada.

Intentaba hacer el retrato definitivo del Mal. Creo que fracasé.

(No hace falta que lo digas, Jeffrey, son las esculturas más feas del mundo.)

Verás Peggy, el artista debe despertar emociones en la gente, sean del tipo que sean.

La reflexión de Jeffrey es muy profunda para que la pequeña Peggy pueda entenderla y mira las esculturas con preocupación.

Decide salir de allí.

En la cocina Mrs. Elliot acusa a Peggy de haber estado molestando a Jeffrey. Pero eso no le quita la sonrisa y Peggy se ofrece a limpiar las habitaciones de arriba del garaje.

No debes entrar allí, ¡nunca! ¿No te lo dijo Jeffrey?

Claro que se lo había dicho pero no sabemos si Peggy se hace la tonta o acaso está en la casa para investigar algo por su cuenta…

De nuevo el coche misterioso aborda a Peggy esa noche. Un hombre sale del coche y responde a las amenazas de Peggy de denunciarle a la policia presentandose muy educadamente como el señor George Thornton. Quiere saber cosas sobre los Elliot. Su hija Agnes estuvo trabajando para ellos y un día ya no supo nada más.

Al día siguiente se lo cuenta a Jeffrey. Él se hace el sueco aunque reconoce que Agnes trabajó en la casa unos meses atrás. – Se fue sin dar explicaciones… De pronto, llega un estruendo desde otro lugar de la casa.

En la biblioteca, Mrs. Elliot se ha caído de la silla al ir a rellenar de alcohol su taza.

Afortunadamente no se rompe nada pero debe guardar reposo varios días. Peggy aprovecha astutamente la coyuntura para instalarse en la casa. Insiste en que ahora la necesitan aún más. A Mrs. Elliot no le hace ninguna gracia.

Mientras curiosea por la habitación a Peggy le impresiona encontrar una pistola en la cómoda.

– Es para protegernos. Estamos tan aislados del mundo en esta casa.

La primera noche en la casa Peggy va descubrir algo más…

La puerta del garaje da portazos a causa del viento. Peggy despierta y decide ir a ver..

¡Horror! La mujer del camisón blanco aparece de pronto y cierra la puerta. Arriba, en la ventana, hay luz.

Al día siguiente Jeffrey hace un boceto.

Peggy entra la habitación. Esa mañana no está de buen humor, algo le pasa. Jeffrey lo nota y le pregunta.

– ¿Quien es la chica que vive arriba del garaje? La vi anoche…

– No consigo entender porqué escondes a tu novia. ¿Por qué no me lo dijiste?

(Tiene el corazón roto.)

Jeffrey se lo piensa un poco pero al final confiesa:

No es mi novia, Peggy. Es… Jennifer.

Conque es eso. Ahora Jeffrey se sincera y le cuenta a Peggy la verdad sobre Jennifer.

Jennifer es una enferma mental sin remedio. Empezó a deambular sola por ahí y después empezó a volverse agresiva. Sus episodios de violencia terminaban en largos encierros en su habitación en los que no quería ver a nadie. Los médicos aconsejaron su internamiento en un centro pero esos sitios son tan terribles que prefirió tenerla en casa.

A Peggy le conmueve la historia de Jennifer pero le preocupa que Jeffrey cargue con esa responsabilidad.

Madre siempre fue una borracha. Jennifer y yo nos criamos prácticamente como dos huérfanos. Sólo nos teníamos el uno al otro.

A Peggy se le queda esta cara:

Alguien llama a la puerta. Terminan las confesiones.

Es el señor Thornton. Quiere saber qué pasó con su hija. Es un hombre tranquilo, tampoco le pone muchas ganas a la investigación y parece no advertir que Jeffrey se ha puesto bastante nervioso. Especialmente cuando menciona una carta que le escribió su hija diciendole que en la casa de los Elliot suceden cosas muy extrañas.

Para tranquilizarle Jeffrey le enseña la habitación donde se quedaba Agnes, él sin embargo se interesa más por la habitación de arriba del garaje. En la carta su hija dijo que había algo terrorífico en ella.

– Oh, en ella sólo hay cosas de mi trabajo. ¿Soy escultor sabe?

– ¿Podría verla?

– No dejo entrar a nadie allí, lo siento.

El señor Thornton se va de allí bastante mosqueado. Jeffrey por su cuenta se muestra alterado y elude hablar con Peggy. Se retira a trabajar y no desea ser molestado- dice.

La pobre Peggy se queda con la bandeja del almuerzo en la mano. Abatida, mira el retrato de Jennifer.

Música tenebrosa. Peggy sale de la casa con la bandeja y se planta en la puerta de la habitación maldita.

– ¡Jennifer! Soy Peggy. Trabajo aquí y me gustaría ser tu amiga. Dejo en el suelo una bandeja con el almuerzo por si te apetece.

Jennifer no se muestra ni dice nada.

Más tarde Peggy le cuenta a Jeffrey lo que ha hecho y que quiere ser amiga de Jennifer. Quizá pueda ayudarla- dice. Jeffrey empieza a hartarse. Le dice que se olvide.

Para colmo su madre también le agobia.

– Peggy cocina muy bien y es encantadora. Me recuerda a Agnes. ¿No te parece?

Lo mejor le espera  bajo. Peggy le enseña una escultura suya y quiere saber su opinión.

Oh, ¿La has hecho tú? No está nada mal, Peggy.

Cae la noche en casa de los Elliot…

… y el señor Thornton llega con un destornillador. Parece decidido a descubrir qué secreto esconde la habitación misteriosa.

Aquí sucede lo que os imagináis. La curiosidad mató al gato y la mujer del camisón aparece de pronto y acuchilla al señor Thornton.

Peggy empieza el nuevo día con una sonrisa.

Cuando va al garaje a sacar el coche está cerrado con candado. Qué raro.

En el estudio Jeffrey trabaja frenéticamente en una nueva escultura de esas tan feas sobre el Mal. Cuando le pide la llave del candado Jeffrey le dice que se olvide, el coche lo necesita él ese día. Está sombrío y Peggy se da cuenta.

Al salir se encuentra a Mrs. Elliot en las escaleras.

Quiere dar una vuelta por la casa pero Peggy la obliga a volver a la cama.

Entonces tienen una larga conversación. Mrs. Elliot vuelve a decirle a Peggy que debe irse.

¿Porqué me dice siempre eso? Es por Jennifer, ¿no?

Peggy dice que ya sabe que Jennifer está loca y que vive en la casa.

Me gustaría ser su amiga. – dice Peggy.

Cuando se le pasa el ataque de risa Mrs. Elliot se pone seria y le dice a Peggy:

Yo sé lo que estás buscando. Quieres cazar a mi hijo y llevartelo.

Tú riete Peggy pero todos sabemos que la señora Elliot tiene razón.

 ¡Estás despedida!

Peggy corre a contarle a Jeffrey que su malvada madre la ha despedido.

– ¿Por qué?- dice él.

– Dice que voy detrás de ti.

– ¿Y es cierto?

No. Mi madre siempre me dijo que no está bien que las chicas persigan a los hombres.

La jugada le sale bien a Peggy. Jeffrey le dice que no se preocupe y que hablará con su madre.

Esa noche Peggy regresa tarde de la universidad y al dejar la bici:

¡Las gafas del señor Thornton!

(Menos mal que el señor Thornton grabó en ellas su nombre en letras bien grandes).

Peggy recuerda que dijo que se alojaba en el Hotel Riverside, así que telefonea inmediatamente y pide hablar con él.

El señor Thornton lleva dos días sin venir al hotel.- dice una voz.

Peggy empieza a temer lo peor. Se asoma al garaje y ve dentro el coche del señor Thornton. Recorre la casa en busca de Jeffrey. Incluso lo busca en la habitación de Jennifer. Finalmente irrumpe en la habitación de Mrs. Elliot preguntando donde está.

La anciana Mrs. Elliot insiste en saber porqué está tan alterada.

– Se trata del Sr. Thornton.

La señora Elliot en lugar de tranquilizarla solo consigue crisparla aún más gritándole: ¡Deja la casa! !Ahora!

– Es por Jennifer ¿No es así? Es peligrosa. No me iré hasta descubrir qué está pasando.

– Entonces morirás, como le pasó a Agnes– parece decir Mrs. Elliot con la mirada.

Mientras tanto, Jeffrey está en el estudio trabajando…

Sobran las explicaciones.

Peggy sigue inquieta merodeando por la casa.

Cuidado Peggy. Jennifer acecha.

– Hola Jennifer.

A punto de morir acuchillada, Peggy huye despavorida. Por fin oímos gritar a la pequeña y preciosa Peggy.

No se le ocurre otra cosa que refugiarse en la casa.

En las escaleras, por fin encuentra a Jeffrey:

– Oh, ¡Jeffrey! Jennifer ha inentado matarme.

– ¿De qué hablas?

Mientras intenta consolarla aparecen Mrs. Elliot y su taza.

– ¡Qué pasa aquí!

– Nada mamá. Yo me encargo.

– Dejala en paz, ¡Jeffrey! ¡Déjala ir!

Pero ahora que por fin está en los brazos de Jeffrey Peggy no piensa irse.

Él le sirve un licor para que se calme y ella se pone a hablar de lo del coche del señor Thornton escondido en el garaje y de lo de Jennifer. Jeffrey se hace el tonto y por fin parece que Peggy duda de él. Madre lo observa todo desde arriba.

Los argumentos de Peggy son muy sólidos y Jeffrey decide que es posible que Jennifer haya asesinado al señor Thornton. Se levanta de pronto y decide ir a ver a Jennifer para interrogarla. Peggy corre detrás.

– ¡Ten cuidado, Jeffrey!

– Sé como manejarla, tranquila.

Oímos a Jeffrey llamar a Jennifer.

– Nada de esto hubiera sucedido si no hubieras venido.

– ¡Mrs. Elliot! Usted parece no entender nada. ¡Es muy posible que su hija haya matado a Agnes y a mucha más gente!

Oímos una puerta abrirse. Jeffrey entra en la habitación de Jennifer.

Desde fuera se oye la conversación. Sólo habla Jeffrey, que le dice a Jennifer que está preocupado y que esto no puede continuar así. Fuera Peggy está muy inquieta. Teme por su hombre.

Por eso cuando él dice: ¡Jenni! ¿Qué vas a hacer con eso? ¡Apartate de mi! seguido de un ¡¡Aaaaaah!!  sube hacia allí corriendo.

Pero enseguida aparece Jeffrey otra vez:

– La he matado. Jennifer ha intentado acuchillarme.

Cuando Peggy intenta llamar a la policía Mrs. Elliot se lo impide.

– Fue en defensa propia. ¡No le pasará nada a Jeffrey!

  Ok, pero ¿Por qué no vas y le dices a Jeffrey que vas a llamar a la policía? Anda, ves…

Peggy le hace caso y se va corriendo a la habitación de Jennifer.

– ¿Jeffrey?

– ¿Jeffrey?

En la habitación de Jennifer no está así que va a buscarlo al estudio.

– ¿Jeffrey?

– ¿Jeffrey?

– Hola, soy Jennifer.

Suena un disparo.

Mrs. Elliot ha cambiado la taza por la pistola.

Antes de morir Jeffrey se arrastra hasta la escultura de Jennifer.

La abraza y juntos caen al suelo.

Dentro de la escultura: un esqueleto.

Momento para la explicación final:

Jeffrey quería mucho a Jennifer. No podía asumir que se había enamorado y le iba a abandonar. Por eso la mató. Puso su cadaver dentro de su estatua y él se convirtió en Jennifer. Los mismos celos enfermizos hicieron que Jennifer matara a Agnes cuando él empezó a enamorarse de ella.

– ¿Comprendes ahora por qué me paso el día borracha?

Conociendo a Peggy, lo único que le importa de todo este asunto es que se ha quedado sin novio escultor.

FIN

La Monja Homicida

Posted in Movies with tags , on 12/03/2012 by insermini

En Killer Nun (Suor Omicidi), una producción italiana de 1979  Anita Ekberg interpreta a Sor Gertrude, una monja bastante trastornada que lucha contra los delirios de su mente para mantener su fé en Dios. Junto a ella la sensual Paola Morra y el icono pop Joe Dallesandro. La película fue un éxito en muchos países europeos pero en Italia fue retirada de los cines a las dos semanas de su estreno. A la Iglesia no le gustó ni su contenido ni el escandaloso reclamo que rezaba en el poster: “De los archivos secretos del Vaticano“. Sin más dilación os contamos enterita La monja Homicida, una “nunsploitation” facturada en el país más católico del mundo.

Las monjas se entregan a los oficios religiosos mientras de fondo oimos sus voces entonando salmos. Durante la escena de los créditos la acción se detiene en los confesionarios, donde una monja se confiesa.

No puedo perdonarle padre. No puedo. Dice la monja con una voz que da bastante miedo. El padre confesor le dice que es su deber como religiosa perdonar, que ese hombre lleva muerto años y que debe incluso rezar por su alma. Ojalá esté en el infierno, dice ella. Sólo de pensar en lo que me hizo, hace que quiera vengarme en todos los hombres. Todo esto escandaliza al cura, que le advierte a la monja que ha perdido su estado de gracia. No puedo absolverte, dice.

Una alegre Anita Ekberg cruza el plano mientras va gritando que ya es hora de levantarse. Unas voces le contestan: Buenos días, hermana Gertrude. Ella entra en una habitación y descubrimos que estamos en un geriátrico. Los pacientes dicen cosas de viejos verdes y bromean con la hermana. Ella hace como que no le gusta pero por lo que se ve hay muy buen rollo.

Gertrude acude a la consulta de cirugía donde el médico trata a un paciente con una enorme pústula.

Traigame el escapelo, hermana Gertrude. Dice el doctor. Ella acude diligente a por el instrumento, pero entonces algo ocurre.

Mosqueado por su tardanza, el doctor protesta.

– ¿Qué pasa contigo esta mañana?.

– Usted sabe bien lo que ocurre, doctor.

– No puede estar sufriendo a causa del post-operatorio.

– ¡Es cáncer!, doctor, ¡Es cáncer!

Gertrude dice que avisará a la hermana Mathieu para que la sustituya.

En ese momento la hermana Mathieu (Paola Morra) atiende a Peter, un paciente que no se corta en decirle que está demasiado buena para ser monja. Ojalá pudiera verla en bikini, dice.

Una vez liberada de la desagradable consulta de cirugía Gertrude se dispone a cambiar las bolsas de goteo de los pacientes. Pero entonces, de nuevo, se bloquea.

Desposeído de la bolsa, el paciente agoniza y Gertrude lo observa ensimismada. De nuevo el doctor interviene y recrimina duramente a la monja.

En el pasillo, el doctor lamenta el comportamiento de Sor Gertrude, que durante 10 años ha sido ejemplar.

– ¿Por qué se comporta así?

– No estoy bien doctor.

Según el doctor, los últimos chequeos que le han hecho demuestran que todo está bien. Aunque no lo han dicho claramente deducimos que a la monja le extirparon un tumor recientemente.

– Sufro terribles jaquecas, cambios de humor repentinos y pierdo el control de lo que estoy haciendo. Veo borroso. ¡Necesito más morfina!

El doctor prácticamente la acusa de ser una drogadicta y afirma que todos sus síntomas no son más que bobadas. Se niega a darle morfina y también rechaza su petición de ser ingresada y puesta en observación.

– Hablaré con la madre superiora, pues.

– Haga lo que le parezca mejor.

Gertrude llama por teléfono a la madre superiora (Alida Valli) y no tiene más exito que con el doctor. La conversación se puede resumir en pocas frases: “Los informes médicos dicen que está usted bien. Y en cuanto a su sufrimiento, hermana Gertrude, debe saber que la vocación de una monja es sufrir”.

– ¡Perra!

En el siguiente plano, un misterio.

La hermana Mathieu roba un documento en una sala oscura.

Al día siguiente la hermana Gertrude lee la Biblia mieentras los internos comen. Cada uno lo hace según sus idiosincrasias. Unos sorben la sopa ruidosamanente,  otras mastican con la boca abierta…

…pero lo que más le repugna es una señora mayor que tiene la dentadura metida en un vaso de agua.

Tanto asco le da que hace esto:

La señora se echa a llorar.

Los demás se quedan alucinando. Consciente de que ha sido un poco bruta, Gertrude intenta consolar a la anciana pero es tarde y se lía una buena en el comedor.

Algunos llaman a gritos a la hermana Mathieu.

Lo que no saben es que la hermana Mathieu sigue con sus misterios y en ese momento está quemando una radiografía en el baño mientras Peter y otra enfermera la espían.

Por la noche descubrimos que las hermanas Gertrude y Mathieu duermen en la misma habitación separadas tan sólo por una vaporosa cortina de hilo. Aunque lo más sorprendente es descubrir que hay monjas que duermen desnudas.

Entre lágrimas, Gertrude se sincera con Mathieu y le dice que está muy sola. “En este hospital todos me odian, hasta los pacientes. Quizá incluso tú”. Conmovida, Mathieu abandona el lecho.

Las dos amigas se sinceran.

Para darle ánimos la hermana Mathieu le dice que ha quemado las radiografías en las que el doctor basaba sus opiniones y le asegura que sin ellas tendrán que hacerle nuevas pruebas.

– Tomarán en serio tus problemas de salud.

– ¿Te has vuelto loca?

– No. Te amo, hermana Gertrude. Siempre te he amado.

El timbre del teléfono interrumpe las confidencias. Mathieu atiende la llamada.

– Es el Dr. Poirret. Quiere que vayas inmediatamente. La señora Josephine está en coma. 

Así pues, la anciana de la dentadura está muy mal. Ver a la monja pisotear su ortodoncia ha sido demasiado para su corazón.

El doctor le pide a Gertrude que prepare el equipo de reanimación  rápidamente pero esta en lugar de hacer nada se queda fuera y se pone a contar muy despacio: 1, 2, 3, 4 …

Cuando llega a doce vuelve a entrar. La anciana está muerta.

El doctor critica a Gertrude por su ineficiencia y muy disgustado, sale de la habitación. La hermana aprovecha la coyuntura para registrar las cosas que la muerta guardaba en el cajón. Entre unas galletas saladas Tuc y otras porquerías de vieja encuentra un anillo.

Atormentada por su comportamiento Gertrude habla con Dios.

Le dice que la perdone, que no es ella la que comete todas esas maldades. Es por culpa de sus problemas de salud. Si tuviera morfina, nada de esto pasaría. La hermana Mathieu aparece de pronto y le dice que se olvide de la morfina, que el doctor no le recetará más.

– Entonces la compraré fuera.

– ¿Cómo? No tienes dinero.

Entonces Gertrude le muestra el anillo.

– Es un anillo de mi madre. Lo guardaba para tí, Mathieu, pero ahora ya no podré dartelo.

Viaje a la ciudad para comprar morfina. Suena una música alegre.

A la hermana Gertrude el cambio de aires le sienta muy bien y después de vender el anillo se va a un bar a tomarse un copazo.

El camarero la trata de Madame y le pregunta qué desea. El diálogo no tiene desperdicio.

– Oh, es tan agradable ser tratada como una señorita. Creo que empezaré con un… hombre.

– ¿Disculpe?

– Uh! Un coñac.

Liberada de los hábitos y de las represiones del hospital, se permite un cigarrito.

Y claro, lo siguiente es pensar en los hombres. Pasa revista a los que están en el bar.

Un señor con barba le hace gracia, pero lo descarta porque va acompañado. Se fija en un hombre solitario que hay en la barra.

Empiezan las miraditas y ella responde subiendose un poco la falda.

Vuelve la música alegre. Salen a la calle y aquí hay un plano en el que un extra mira a cámara descaradamente hasta casi detenerse, no una sino dos veces. Es el señor de la izquierda con la chaqueta negra.

El coqueteo continúa en la calle. Juegan un poco al gato y al ratón pero no tardan en refugiarse en un portal.

La música alegre alcanza sus notas más altas y para nuestra sorpresa el coito se consuma sin que haya crimen.

Otra vez en el convento/hospital Gertrude acaricia un sujetador negro que se ha comprado en la ciudad.

Después de dejarle un regalito bajo la almohada a la hermana Mathieu descubrimos que ha aprovechado bien el tiempo y se ha hecho con un buen alijo de morfina. Lo esconde en el cajón de la cómoda, bajo la Biblia, claro. ¿Dónde si no?

Pero los desmanes de Gertrude son ya la comidilla del hospital y el propietario del hospital se atreve a censurar su comportamiento de las últimas semanas. Ella se crece ante la adversidad y dice que sólo admite críticas de la madre superiora y que si alguien es un desastre es el doctor Poirret. Está mayor y anticuado. Tiene que echarlo.

En la habitación Gertrude se arrepiente en voz alta de sus duras palabras sobre el doctor y agitada por el remordimiento se abalanza sobre la cómoda.

– Dame la absolución, Señor.

Una música de sitar nos anuncia que la hermana Gertrude ya está colocada. Cae al suelo y empiezan las visiones.

En su delirio parece evocar la intervención quirúrgica a la que fue sometida. (Aquí aviso que evito los frames más gore). Que si una incisión. Una vieja con sombrero demasiado maquillada. Gertrude y un muerto en bolas sobre una camilla. No entendemos nada.

Un paciente descubre a la monja en el suelo y la traslada a la cama.

¿Y qué consigue el buen hombre? Que le golpeen en la cabeza y que lo tiren por la ventana.

La primera en asomarse a la ventana es la hermana Mathieu mientras que bajo la primera en socorrer al muerto es Gertrude. ¿Qué pasa aquí? Entre el trip de la monja y la narrativa algo confusa no podemos afirmar nada.

En las ventanas, caras de susto.

Todos piensan que ha sido un suicidio. No te preocupes, nunca sabrán la verdad. Le dice la hermana Mathieu a Gertrude. 

– ¿De qué hablas? Fue un suicidio.

– Esto estaba en la lavandería. Menos mal que no lo vio nadie. Es un velo y lleva tus iniciales. Lo quemaré.

Gertrude se lleva las manos a la cabeza y grita: “Dios mío, ¿pero qué he hecho?

Al día siguiente el doctor Poirret aborda a Gertrude en el pasillo. Le dice que le han despedido y que la echará de menos. Es usted la mejor colaboradora que he tenido.

Por su expresión está claro que se siente culpable. Se asoma a una ventana para tomar aire. Melancólica, observa como los internos aprovechan el buen tiempo. Bailan y hacen el tonto.

De pronto se forma un gran revuelo. Algunos internos rodean a un hombre.

Es Joe Dallesandro, el nuevo doctor. La hermana Getrude dispersa al grupo y disculpa su comportamiento. Son como niños malcriados. Dice. Y haciendo gala de su autoridad le pide a la hermana Mathieu se los lleve y que organice un juego para entretenerlos.

La hermana Mathieu le comunica que han decidido jugar al juego de la verdad y que la primera pregunta es para ella. Peter le hará la pregunta.

¿Por qué mató a Jeanot? (el hombre que supuestamente se tiró por la ventana).

La hermana Gertrude no encaja bien la pregunta y pone fin al juego. Al dispersarse, el grupo la mira como si fuera una asesina.

Al cabo de un rato estalla una tormenta y la hermana, que se ha demorado en el jardín, presencia una escena lujuriosa.

La silla de ruedas no impide a un anciano practicar sexo con una mujer que trabaja en el hospital. Gertrude se santigua. El audio nos recuerda la confesión del principio cuando una monja decía eso de: “Le veo a él en cada hombre. No puedo controlarme.” Vemos una mano con guantes rosa y unos algodones…

La misma mano que a continuación le llena la boca de algodones al anciano.

Esa noche Gertrude despierta atormentada. Mathieu acude a su cama para consolarla.

Pero Gertrude no está de humor para insinuaciones lésbicas y se refiere a la hermana Mathieu como “prostituta de la peor calaña“.

También la acusa de ser una lesbiana de pacotilla: He visto cómo te comportas con el nuevo doctor. ¡Perra!

Después le pide que mire debajo de su almohada. Allí encuentra el regalo que le trajo de la ciudad. Son unas medias de seda. Obediente, Mathieu se las pone.

– Sólo puedo hacer el amor con una mujer si lleva unas medias de seda. Asegura Gertrude.

No sabemos con certeza si las monjas han tenido sexo o no porque la escena termina y ya de día vemos a Joe Dallesandro en su despacho. Mathieu entra y tienen una conversación sobre la hermana Gertrude.

La hermana Gertrude fue operada de un tumor cerebral hace poco. Por fin alguien verbaliza lo que todos sospechábamos. De forma casual, la hermana Mathieu se asoma a la ventana y avisa al doctor.

Sí, es el cadáver del anciano paralítico.

A partir de aquí todo empeora para la hermana Getrude. El doctor Joe le recrimina la dureza con la que trata a los pacientes y estos le muestran su odio negándose a comer en su presencia. Esa noche Gertrude es insultada por los pacientes y finalmente es atacada por alguien en el pasillo. No sabemos quien porque solo vemos un bastón que la golpea.

Joe tiene una charla con el propietario del centro y le dice que ha notado cosas muy extrañas  en el hospital.

Mientras tanto, se está cometiendo otro crimen, esta vez más truculento que los anteriores. La víctima, una interna que sugirió haber visto al agresor de Gertrude.

Para tranquilizar al doctor el propietario decide llamar por teléfono a la hermana Gertrude. Ella tarda un poco en contestar, y en las manos…

… los guantes rosa!

De pronto Gertrude descubre que hay alguien colgando en el hueco que usan para tirar la ropa sucia.

Ya en sus aposentos, y en pleno shock la hermana Gertrude grita que no es una asesina mientras la hermana Mathieu intenta tranquilizarla. El doctor Joe prepara una inyección.

Claro que luego no sabe muy bien donde ponersela porque la hermana Gertrude tiene los brazos hechos una colador de tanta morfina que se ha metido. Creo que podemos ahorrarnos el plano, no es precisamente agradable.

Al despertar del colocón la hermana Gertrude mira con desconfianza a Mathieu y aprovecha que esta duerme para salir de la habitación. Después le hace una visita a Peter.

Gertrude quiere saber porqué Peter le hizo aquella desagradable pregunta en el juego de la verdad. Por eso lo seda y se lo lleva a un cuarto para interrogarlo.

– ¿Quien te pidió que me hicieras esa pregunta? ¡Dimelo, Peter! ¿Quién puede odiarme tanto?

Como él se niega a contestar ella le roba las muletas. Él protesta de forma exagerada, casi como si le hubiera hubiera cortado las piernas.

Ella, serena, deja las muletas al final de una escalera y dice que volverá al cabo de un rato. Él, aterrorizado, intenta recuperarlas trepando com puede hasta ellas.

Mientras tanto la hermana Mathieu busca por todo el hospital a Gertrude, como si temiera que alguna fatalidad está a punto de suceder. Después de interrogar a algunas enfermeras le hace una visita al doctor Joe.

Gertrude lo ve todo. ¿Acaso Mathieu y el doctor conspiran contra ella?

Pero no es lo que parece. Mathieu le explica que está preocupada por la ausencia de Gertrude. Él la tranquiliza y le dice que se vaya dormir. Mientras tanto Peter sigue trepando por la escalera hacia las muletas y la hermana Gertrude descubre que alguien le ha robado la morfina.

Por su